EE UU-RU, 1999 (128 m.). Director: Michael Apted. Intérpretes: Pierce Brosnan, Sophie Mar-ceau, Denise Richards.
La tercera ocasión en la que Brosnan encarna al 007 abunda en códigos monolíticos: el espec-táculo como axioma, la abundancia de bellezas y la nimiedad narrativa. Avaricia, una venganza personal, ansias de dominar el mundo a través de la energía petrolífera controlando la distribu-ción del crudo en Europa, terrorismo de alta tecnología… Sólo son algunos de los ingredientes de esta emocionante aventura de 007, que comienza en el museo Guggenheim de Bilbao, conti-núa con una espectacular persecución en lancha por el río Támesis, se desplaza a las highlands de Escocia y a las montañas del Cáucaso, y llega hasta una vasta planta petrolífera de Turquía amenazada por una explosión nuclear. La secuencia inicial, en el Guggenheim de Bilbao, arranca con fuerza; el resto es rutina. Conserva las constantes de la serie y no aporta nada nuevo. Mi-chael Apted, un director tan sobrio como eficiente, sirve el cóctel con oficio, es decir, con servi-lismo a la criatura. No guarda sorpresas: gustará a quienes gozan con 007, dejará indiferente al resto.
El magnate británico del petróleo Sir Robert King muere en un atentado en el cuartel general del MI6 facilitado por el dinero del pago del rescate de su hija Elektra recuperado por el agente 007. Elektra, que se ha liberado de su secuestrador, hereda la billonaria fortuna de su padre en yacimientos petrolíferos en el mar Caspio. El agente 007, sintiéndose culpable de la muerte de su padre, se convierte en su guardaespaldas. Como tal, sufre varios intentos de asesinato. Mien-tras, el secuestrador de Elektra, Renard, un hombre con una bala alojada en el cerebro que le impide sentir dolor físico y cuya única obsesión es la venganza, vuelve a escena.