Convivir con los sentimientos de nuestro interior

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Convivir con los sentimientos de nuestro interior no es sencillo. Sin embargo, es una experiencia realmente necesaria, incluso cuando estamos rodeados de personas o compartimos la vida en pareja. Solo así descubrimos la fortaleza que nos permite seguir adelante frente a cualquier obstáculo que la vida ponga en nuestro camino.

Tememos muchas cosas. Evitamos sentir. Y entre todos esos temores, destaca uno silencioso y persistente: el miedo a estar solos. No comprendemos que, si aprendemos a gestionar nuestras emociones, nada tendrá el poder de derribarnos. El corazón es sabio, aunque a veces se equivoque, no ignoréis sus susurros.

En ocasiones, esa convivencia con nuestro interior que tanto evitamos es, precisamente, lo que más necesitamos. Sentir miedo, no nos convierte en personas raras, sino en seres que, al sentirse incomprendidos por su entorno o por la sociedad, eligen resguardarse antes que dejar una puerta entreabierta por la que puedan entrar el daño o la decepción.

Nos quejamos de la monotonía, de la rutina diaria. Aunque, pocas veces hacemos algo para transformar ese malestar en un aprendizaje que nos acerque a la felicidad. Huimos de ese espacio íntimo y entrañable al que llamamos corazón, sin advertir que aprender a habitarlo, a escucharlo y a convivir con él, puede ser la clave para romper con lo repetitivo de nuestro día a día.

Hay que tener claro que no necesitamos a otros para disfrutar, para sentir plenitud o para alcanzar la paz. Solo desde esa seguridad interior podemos avanzar con firmeza, sin depender de nadie para ser felices.

¿Os atrevéis a mirar de frente esas emociones? Sé que es una actitud compleja, cargada de sentimientos. A menudo incómoda, porque nos expone y nos vuelve vulnerables. Un mundo de matices que, en ocasiones, duele, incluso cuando no elegimos esa fragilidad que sentir nos provoca. Pero, aun así, los latidos que sentimos, son hermosos.

Tal vez el verdadero reto consista en resignificar nuestros sentimientos, en aceptar la soledad cuando llega sin ser invitada, en no temer a nuestras emociones, incluso cuando irrumpen sin avisar. Porque, muchas veces, convivir con lo que sentimos se transforma en una lección de vida: en un aprendizaje silencioso que nos enseña a caminar, a comprendernos y a abrazarnos con empatía.

Esto no significa vivir permanentemente en un estado emocional inestable, porque todo en exceso termina dañándonos. Pero tampoco debemos mirar nuestra existencia desde la angustia o la tristeza. Estar solos no es una desgracia ni el peor de los destinos; es una circunstancia que, a veces, llega sin explicación. Aun así, podemos aprender a aceptarla. Cuando lo hacemos, nos damos cuenta que esa convivencia interior con nuestros sentimientos es buena. Porque, estemos solos o acompañados, nunca dejamos de brillar con luz propia.

«Que los sentimientos de tu alma no se conviertan en lágrimas congeladas, sino en la fuerza que haga florecer, incluso en los días más grises, las sonrisas que nacen de la verdadera felicidad»