Ciudade de Deus. Brasil, 2002. Dirección: Fernando Meirelles y Katia Lund. Intérpretes: Ale-xandre Rodrigues, Matheus Nachtergaele.
Hasta la Cidade de Deus, un suburbio de Río de Janeiro que creció des-mesuradamente entre finales de los sesenta y principios de los setenta, se trasladaron Fernando Meirelles y Katia Lund para mostrar la vida de sus calles; una vida violenta, desesperada y atroz, y el drama de los adolescentes que sobreviven reclutados por los narcotraficantes y crecen con la certeza de que su existencia vale lo que decida una bala. Fernando Meirelles y su Ciudad de Dios supo-nen un auténtico latigazo de cine, un revolcón a las conciencias de los espectadores y un ejerci-cio visual que atrapa inevitablemente a quien se asoma a sus imágenes, explosivas, brutales, alu-cinadas, que viven en un intrincado amasijo de tramas y saltos en el tiempo. Una película tan terrible como necesaria. Un filme agitador y visceral, retrato de una sociedad putrefacta. El pro-tagonista de la película es el barrio, Cidade de Deus, uno de los más peligrosos de la ciudad de Río. El narrador es “Buscapé”, un joven negro demasiado frágil y tímido para una vida criminal pero con suficiente talento como para tener éxito como artista y fotógrafo. Vemos a través de sus ojos el desarrollo de la vida, las peleas, el amor y la muerte de los personajes cuyos destinos se alejan y se cruzan con el paso del tiempo.
Excepcional e innovadora película brasileña en la que el talento visual está al servicio de una narración densa pero transparente. El director ha absorbido lo mejor del cine americano de los setenta para ofrecernos su peculiar visión de las luchas entre bandas en la favela Ciudad de Dios hace unas décadas. Magistral en casi todos los sentidos, es especialmente admirable el ritmo y el desarrollo de la historia, el soberbio montaje, la utilización de la música y la capaci-dad para mostrarnos la belleza en medio de lo terrible. Excelente adaptación de la novela de Paulo Lins que consiguió cuatro nominaciones a los Oscar y fue nominada al Globo de Oro como mejor película extranjera.
A simple vista –armas, narcotráfico, luchas entre bandas, códigos de conducta, territorios, su-pervivencia, policías corruptos, y un universo masculino en donde las mujeres tienen una fun-ción anecdótica– podría parecer que nos encontramos delante de una película más sobre gángs-ters, con la única diferencia de que los personajes son de corta edad, tienen la piel oscura –pocos son los blancos que intervienen– y hablan brasileño. Pero el carácter autóctono y el com-ponente social e histórico de Ciudad de Dios imprimen al film un grado de veracidad que le permite marcar distancias con las típicas cintas sobre la mafia que suele traernos el cine anglosa-jón. No sólo las circunstancias concretas que propician esta criminalidad otorgan este poso rea-lista, sino que también el papel del reparto ha sido determinante para ceñirse con atino a su con-texto. Los intér-pretes –principalmente actores no profesionales– seleccionados para la ocasión, en su mayoría niños y adolescentes extraídos de distintas favelas brasileñas y, por tanto, cono-cedores de primera mano de la situación que recoge la película, representan otra de las grandes aportaciones. Se respira gran autenticidad en sus actuaciones y en muchos momentos, sobre to-do entre los más pequeños, da la sensación de que no distinguen por completo cuándo están “jugando a hacer ver que…” ante una cámara o cuándo se están conduciendo como es su cos-tumbre, al margen del rodaje.
Basada en hechos reales, cuenta la historia del crecimiento del crimen organizado en los subur-bios de la ciudad de Río de Janeiro, desde finales de los años sesenta hasta el comienzo de los ochenta, cuando el tráfico de drogas y la violencia impusieron su ley entre la miseria de las fa-velas.
Finales de los 60: “Buscapé” tiene 11 años y es sólo un niño más en Cidade de Deus, un suburbio de Río de Janeiro. Tímido y delicado, observa a los niños duros de su barrio, sus ro-bos, sus peleas, sus enfrentamientos diarios con la policía. Ya sabe lo que quiere ser si consigue sobrevivir: fotógrafo. “Dadinho”, un niño de su misma edad, se traslada al barrio. Sueña con ser el criminal más peligroso de Río de Janeiro y empieza su aprendizaje haciendo recados para los delincuentes locales. Admira a “Cabeleira” y su pandilla, que se dedica a atracar los camio-nes del gas y hacen otros pequeños robos armados. “Cabeleira” da a “Dadinho” la oportunidad de cometer su primer asesinato. El primero de muchos.
Los años 70: “Buscapé” sigue estudiando, trabaja de vez en cuando, y camina por la estrecha frontera que separa el crimen de la vida “honesta”. Dadinho ya tiene una pequeña pandilla y grandes ambiciones. Cuando descubre que el tráfico de cocaína es muchísimo más rentable que el robo se pone a reorganizar su negocio, que pronto florece.
Principios de los 80: Tras unos intentos de robo fallidos, “Buscapé” finalmente consigue una cámara y así hace realidad el sueño de su infancia. “Dadinho” también ha hecho realidad su sueño: a los 18 años es conocido como “Zé Pequeno”, el narcotraficante más temido y respeta-do de Río. Su palabra es ley en Cidade de Deus. Rodeado por sus amigos de la infancia y pro-tegido por un ejército de niños de entre 9 y 14 años, nadie le disputa el poder. Hasta que apare-ce “Manu Galinha”. Un cobrador de autobús que fue testigo de la violación de su novia, decide vengarse matando a “Zé Pequeno”. Empieza a correr la noticia y casi de la noche a la mañana un grupo de niños con la misma idea forma un ejército armado. Estalla la guerra en Cidade de Deus.