Educar para la paz

- en Educación

Cada 21 de septiembre, Naciones Unidas nos anima a celebrar la Paz en todo el mundo y así poder vivir en un planeta mejor y más habitable. En la actualidad existen nuevos conflictos y nuevas formas de violencia diferentes al siglo XX, con lo que la paz se nos presenta en todos los ámbitos de la vida en relación con otros seres humanos y también con la naturaleza. En un mundo ya herido por las guerras y las injusticias, por el deterioro del medio en que vivimos, debemos añadir las heridas de la pandemia y un resurgimiento de diferentes formas de discriminación,
nuevos racismos y rechazos al inmigrante.

En este año, bajo el lema: “Pon fin al racismo, construye la paz”, se nos recuerda que el racismo sigue vivo en nuestras sociedades. Sin embargo, lograr la paz verdadera conlleva mucho más que deponer las armas. Requiere la construcción de sociedades en las que todos sus miembros sientan que puedan desarrollarse. Implica la creación de un mundo en el que todas las personas sean tratadas con igualdad, independientemente de su raza. Al mismo tiempo que el COVID-19 continua atacando a nuestras comunidades, se ha producido un incremento en los discursos de odio y violencia hacia minorías raciales.

El racismo y la discriminación racial adoptan muchas formas y afectan a todos los aspectos de la vida de las personas. Los efectos del racismo y la discriminación pueden ser, entre otros, la capacidad de encontrar un trabajo, obtener una educación, tener igual acceso a la atención sanitaria, a la vivienda, a la comida, al agua, o recibir un trato justo en un tribunal de justicia. Asimismo, para detener la brutalidad policial, debe garantizarse la igualdad de protección ante la ley para todas las personas.

En España el racismo se ha enfocado hacia el fenómeno de la Inmigración, siendo antes y ahora constante el problema histórico de la discriminación de los gitanos. Recordemos los mediáticos conflictos en El Éjido (Almería), que reveló televisivamente la xenofobia contra los marroquíes. Las víctimas de racismo también pueden sufrir diversas formas de discriminación, que se pueden ver agravadas, o están interrelacionadas con otras condiciones como la edad, el idioma, la religión, la opinión política o de otro tipo de opinión, el origen social, la propiedad, la discapacidad, el nacimiento u otra condición. Las injusticias sociales y el más injusto sufrimiento humano, no parecen generar indignación moral ni voluntad política para combatirlos de forma equitativa y justa.

En nuestras sociedades globalizadas, ante esa ideología que refuerza su poder, se debe luchar por unos derechos humanos contrahegemónicos, basados en la lucha contra el sufrimiento humano injusto, concebidos como una realidad amplia y abarcando la naturaleza como parte integrante de la humanidad. El siglo XX, ha demostrado su
antihumanismo que ha contribuido a trivializar y silenciar tanta degradación humana causada por la dominación capitalista y por otras formas de dominio conniventes con ella, como son el sexismo y el racismo. No es fácil educar en la paz y la no violencia en un mundo donde la indiferencia parece la pauta más generalizada. En una sociedad que mira para otro lado, y no se moviliza ni de corazón, ante millones de personas que tienen que abandonar sus
hogares por culpa de una guerra, ante las grandes bolsas de pobreza y la falta de acceso a la atención sanitaria y las vacunas de los más vulnerables. Una cultura que lo que primerea es la incertidumbre y el miedo, no es fácil la tolerancia, la solidaridad, el respeto a los derechos y, se hace difícil poder imaginar un mundo donde las fuerzas globales estén sorprendentemente renovadas por la justicia y la equidad.

Estamos viviendo una inflexión histórica, nuestra realidad está cambiando y debemos desplegar la resiliencia para adaptarnos a los cambios, valorando las dificultades y las oportunidades, no perdiendo el sentido profundo de la vida. La única manera de descubrir la verdad es mirarla cara a cara, superar nuestras cegueras y miedos, así entonces comenzaremos a ver esa realidad. Para ello es muy importante el papel de la escuela en la formación para la resiliencia y la paz, pero no es suficiente, es necesario también su aprendizaje en el hogar y en la sociedad. Educar para una cultura de la paz significa educar para la crítica y la responsabilidad, para la comprensión y el manejo positivo de los conflictos, así como potenciar los valores del diálogo y el intercambio y revalorizar la práctica del cuidado y de la ternura, todo ello como una educación pro-social que ayude a superar las dinámicas destructivas y a enfrentarse a las injusticias.

La paz es un valor universal que interpela a la conciencia de todos los hombres para fortalecerla y asegurarla. La cultura de la paz, más allá de la defensa de los derechos humanos, es un modo de estar en el mundo que defiende la no violencia mediante la educación, el diálogo, la cooperación, el derecho al desarrollo y erradicación de la pobreza, eliminación de cualquier forma de racismo y xenofobia, así como un desarrollo sostenible y la protección del planeta. Que cada uno desde nuestro lugar pongamos de nuestra parte para celebrar y difundir la Paz.

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