EE UU, 1942 (100 m.). Director: Michael Curtiz. Intérpretes: Humphrey Bogart, Ingrid Berg-man, Claude Rains, Paul Henreid.
En ocasiones, el cine crea sus propios iconos en forma de modelos inolvidables que ingresan en la memoria o en el corazón del aficionado, películas que más allá de sus méritos laten empapa-das de magia. La magia del cine. Los latidos como cañonazos en París, la misma canción en el bar Rick’s (¿se han dado cuenta que Rick jamás dice “Tócala otra vez, Sam”?), los bonitos inicios de una larga amistad, los vertiginosos tiempos de la II Guerra Mundial… Casablanca quizá no sea una obra maestra: siendo estrictos, a Casablanca se le pueden poner algunos peros, como el de un guión que acumula varias líneas dramáticas sin llegar a desarrollar todas ellas (el libreto, basado en una obra de teatro, se reescribía cada noche; ni Curtiz sabía el final) o los in-térpretes que no fueron los previstos (Ingrid Bergman era la tercera opción tras Hedy Lamarr y Ann Sheridan; y Humphrey Bogart sustituyó a Ronald Reagan y Gweorge Raft). Pero eso son menudencias. Es un icono. Bogart y Bergman tienen mucho que ver en ello; también un final memorable, decidido casi en el último momento… Lo que Casablanca tiene, para dar y tomar, es magia. La que nace en ocasiones memorables. Así, cuantas más veces se haya visto, mucho mejor. Se disfruta aún más. Es el largometraje más famoso, la Película con mayúsculas. El prolí-fico Curtiz logró su obra maestra con un dramón amoroso que 46 años después mancilló la vigi-lante Pamela Anderson en su Barh wire. De amores imposibles, secretos, y amargas despedidas. Todo un drama romántico-patriótico con aires de cine negro. Una de las mejores películas de la historia del cine, aunque sólo fue premiada con tres oscars.