El Faro de Alejandría: el poder de las letras (novelas, poesía, ensayo, biografía, etc.) sobre la economía y la política

- en Firmas

Cuántas veces nos angustiamos, o por contrario, nos viene un halo de esperanza cada día, cuando leemos o escuchamos datos (que si la inflación ha subido) o (el país crece y el paro baja).

Cuando queremos comprender la realidad, porque como suele decirse coloquialmente, “a pesar que nos cabrea…necesitamos estar informados”, o también, cuando decimos… “no me gusta ver los telediarios, pero no tengo más remedio que hacerlo”. Pero es que, además, hay que sumar a los medios tradicionales como la radio, televisión y periódicos, una cantidad de creadores de contenido, que nos invaden los móviles constantemente. Por ello, es importante saber filtrar tanta información que llega, mucha de ella auténtica basura.

Pero el motivo de nuestro Faro de Alejandría de hoy es justamente ver por qué sucede que nos refugiamos en la literatura, o también en el cine, especialmente si está basada esa película en un buen libro. La respuesta a este por qué es como sigue:

  1. a) Las personas somos (me refiero que estamos constituidos) por una gran cantidad de pensamientos y especialmente emociones, que son los que de alguna manera nos van marcando las referencias en nuestra vida, esas coordenadas sobre las que nos movemos, que nos van indicando el paso a seguir, que nos están advirtiendo sobre la manera en la que debemos actuar y especialmente una vez hecho algo, cuál es nuestra impresión sobre cómo hemos actuado (siempre es nuestra consciencia la que nos está controlando). Cómo actuamos, cómo nos comportamos con los demás, qué aspiraciones tenemos, que nos encanta hacer o por contario, qué es lo que nos molesta o, incluso, cabrea.
  2. b) Y todo este gran abanico de sentimientos y emociones que nos caracteriza, nos enfrentamos cada día, nos guste o no, con la realidad de nuestro entorno, que, por lo general, nunca es propicio al 100% para la mayoría de las personas. Es normal que así sea, más cuando ninguno de nosotros, por más importante empresario que sea o un destacado científico, tiene control sobre aquellos datos que dependen de una cantidad de variables (la economía y la política) que no controlamos, y que con más frecuencia de la que nos gustaría admitir, ni siquiera comprendemos.
  3. c) De a) y b) llegamos entonces a este punto crítico que es ese espacio en el que nos encontramos cómodos: el que nos crea buen ánimo, ese que alimenta la esperanza… y especialmente, ese que nos hace reír, emocionar y pensar que hay un mundo mejor por vivir, que lo único que tenemos que hacer es emular (aunque sea en parte) a ese personaje de una novela que nos ha impresionado. ¿Por qué? Porque con seguridad su manera de actuar y cómo escucha lo que le dicen otros personajes, cómo reacciona frente a determinados hechos, nos hace pensar que no es mala idea asumir en parte este rol en el que, por lo general, por miedo al que dirán o que se nos considere que queremos controlar cualquier situación, sea personal o laboral, nos produzca en definitiva un rechazo de los demás. Y este es un craso error.

Hay que ser auténticos y esto es lo que la buena literatura hace por nosotros: nos condiciona de otra manera. No es que vamos a querer convertirnos de la noche a la mañana en héroes, pero sí hay otras formas de heroísmo que son mucho más simples y factibles, que podemos realizar, sea en actos o en palabras, pero que nos darán ese coraje para actuar de otra manera, o para contradecir a un jefe o, quizás a un socio. La buena narrativa desde una historia real (autobiográfica) o de pura ficción, da igual, nos alimenta ese espíritu que con frecuencia nos da vergüenza mostrar por ese miedo a lo que los demás piensen o incluso, opinen de cómo actuamos o qué decimos.

De a), b) y c) sacamos una conclusión clara: las letras nos hacen soportar mejor la economía y la política, porque ni la una ni la otra tienen alma. El común de los mortales las sufre: búsqueda de trabajo, o si lo tiene, que ya es tiempo de un ascenso, o querer desarrollarse en determinado ámbito profesional, etc.

¿Por qué las novelas y la poesía tienen alma y la ciencia económica y la ciencia política no?

La diferencia en la percepción de que la literatura tiene «alma» y las ciencias sociales no, se explica en cuáles son tanto sus objetivos como su metodología. Sabemos que el arte es del todo subjetivo, que tiene una conexión directa con las emociones, mientras que la ciencia tiene forzosamente que basarse en lo objetivo y en las pruebas para poder realizar cualquier tipo de predicción. Si nos adentramos en el mundo de la fantasía que nos proporcionan las letras, por ejemplo, una poesía que le hable al amor hacia una mujer, está focalizando en una experiencia humana, lo que conlleva a sentir tanto cariño como de repente odio, porque así son las variables de las emociones que pueden pasar como suele decirse “del amor al odio” en minutos. El dolor y el amor son sentimientos que no se estructuran en sistemas, ni obedecen a reglas de los mercados, ni están regulados por instituciones.

Las personas vivimos mejor cuanto menos entendamos de determinadas cuestiones, como, por ejemplo, por qué podemos estar en una crisis económica en ciernes en Europa, aunque nos veremos antes o después obligados a entender algo para saber cómo actuar. Pero este conocimiento siempre es posterior a los hechos, excepto para los analistas o los que por razones de su cargo y responsabilidades que han asumido, se ven en la obligación de hacer un diagnóstico e interpretar el futuro.

Personalmente, llevo años como formador y consultor en el ámbito de las organizaciones, especialmente en el del liderazgo. Y justamente si hoy estoy escribiendo esto es para que no dejemos de entusiasmarnos con aquellas cosas que nos dan alegrías, porque la vida nos enseña que, a lo largo de su trayecto, son pocos los momentos en los que finalmente disfrutamos de ellas. Y más aún, con la disrupción tecnológica y la inteligencia artificial que en los últimos dos años está cambiando todo, desde la manera en la que trabajamos hasta cuál es nuestra visión del futuro de sociedad en la que queramos vivir.

La tecnología, por más impacto que haya tenido tanto en la economía como en la política, si no la acompaña un serio proceso de humanización no habrá más remedio que seguir buscando emociones en la literatura y el cine, porque no será precisamente la forma en que se estructure una sociedad tremendamente tecnológica, que prescinda en gran parte del factor humano, la más indicada para que las personas de cualquier edad y condición, tengan ese halo de esperanza del que hablábamos al inicio.

Ciudades más humanas, especialmente las grandes urbes, en las que el ritmo frenético medido en decibelios, no es compatible con la tranquilidad que requiere cualquier oído humano. Por eso la gente escucha radio o música, que es mejor que cláxones y el ruido intrínseco del tráfico. Por supuesto, que también las personas en el tren o en el metro van con cascos y sumidos en la lectura de un libro.

El alma humana no se refleja en un plan económico por más que la ciencia política se preocupe por cómo determinada medida afecta a ciertos colectivos de esa sociedad. La cuestión es que una cosa es la sensibilidad que debe tenerse desde cualquier gobierno, y otra muy diferente, que las personas puedan llegar si quiera a tener la misma sensación de alegría, cuando se comparte una buena lectura o incluso cuando dos compañeros de trabajo comentan cuánto se han impresionado por un estreno de una película en televisión que les despertó una cantidad de emociones.

Por algo es que los libros no han muerto aún, por más que la disrupción tecnológica pareciera que los han puesto en peligro en varias ocasiones en los últimos años. Siguen siendo un refugio de la mente, un espacio para la reflexión y también la maduración. Los libros son la esencia de nuestra sociedad y por ello jamás morirán. No solo por el placer de la lectura, de ese don de transportarnos a un lugar como el de Macondo de Gabriel García Márquez, sino por como lo ha señalado en más de una ocasión otro Nobel de Literatura como Vargas Llosa, afirmando que los “escribidores (como él llama a los narradores) nos hacen soñar con lugares e historias que queremos hacer propias. En definitiva, la novela mejora la sociedad en la que vivimos”.

Me resistí siempre y lo sigo haciendo, a que la innovación tecnológica nos haga sentir seres inservibles o desde otro punto de vista, prescindibles. ¡No! No veo una sociedad futura que se pueda mantener viva (lo digo en el sentido literal del término) si no es más humana y que las personas sean el centro, el principio y el fin de todas las cosas. Una especie de “yo soy el alfa y el omega” de la Biblia.

Y esta humanidad de las letras, a pesar de los siglos que han transcurrido desde los primeros libros como los conocemos hoy, no ha decaído. Y por esa necesidad de seguir alimentando las emociones, tampoco decaerá en el futuro.