Por miedo a ser rechazado puedo afectar mi desarrollo en el trabajo

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El miedo a no caer bien o ser rechazados puede afectar nuestra vida entera. Desde ya, que, en los ambientes laborales, podemos poner en jaque nuestro crecimiento y desarrollo en una empresa.

El miedo es un sentimiento poderoso que es responsable de que nuestra especie haya perdurado a través de 2,5 millones de años de evolución. Claro está, que el miedo a no ser aceptado por un determinado grupo, por ejemplo, de miembros del departamento en la empresa en que trabajas, no es el mismo al que sentían los hombres y mujeres de la edad de piedra que se enfrentaban a las fieras para sobrevivir. Pero sin duda, fue ese miedo el que les aceleró la inventiva para desarrollar armas (aunque fueran rudimentarias) para dominar a las fieras.

En 2022 que nos sintamos queridos es una tarea, con frecuencia agotadora, porque nos preocupa ser aceptados por todos y por lo general esto no es posible. Hay diferentes personalidades que conviven e interactúan entre sí, caso de una empresa, y más allá de los temores que tengamos a dicha aceptación, todos (ellos y ellas y tú) van a hacer lo posible por entenderse bien, al margen de la relación que tenga que existir por la propia operativa del negocio.

Este deseo de que gustemos y además encajemos bien (o sea, que percibamos que gustamos o que resultamos simpáticos o creíbles o también honestos), sin duda forma parte de nuestra cultura, está muy arraigado en nosotros y tiene consecuencias directas en nuestra vida social, personal y profesional.

¿Y si no les gusto?

Eres consciente de la cantidad de veces que te habrás preguntado “¿les habré caído bien?” o ¿les habrá parecido de interés mi opinión sobre la discusión?”. ¡Seguramente que no! Pero te aseguro que el miedo al rechazo es una experiencia con la que todos estamos familiarizados, lo que nos condiciona de tal manera en que puede que decidamos no hacer nada: no hablar, no participar, etc.

Nos autocensuramos porque quizás nuestro autoconocimiento (ese que se supone que debe servirnos para elegir bien el camino del éxito), está siendo superado de manera absurda por temores (una mayoría de veces infundados) sobre si somos o no capaces de hacer, decir o vaya a saber qué acción que se espera de nosotros que hagamos en condiciones.

La respuesta al miedo

Lo que más importa cuando se trata de miedo es cómo respondemos ante él. En el caso del hombre del paleolítico, no podía darse el lujo de quedarse petrificado de miedo porque significaba la muerte. En el siglo XXI hay otro tipo de muertes en vida que la psicología individual puede provocar en una persona. Quedar atrapado en una inseguridad continua que le inhibe en casi todos los actos de su vida, sean de trabajo o personales.

De hecho, nuestra respuesta podría ser el factor individual más crucial para reconectarse con lo que podríamos llamar un “mínimo de confianza básica en nosotros mismos”.

El miedo como emoción para protegernos

Para que no que duda alguna: el miedo es una emoción. Para conocer el origen del miedo, y por qué se hace presente en nuestra vida, se debe tener muy claro que el miedo es una emoción la cual se ve transformada en el momento en el que racionalizamos (tomamos consciencia de algo), ahí se convierte en un sentimiento.

Es muy fuerte y a veces puede ser muy persistente. Pero sigue siendo una emoción. Pero en su esencia está diseñado (desde que el ser humano puebla la tierra) para nuestra protección física, mental y emocional. Pero no te confundas: los peores enemigos del miedo somos nosotros mismos. ¿De qué manera? Cuando no tenemos confianza suficiente en lo que hacemos, lo que decimos, nuestra sensación de que no vamos a ser capaces de resolver el problema que tenemos por delante, etc.

Cómo lo manifestamos en el día a día en el trabajo

Se supone que tenemos la capacidad y el conocimiento para, por ejemplo, supervisar nuestro equipo, pero a veces actuamos más preocupados por ese miedo a los demás (a gustar, a caer bien, a que se respete nuestra opinión, etc.) que a ir al grano. Pero pongamos por caso que somos parte de ese equipo, que tenemos un jefe y que hay una reunión importante en la cual se supone que todos deben interactuar. Veamos situaciones que se dan en una mayoría de personas en las que el miedo ocupa parte de su tiempo y les obliga a actuar no de la manera que les gustaría:

  1. No animarse a dar una opinión cuando debería darla, siendo que, además, el resto del equipo la está esperando y también el jefe quiere escucharla.
  2. No animarse a solicitar al jefe una modificación en las funciones que está desarrollando, porque redunda en beneficio del equipo, pero falta valor para exponerlo.
  3. Esquivar todas las ocasiones posibles para hablar en público, a sabiendas que esta actitud le perjudica.
  4. No abordar como se debe un conflicto personal que ha sobrevenido al equipo en la última semana por un problema de distribución del trabajo.

Qué formas de respuesta damos al miedo

Si actuamos siempre con un exceso de espíritu crítico, pero haciéndolo sobre cada palabra o pensamiento que dicen los demás, incluyendo cómo estamos valorando tanto su comportamiento, como las decisiones que toman, estamos arriesgándonos que, en vez de juzgar a los demás y sus acciones, seamos nosotros los que vamos a ser juzgados.

Digamos que nos hemos convertido en extremadamente sensibles a lo que dicen y hacen los demás. Esta forma de respuesta no es precisamente la más adecuada para cohesionar equipos, ya que, si hubiera más de una persona con estas características, el diálogo interno se haría impracticable.

En el caso de que no queramos ofrecer una imagen crítica y/o excesivamente ofensiva, nos impulsa ese sentimiento de querer ser vistos como personas muy educadas, elegantes, sobrias, con tacto y clase, o sea, todo lo contario a la agresividad o una exigencia exagerada.

Por más que estemos escudándonos en todos estos atajos, lo que en realidad sucede es que queremos justificar nuestras acciones, pero en realidad no dejan de ser un valor superficial, porque en el fondo, de lo que se trata es que estamos escondiendo el miedo.

La suma de miedos que hacen al miedo mayor

El miedo a que nos equivoquemos o también a parecer que tenemos dudas, que somos inseguros, o que no queremos caerle mal al jefe, etc., todo este ramillete de inseguridades son las que fabrican el miedo que convive con nosotros y se vincula directamente a que nos sintamos queridos o rechazados. Así de simple.

Si podemos aprender a reconocer los miedos que nos detienen y nos mantienen pequeños, podemos comenzar a apoyarnos en la incomodidad y desafiarlos.

Los prejuicios y las inseguridades

Estamos continuamente haciendo juicios sobre las cosas y especialmente sobre las personas. Nos encanta evaluar situaciones y juzgar personas porque nos proporciona una seguridad (en realidad es falso este sentimiento), porque se está amparando en lo que creemos que esa o esas personas se parecen más o menos a nosotros (esa tentación que es la comparación), más aún, en cuánto nos diferenciamos con ellas.

Cuando de manea casi inconsciente nos damos cuenta de que algo va mal, es que hemos identificado algún miedo, pero debemos ponerlo en contexto. Por ejemplo, al compararnos con los demás, podemos estar cometiendo el error de exagerar las cualidades de las otras personas de nuestro entorno, por ejemplo, el laboral, lo que hace que terminemos reforzando las dudas que tenemos dentro de nosotros mismos. Esta es la manera más directa de alimentar nuestros miedos e inseguridades.

Respuestas al miedo y al rechazo

Por lo que puedes ver de todo lo que has leído hasta este momento, cuando tienes miedo al rechazo puedes involucrarte en comportamientos enfocados en encubrir o compensar este miedo. Es como una ley de equilibrio natural a las que las personas recurrimos. Pero esto tiene una contrapartida complicada que es la falta de autenticidad. ¿Cómo se manifiesta esta falta de ser auténticos? Muchas personas que tienen miedo al rechazo desarrollan una forma de vida cuidadosamente supervisada y programada. Tratan de que no se les escape nada, ni hasta el más mínimo detalle. Porque cuando sienten que se salen del guion, su propia inseguridad les carga de miedo.

Pero fabricar una máscara para mostrar una personalidad que no poseemos es desgastante, porque estamos impostando nuestra actitud (porque no es una actitud natural en la relación con los demás). Esto antes o después pasa factura, no solo a nuestra salud física y mental, sino a que cuando se descubra tal engaño va a ser tremendamente negativo para el futuro de esa persona. Es mejor mostrar “nuestro verdadero yo” desde el inicio ante el mundo y no tener que vernos obligados a vivir la vida detrás de una máscara.

Cuando la auténtica personalidad aflora, lo que has provocado es hacerte parecer falso y que no eres auténtico, lo que puede llevar a una falta de voluntad para aceptar los retos a los que tienes que enfrentarte. La personalidad real al descubierto también te provoca un sentimiento especial: te hace mostrar flojo y débil, por eso la reticencia a enfrentar los desafíos.

Por miedo complacemos a los demás

¿Cómo actúas cuando te desvives con los tuyos, con los que más amas? Es normal que quieras complacerlos, porque son tu vida. Pero las personas que temen ser rechazadas llevan siempre las cosas demasiado lejos: porque les es imposible decir que no, incluso cuando decir que sí les causa grandes inconvenientes o dificultades en su propia vida.

Cuando no se trata de la familia, este sentimiento de complacer a los demás puede a su vez ser muy fuerte, lo que aumenta tu riesgo de agotamiento. Y no debes olvidar que la gente a la que complacemos tiene un efecto boomerang para ellos mismos, ya que con frecuencia facilita malos comportamientos de los demás. De esos mismos a los que hemos complacido.

La reacción pasiva

Las personas con miedo al rechazo a menudo hacen todo lo posible para evitar confrontaciones. Es posible que esta tipología de personalidad haga que estas personas se nieguen a pedir lo que quieren o peor aún, defender aquello que sí necesitan cuidar. Se convierte en una tendencia común decirse a sí mismo que no tienen necesidades (las cierran, aunque sí las tengan), o sea, están fingiendo que no les importa, cuando en realidad sí les preocupa. Esto es muy dañino a nivel mental y de emociones.

Lograr el máximo potencial de rendimiento personal

En las empresas se busca con esmero la mejora continua, que se materializa en la productividad de su personal para lograr una eficiencia operativa global. Cuando se producen situaciones de miedo al rechazo, la persona que está sufriendo esta emoción que puede llegar a ser muy perturbadora, puede verse impedida de alcanzar su máximo potencial. Y esto le pasa factura psicológica, afecta su estado de ánimo por más que haga el esfuerzo de no mostrar ese miedo e inseguridad a los demás.

En las relaciones de trabajo en las cuales hay muchas tareas y responsabilidades que cubrir a diario, todos los empleados están expuestos a la supervisión y control según sea el organigrama. Para aquellas personas con miedo, exponerse se convierte en un sentimiento aterrador, pero si además tienen miedo al rechazo, es posible que se sientan paralizadas. Entonces, para una persona que entra en esta situación, se aferrará más al status quo para no verse obligado a experimentar fuera de su zona de confort, porque con lo conocido se siente seguro, incluso si no está satisfecho con su situación actual.

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