El Faro de Alejandría: ¿cabe más desesperanza que no saber cómo va a ser nuestro futuro el día de mañana?

- en Firmas

Nuestra foto de portada nos muestra una situación habitual en la cual una persona está animando a otra, porque así somos los seres humanos, un continuo manojo de sentimientos y emociones que en el día a día, se ven continuamente afectados.

Si lo que te preguntas un día sí y otro también sobre qué es en realidad la desesperanza, encontrarás la respuesta en tu cerebro que ya está programado desde nuestros ancestros, para anticiparnos a los peligros y lo desconocido.

Si bien hoy día no nos enfrentamos (gracias a Dios) a las bestias a las que se enfrentaban los hombres y mujeres del paleolítico, pareciera que también existe en nuestro entorno otro tipo de “bestia”, mucho más sutil e intangible, pero no por ello menos peligroso: la incertidumbre permanente respecto a nuestro futuro.

Y para más INRI, cuánta más inestabilidad e incertidumbre nos provee la sociedad actual a escala global, derivada principalmente por la incompetencia de los dirigentes políticos mundiales, se incrementa esa dosis de incertidumbre y entra a formar parte de nuestras emociones cotidianas, porque el día en que todo anda sobre ruedas, nos quedamos con cara de asombro, ya que lo corriente, es justamente no saber cómo van a salir las cosas, especialmente en el plano laboral y profesional.

Además, ¡cómo no vamos a estar llenos de desesperanza en nuestro ánimo si estamos viviendo un ambiente que está expuesto a una sobreexposición de información económica y política, que por lo general es mala!

La literatura y sus grandes nombres también se refirieron a este flagelo que nos atormenta. Por ejemplo, Franz Kafka es el máximo referente de lo que puede ser considerada una locura tanto temporal como permanente (una especie de alienación moderna). Capta la esencia de lo que es la angustia existencial para una persona, que se ve atrapado en una serie de situaciones, incluso absurdas y muchas veces ridículas, como es el caso de la burocracia opresiva en el que pululan una serie de instituciones cuyas funciones son un auténtico laberinto que aplastan al ciudadano.

Sin duda, cualquier trámite, cualquier cosa que necesitamos resolver de manera personal o de forma online, terminan siendo una mayoría de veces un calvario, cuestión esta que se ha visto reflejada en los terribles incendios que azotaron diversas regiones de España, poniendo de manifiesto que si bien no existía ninguna prohibición para limpiar los bosques para los propietarios de esas tierras, sí se enfrentaban a una durísima batalla burocrática que además del tiempo que les llevaba, la mayoría termina abandonando la idea. Claro está, que, en estos casos, también la desesperanza surge porque lo que sí debe hacer o un municipio o una comunidad autónoma, es primero obligar a esa limpieza, y en caso que no se haga y se ponga en riesgo como se ha dicho por ser una carga de “gasolina” importante por hectárea, intervenir directamente.

Obviamente, aquí nos plantearán el eterno dilema de que va primero: “si el huevo o la gallina”, o sea, si la responsabilidad es del particular que no fue capaz de terminar los trámites para lograr una autorización de parte de la autoridad competente, o si, por el contrario, es de autoridad jerárquica municipal o comunitaria que no ha facilitado que los trámites se hagan sin generar burocracia.

En todo caso, ambas situaciones se deben a que se han planteado mal las cosas en cuanto a su instrumentación, no en cuanto a la legislación que lo ordenara. Lo que nos lleva a que es un problema de gestión. Y esto nos conduce una vez más a uno de los tantos estados de desesperanza en el que siempre terminan colocados (sin querer) los ciudadanos.

Imaginemos por un instante la situación de cómo va a impactar la IA en la sociedad en general, pero muy especialmente en la demanda de personal que hagan las empresas, por aquello que muchos puestos con funciones repetitivas y/o también que pueden considerarse peligrosas, quedan en manos de la automatización total gracias a la IA. Esto de por sí genera incertidumbre.

Pero no vamos a exagerar tampoco, en que, por culpa de la innovación tecnológica, por más disruptiva que sea, nos va a generar desesperanza porque ha crecido nuestra incertidumbre respecto a cómo va a ser el trabajo (la posibilidad de seguir manteniendo el puesto que tengo en la actualidad), ya que la tecnología a lo largo de los últimos doscientos años desde los albores de la Revolución Industrial, continuamente ha destruido y al mismo tiempo creado puestos de trabajo.

La cuestión, es que las sociedades actuales, están mejor preparadas de parte de las organizaciones de todo tipo que de la propia clase política que siempre llega tarde, y cuando lo hace, no necesariamente acierta en las medidas que implementa. Y esto es otro motivo de incertidumbre, por supuesto, que alimenta la desesperanza.

Y son casi infinitos los motivos de nuestra desesperanza respecto del futuro, desde el simple diseño (que en realidad no lo es tanto) urbanístico de las ciudades del mañana, muy especialmente las grandes urbes que como Madrid, Barcelona, Valencia, Londres, Paris o el caso ya exagerando de El Cairo, Egipto, en los que lo que nos estamos jugando no es la manera en la que vamos a organizarnos. ¡No! Lo que nos jugamos es la propia vida… una cuestión de supervivencia… de salud por simplemente el aire contaminado, la falta de controles acústicos que disparan el ruido que el oído humano debe soportar, sin dejar de mencionar la problemática (porque aparentemente no tiene solución inmediata) como es la seguridad ciudadana, en la que desde un simple tirón de un bolso hasta una violación se convierten en delitos habituales que compila la estadística.

¡Esto produce desesperanza y muy especialmente, un sentido de impotencia! Generalmente la impotencia (por no decir siempre), se debe no a nuestra acción (el trabajo o la responsabilidad que tenemos entre manos), sino que está condicionada por la incompetencia o la inoperancia de otras personas, y qué casualidad, que son las que tienen los instrumentos de poder jerárquico (leyes, normas, etc.) para ordenar la convivencia.

Por tanto, si bien hemos hecho unas simples pinceladas de aquellas cuestiones que nos producen desesperanza, quizás la cuestión fundamental a la que se le dio un poco más de importancia durante la pandemia (la psicología individual) siga siendo una asignatura pendiente de la clase política mundial.

Basta leer cada año las estadísticas de bajas laborales por depresión, ansiedad y otras enfermedades, ya que son trastornos de salud mental reconocidos como enfermedades médicas u afecciones clínicas. No son simples debilidades ni faltas de voluntad; involucran cambios biológicos, psicológicos y sociales que afectan cómo una persona piensa, siente y actúa. Y esto es una clara desventaja para esa sociedad de progreso y desarrollo del día de mañana.

No porque contemos con vehículos que no requieren conductor, o que ya se experimente con coches voladores u aparatos que sean una especie de híbridos entre pequeños helicópteros y automóviles, podrán los gobiernos de las naciones más desarrolladas decir que han logrado vencer en todos los ámbitos de su acción política, si no han cuidado la salud mental de sus respectivas ciudadanías.

El auténtico activo de la sociedad de todos los tiempos (nuestra historia como civilización) son las personas. Pero no por ello se le ha dado a cada persona el peso que merece en lo que ha sido nuestra evolución como especie. Algo habremos hecho mal. Algo podrá volver a repetirse en el futuro si se prescinde de las personas una vez más para que sean el centro sobre el que debe girar el liderazgo político, económico y por supuesto, el social.

La desesperanza no es una enfermedad mental. Pero de estos párrafos surge claro (más aún de la evidencia científica de los últimos veinte años), el nivel de impacto negativo que la incertidumbre y la desesperanza termina teniendo en el ánimo de las personas, pero más profundo aún, en su psicología y la conducta que asumen.

Tenemos la obligación de corregir estos errores en el liderazgo. Tenemos el derecho como ciudadanos a que se nos provea de un futuro en el que la incertidumbre sea cada vez menor (cuestión ésta muy discutible) y que la desesperanza esté en niveles asumibles por la psicología individual. Y de este último extremo, es la clase dirigente política mundial, directamente responsable de que así sea.