Asisto con estupor a la polémica suscitada por las, como mínimo, excesivas palabras de Jorge D’Alessandro respecto a los técnicos que en los últimos años han abandonado la llamada ‘La Academia’ de la UDS Santa Marta, una especie de estructura que se creó en el club hace unos años cuando, pienso yo, se creían capaces de asumir un crecimiento similar a otros clubes que han llegado muy alto en el panorama nacional.
Iba a escribir hoy de la actualidad del Salamanca CF UDS, pero me tomo la licencia de escribir de la UD Santa Marta por varios motivos, entre ellos porque es un club al que aprecio sobremanera. Y es que no puedo olvidar que mis inicios en la profesión periodística están ligados al primer ascenso del club blanquirrojo y a sus primeros partidos en Tercera División, a la remodelación del campo, al crecimiento del club y a la instauración de una cantera importante, a un acuerdo pionero con el Atlético de Madrid y a cambios que llevaron al club a lo más alto, no sólo de Salamanca sino de Castilla y León. De hecho, de su cantera salieron jugadores rumbo a Primera División. No nos olvidamos de Óscar González Marcos o de Jonathan Martín, ahora en labores de dirección deportiva del CD Guijuelo.
Nos permitimos esa licencia porque nuestros editores nos lo permiten y porque en nuestra mente se agolpan infinidad de recuerdos de mañanas y mañanas llenas de risas, preocupación y lágrimas por el primer equipo tormesino, porque nos acordamos del debut de Kike López con el juvenil de Peque ya siendo jugador del Real Valladolid, porque nos acordamos de Lucio, de Roberto D’Alessandro, del propio Peque, de Galle, de Ferre, de Gonzalo, de Millán, de mi amigo Rafita, de aquellos partidos a los que me llevaba Sergio Acosta en el R4 junto a un futbolista extranjero con rastas (¿Rolf?); ir en autobús junto a Maribel, la mujer de Mati (iba a decir viuda, pero no, es su mujer porque Mati es y será eterno), con aquellos tickets que facilitaba el club. La recuerdo con su ‘Fuera, fuera’ que tantas sonrisas nos provocó a Javier Hernández y a un servidor, junto a Paloma Laureiro, entonces presidenta. Recuerdo a Astu y a Norber dando sus primeros pinitos y luego, a éste último ya colaborando en el periódico donde yo trabajaba. Recuerdo al anterior presidente con el que me unía y me une buena relación. Recuerdo beber vino en una bota algún domingo nevando, las retransmisiones de Televisión Castilla y León en los primeros partidos de Tercera… Podría estar aquí enumerando anécdotas horas y horas pues no fueron pocos años.
Asisto estupefacto a la situación creada y ahora fomentada por Jorge D’Alessandro. Aunque en el fondo de sus palabras tratara de transmitir algo que pudiera asemejarse a la realidad (que lo desconozco y no seré quien juzgue estos hechos) las formas le ponen en evidencia. Y esto lo dice un servidor, que se crió con una camiseta del ‘Pibe’ puesta un día sí y otro también. Alguien que admira profundamente la trayectoria que tuvo en la UDS, que lo conoció como entrenador y que le sigue regularmente en los medios de comunicación. Le conozco personalmente y conozco su vehemencia, pero los insultos no son justificables en ningún caso.
Sé que mi opinión a lo mejor no gusta, sé que esto es un espacio público y siempre estaré expuesto a que alguien la critique, justificadamente o con inquina para hacerme pasar una penitencia por mi pasado en otros clubes. Por desgracia, todo puede ser, ya que las redes se han convertido en eso, en un vomitorio de opiniones unas veces más razonables que otras y muchas veces de insultos e inquinas personales. Saldrá, incluso, algún ‘Lázaro Carreter’ criticando la gramática o los párrafos. Ya me ha pasado con anterioridad. A algunos tomé la decisión de no dale la importancia que buscaban, a otros simplemente les di cumplida respuesta a sus necedades. A los que la compartieron, mi agradecimiento.
Pero me duele tanto la situación que yo vi con el ‘speech’ de D’Alessandro y las reacciones en redes sociales posteriores, que no podía evitar estar callado y entiendo que debía hacer una llamada a un entendimiento que, tal vez, sea imposible, por muy necesario que sea.
De lo que no tengo ninguna duda es que unos y otros, todos los que he citado anteriormente, los que cita D’Alessandro en su alocución y a los que parece estar dirigida la charla, sienten los colores de la UD Santa Marta. Que un día estuvieron unidos por un objetivo. Serán mejores o peores gestores. Habrán sido mejores o peores entrenadores. Habrán obtenido mejores o peores resultados… Pero a todos los que conozco les conocí siempre un amor desmedido por el Santa Marta. Todos, en mayor o menor medida, aportaron su grano de arena para el crecimiento del club. Es cierto que siempre ha sido un club rodeado de guerras ‘intestinas’ y de ataques desde fuera y desde dentro, pero también lo es que los que han estado siempre han luchado por crecer y porque el club crezca.
Por eso, tengo claro que sólo el entendimiento entre todos permitirá ser o crecer a un club que tiene un techo, pero también un margen de mejora importante. Queda un año para las elecciones, puede que la carrera por la presidente ya haya empezado. No creo que gestionar un club así sea ninguna perita en dulce, pero lo que tengo claro es que hacerlo con partes enfrentadas ralentizará la gestión todavía más.
Siéntense señores. Sosieguen. Busquen puntos de encuentro. A veces querer es morderse la lengua. A veces querer es agarrar fuerte la mano de aquel con quien no compartimos nada, pero a veces es necesario hacerlo para salir del pozo en el que, a lo mejor sin darse cuenta, se están metiendo. Porque este ya no es el momento en el que el Santa Marta buscaba mirarse de tú a tú con el Salamanca y el resto de clubes estaban por debajo. No es el momento en el que el Santa Marta tiene la mejor cantera de Castilla y León. Es un momento muy importante en la historia de un club que cumple cuarenta años y que tiene la opción de o dar un paso hacia delante y recuperar parte de la importancia que tuvo, o dar dos atrás y volver a lo que era hace casi dos décadas. El futuro sólo está en sus manos, de unos y de otros. Tal vez pida un imposible, pero es el momento, sin duda, de intentarlo. Toda la suerte del mundo para el Santa Marta, orgullo de un pueblo.