Eladio Jiménez, el campeón que guardaba las espaldas a Freire

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He escrito tantas veces de él y le he realizado tal cantidad de entrevistas que, a veces, me asusta no estar a la altura o repetir lo dicho mil veces. Pero, ¿acaso no es merecido? Cuando uno tiene un palmarés, ese palmarés es para siempre, no se puede obviar. Un grande siempre será un grande, por muchos años que pasen. Y Eladio Jiménez lo es. Además, puedo decir con orgullo que ha trascendido de largo lo meramente profesional para convertirse en una amistad, de esas que, por mucho que pasen los meses sin practicarla, sabes que está ahí y basta un cruce de miradas para descubrir el cariño mutuo y eso no sucede con todo el mundo. De hecho, no conozco absolutamente a nadie que diga una mala palabra de él, y mira que han querido emborronar su trayectoria con aquella ‘malparida’ Operación Puerto que nunca he llegado a saber si llegó a tal puerto, fuera bueno o malo. Sé que Eladio Jiménez sigue siendo un grande y que su trayectoria está ahí. Y también sé que ese palmarés del que hablábamos, si él hubiera sido más egoísta, le habría llevado a lugares insospechados. Pero siempre fue un hombre de equipo, al igual que otros ilustres corredores como Chente, como Herminio Díaz Zabala y un largo etcétera de ciclistas que se dejaban todo en la carretera para que otros compañeros brillaran con luz propia. Siempre estuvo al servicio de grandes capos como Olano, Züelle, Chava Jiménez,… Y eso, a lo mejor a ojos del gran público no acaba de trasladarse, pero en el pelotón y en el deporte se sabe. Por eso, todo el mundo le quiere. Por eso cada vez que hablas con alguien de Layi, la gente esboza una sonrisa y dice “que buen tipo”, aunque no haga falta que te lo digan, porque has tenido la suerte de seguir su trayectoria, unas veces más de cerca y otras más de lejos, pero siempre a su lado, compartiendo en silencio sus éxitos y sufriendo por sus malos momentos.

Y es que jamás se me olvidará cómo lo conocí personalmente. La verdad es que sucedió sin que nadie nos presentara. Era en una recepción municipal, en el Ayuntamiento de Salamanca, creo que con Heras y Santi Blanco, otros dos ‘cracks’. No hizo falta que nadie intermediara, no fue necesario decirnos nada. No nos habíamos visto nunca, pero nos miramos y él sabía quién era yo y yo sabía quién era él. No hubo falta decir nada más. Y es que habían pasado semanas y semanas, meses de contacto telefónico diario. Él con una lesión en los escafoides y un servidor tratando de llevar la actualidad a los lectores del ya desaparecido El Adelanto. El con la incertidumbre de si le iban a renovar o no en su casa, el Banesto, y un servidor sabedor de que tenía que llegar su momento. Así forjamos nuestra relación, así forjamos un enorme cariño, así forjamos una importante amistad y, en mi caso, admiración. Luego hubo muchos momentos más.

No se me olvidará cuando a los compañeros nos acercó al autocar de Kelme e hizo bajar a Alejandro Valverde para que nos atendiera en una etapa de la Vuelta a Castilla y León, las visitas a Ciudad Rodrigo con José Ángel de Caso, compañero de Televisión Castilla y León, para tomar imágenes, encuentros acompañados por Luisito Martín, y ya en su etapa de Máster, cuando en Carbajosa ganó un par de años y me daba el ramo de flores para que lo subiera a casa y se lo diera a mi mujer. Recuerdo cuando, estando de vacaciones en Canarias, me llamaba para contarme que había firmado por Kelme. Pero ninguno de estos gestos es comparable con el aprecio y la admiración que siempre le he tenido, porque era de los que lo daba todo. Quizá si de todo lo que le daba a los demás se hubiera guardado un poquito más para él… ¡Ojo! ¡Cuidado!

Taurino y madridista como él solo, ejerce orgulloso como mirobrigense en las buenas y en las malas, tanto que, a pesar de haber cosechado grandes éxitos, una de las victorias que guarda con más cariño es la que logró en la Vuelta a Salamanca en su etapa de amateur, con Las Batuecas, el paso de Los Lobos, Monsagro y… meta en Ciudad Rodrigo, ante miles de paisanos suyos y por detrás de él gente de la talla de David Latasa, Carlos Sastre, David Bernabéu, Freire y un largo etcétera de gallos que luego cacarearían a lo grande en el profesionalismo.

Jiménez es uno de esos corredores que, “a la chita callando” fue forjando un importante palmarés mientras le dejaron hacer lo mejor que ha sabido hacer hasta que un día logró un buen contrato con un equipo estadounidense, el Rock&Racing de Michael Ball y, como por arte de birlibirloque, al día siguiente apareció un positivo que empezó a poner el fin a su carrera. No se me olvidará cuando publiqué en exclusiva su fichaje estando de descanso y cómo, justo al día siguiente o, apenas dos días después, llamaba para decirme que le habían sancionado por un positivo. Como diría el recordado Papuchi, cuanto menos fue “rarrro, rarrro, rarrro”. Pero él intento mostrar su inocencia y, al no conseguirlo, decidió asumirlo y dejarlo a su pesar.

Fue el hombre que inauguró el palmarés en Xorret de Catí en la Vuelta a España (ganó en dos ocasiones, 2000 y 2004, que inscribió su nombre en los Lagos de Covadonga (2005). También se llevó una Euskal Bizikleta, etapas en Euskadi, Agostinho, Vuelta a Portugal, Lorraine (Francia), CTT Correios. Incluso se permitió el lujo de ser bronce en un Nacional recordando sus tiempos en categorías inferiores, donde ganó el Campeonato de España júnior y, sobre todo, fue bronce en el Mundial Juvenil.

Pero no es el objetivo del artículo recuperar su palmarés. Le prometí hace poco a mi amigo Ángel Nieto que escribiría sobre Eladio Jiménez, pero quería hacerlo sobre una faceta que no muchos sabrán y que les cuento a continuación. Es tan grandioso que no hará falta adornarlo.

Uno de los mejores corredores que ha dado España es, sin duda, el cántabro Óscar Freire, con tres títulos de campeón del Mundo, una plata y un bronce en su palmarés. Lo que no todo el mundo conoce es que en cuatro de sus cinco medallas estuvo presente como compañero de selección el mirobrigense. Y así fue en la plata de San Sebastián (1997), en los oros de Lisboa y Verona (2001 y 2004) y en el bronce de Plouay (2000). La única cita en la que Freire se colgó medalla sin Layi fue en el oro de Verona. Sin duda fue su verdadero talismán.