Salamanca no quiere fútbol

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A lo largo de casi una década, se ha repetido una especie de mantra que ya se llevaba utilizando al menos dos décadas. Era el de “Salamanca es una ciudad de Primera” y “la afición del Salamanca es de Primera”. Se podría entender que Salamanca es similar a otras ciudades en las que los clubes arrastran un enorme seguimiento, véase el caso de Coruña, de Sevilla cuando el Betis bajó a Segunda, … Pero después de darle muchas vueltas, me da la impresión que no termina de ajustarse a la realidad y paso a razonarlo.

Salamanca tiene un grupo numeroso de aficionados. Los que tuvo siempre menos en los momentos álgidos, que el número crecía exponencialmente. El verdadero núcleo de aficionados, la Salamanca que quiere fútbol es la de los que iban al Helmántico en Segunda B, los que iban en Tercera en la anterior etapa de la UDS. Nada que ver con la etapa de El Calvario, donde ir al fútbol era como un acontecimiento social. El Salamanca era una parte más de Salamanca. Con el traslado al Helmántico, pero, sobre todo tras el primer ascenso a la máxima categoría, la fisonomía del aficionado cambió, muy a la par que el resto de aficiones del fútbol nacional. Se pasó de una gran identificación con la ciudad a una identificación con el equipo de fútbol. Pero el nombre que tenía la Unión Deportiva Salamanca y la belleza de la ciudad le convirtió en todo un referente a nivel nacional en su debut en Primera, en un equipo simpático para mucha gente. Sin embargo, lo cierto es que la afición empezaba ya a ir de la mano de los éxitos del equipo. Si el equipo iba bien, el número de aficionados era mucho mayor que cuando descendía a los infiernos, algo lógico por otra parte. Por eso, esa afición, la de los infiernos, probablemente sea la real. La que quiere fútbol a cualquier costa y en cualquier categoría, la que no entiende su vida sin su equipo de fútbol, sin ir al campo los domingos. Yo siempre hablé de unos 4.000, que eran unos pocos más de los que iban al Helmántico en Segunda B a ver a la Unión. Me congratuló el otro día una conversación con mi amigo Ángel, fiel seguidor que sigue al Salamanca UDS cada partido aun viviendo en Zamora, que me recordó que esa misma cifra la manejó en su día el recordado José Luis García Traid.

Para mí eso no quiere decir que esos 4.000 fieles sean más ni menos que el resto. Son los que pueden ir, quieren ir y tienen el mérito de seguir siempre al equipo. El resto tienen sus circunstancias y están en perfecto derecho de subirse al barco antes o después y merecen exactamente el mismo respeto. No seré yo quien los juzgue.

Sin embargo, la situación del fútbol actual en Salamanca, con dos clubes hegemónicos, hace que esos 4.000, además, se hayan dividido en dos. Unos apoyando a Unionistas y otros al Salamanca UDS. Hay alguno que sigue a ambos equipos, pero hace tiempo que se nota una división importante entre ambas aficiones y una rivalidad incipiente que, en mi opinión, lo único que va a hacer es ‘capar’ las opciones de Salamanca de aspirar a lo máximo, de recuperar los buenos tiempos, esos que me recordaba el otro día el empresario Paco Fragua, en una conversación en la que ambos coincidíamos en la importancia que tuvo (y tendría) en su momento tener un equipo en la máxima categoría. El me recordaba las calles adyacentes de la Plaza Mayor a reventar, yo le recordaba en mis tiempos de niño ver allí aficiones históricas en un número importante. Ver a los hinchas asturianos escanciando sidra. Y hablo de aficiones que no sólo se desplazaban en un número importante sino con un alto nivel adquisitivo que redundaba en pernoctaciones, comidas, embutidos, recuerdos, …

Pero lo que haga o no haga la hostelería corresponde única y exclusivamente a la hostelería. No podemos o no debemos tampoco echarles siempre el peso de todo lo que sucede (o deja de suceder) en la ciudad. A pesar de ello, recuerdo un reportaje de investigación que realicé a principios de los 2000 para El Adelanto. En él creo recordar que la diferencia entre Segunda y Primera, para la ciudad, se podía cifrar en unos 2.000 millones, haciendo un cálculo exhaustivo de pernoctaciones, comidas y demás. Seguro que no todos los hosteleros se beneficiarían, pero el que pillara un pellizco… A esa cantidad habría que sumarle la promoción de la ciudad. Desde mi punto de vista sí habría merecido un mayor esfuerzo por parte de distintas entidades, pero también pienso que una ciudad tiene demasiadas necesidades como para priorizar las de un equipo o club de fútbol que, en aquel caso, era una sociedad anónima deportiva. Es un tema complejo que daría para libro.

Por eso, ciertamente y después de mucho observar y analizar, creo que aparte de esos 4.000, el resto de aficionados que puedan vincularse al fútbol tiene que ser a base de ofrecerle otros alicientes: actividades paralelas, diversión, espectáculo, que el equipo se esté jugando algo importante. Si no es así, Salamanca y la familia ofrecen alicientes suficientes para, en una ciudad en la que el invierno es largo, optar por quedarse en casa o salir a tomar un algo sin la necesidad de mirar el reloj para ir al fútbol.

*El jueves, un conocido programa televisivo se realizó desde el Palacio de Congresos. Este artículo está escrito con anterioridad. Tras el programa, la realidad que se ha podido ‘palpar’ a través de las redes sociales, es similar a la del artículo. Dos clubes; dos ideas; una ciudad; 3000 socios uno, 2000 otro. Parece que ningún aficionado quiere un proyecto común. El futuro dará o quitará razones. Mientras tanto, disfruten del fin de semana futbolístico.