El abuelo y el Salvaje Oeste

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Pues resulta que la semana pasada me voy a actuar a un sitio, que no voy a nombrar aquí públicamente por no dañar la imagen del municipio, ya que siempre me han tratado fenomenal en Juzbado cuando he realizado cualquiera de mis espectáculos, y a la hora de bajarme del coche para saludar a la persona que me contrató oigo un pitido atronador. Al volverme, observo a un señor en un coche con los ojos medio vueltos tipo la niña del exorcista exigiendo que moviera el mío, ya que no le dejaba acceder a su domicilio para dejar a sus nietecitos. Bien les digo que rápidamente me metí en mi coche y lo retiré para que el señor pudiera pasar con tranquilidad y rebajar así su estado de alteración. La acción desde que me bajo hasta que lo retiro dura del orden de diez segundos. Demasiado tiempo. Entiendo al señor.

La gente que allí estaba estalló en carcajadas puesto que es un vecino muy conocido del pueblo que la mayor parte del tiempo se lo pasa protestando por todo y con todos. Entonces respiré tranquilo. Pero esa tranquilidad desapareció en cuestión de segundos cuando al tomar mi cortadito de rigor previo al montaje aparece el señor anteriormente citado por el bar despotricando y diciendo: “Donde está el chaval del coche que me impedía pasar, que saco la escopeta en un momento y me lo cargo”. ¡Mira! me teníais que ver escondido detrás de la barra como si de una película de Robert Mitchum se tratase intentando terminar con la vida del forastero…

Al rato comienzo a oír nuevamente ciertas carcajadas por parte de los allí presentes y me relajé un poco. Fue entonces cuando me acerque al señor y le dije que se tranquilizara, que simplemente había sido un hecho puntual y que le había retirado el coche en cuestión de segundos. El hombre rebajó su estado de alteración y me contestó: “No pasa nada majo, termino de aparcar mi coche en tu escenario”.

Surrealista. Al volver mi mirada observo su coche en el escenario donde yo tenía que realizar mi representación. Miré a los lados rápidamente pensando que era una cámara oculta de estas que se realizan en los programas para los famosos de este país. Pero no. Resulta que ni cámaras ocultas por ningún lado y ni rastro de famosos.

Ante las peticiones del personal allí presente y unos chistes que conté para rebajar la tensión ambiental, el caballero accedió a quitar su coche sin problema.

Durante las pruebas de sonido previas al show, el señor se acercó para contarme que su nieto se llamaba Hugo y que le dedicara un saludo durante el espectáculo, a lo que le contesté que por supuesto, no fuera a sacarme la escopeta y liarla parda.

He de decir que todo transcurrió con absoluta normalidad durante el transcurso de la representación y al finalizar, el señor vino a darme un generoso abrazo por lo bien que lo había hecho, pero que si podía recoger deprisa y en silencio que sus nietos ya estaban dormidos…surrealista.

Moraleja: “Cosas de Juzbado de guardia”.

Autor

Humorista. Director de @lafactoriadejesmartins

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