Todos los días se sentaba en el mismo lugar, a unos tres metros de la entrada principal de un edificio de 20 plantas. El entrar y salir era continuo, especialmente por las mañanas, porque en la planta baja y el primer piso operaba una sucursal de correos. Hacia arriba, la estructura albergaba actividades para todos los gustos, desde consulta médica, hasta empresa exportadora, pasando por una mayorista de instrumentos musicales. Pero entre las plantas 7 y 14, todas ellas pertenecían a una misma empresa, productora y distribuidora de productos de consumo en el área de alimentación. La fábrica estaba a unos 75 km de la ciudad, y estas oficinas estaban a no más de 300 metros del centro neurálgico, incluyendo Palacio de Gobierno, dos ministerios y algún que otro edificio de diferentes dependencias del estado.
Por supuesto, que, en este entramado arquitectónico, se incluían cines, teatros, restaurantes y lo que nunca puede faltar: muchas cafeterías que como siempre en las grandes urbes, marcan el pulso de la ciudad. Son como el ritmo cardíaco del deportista después de una competición, que marca unas elevadas pulsaciones normales después de tanto esfuerzo físico.
En el centro (la llamada city por los lugareños), el ritmo frenético al que se vivía y al que la gente se movía, cruzando calles en los pasos de cebra -con frecuencia en mitad de una avenida haciéndolo de manera imprudente-, la cantidad de personas que entran y salen durante la jornada en los edificios del entorno es algo imparable. Sea los que tienen actividad pública (trámites y más trámites) y un poco más sosegado es el tránsito de personas en los de actividad privada, pero igualmente ingentes cantidades de visitantes, desde proveedores, clientes, asesores, y una lista interminable de actividades representadas por la presencia desde un visitador médico hasta un inspector de hacienda. El pulso de una ciudad.
Todas las manzanas en un radio de dos kilómetros son el auténtico corazón y cerebro de esta gran capital latinoamericana. Edificios modernos estilo cristalera neoyorquina, hasta iglesias coloniales y casas típicas de una gloriosa época pasada en la que España dejó su huella.
Y en la entrada del edificio “Agro” (como así se lo conocía), debido a las siete plantas que eran propiedad de la empresa de consumo, que era líder en el sector agroalimentario, y cuya marca principal de las líneas de productos que llenaban los escaparates de los supermercados también era “Agro”, volvía a instalarse cada día a la misma distancia en la que los pies de hombre y mujeres pasaban por esa puerta, esperando algún donativo, cuando no, una queja y también alguno que otro grito diciéndole a este mendigo que se apartara unos metros, que buscase otra ubicación.
Y un día como tantos otros, estaba sentado en su misma posición, cuando uno de los directivos de Agro se acercó al indigente y le dio una propina, mientras que una secretaria pasaba quejándose de su presencia y de que este directivo le diera una limosna.
A tal punto le molestó, que en cuanto tuvo ocasión, esta secretaria fue al despacho de este director y le dijo que le solicitaba autorización para exigirle al indigente que se fuera a otro sitio, que molestara a la entrada de otro edificio, y que si no lo hacía le iba a denunciar a la policía municipal para que le obligasen.
A la voz de esta secretaria se sumaron inmediatamente voces de algunos mandos intermedios que sostenían que la presencia de este pobre hombre no era nada buena para la imagen de la marca, porque cuando proveedores y/o clientes, o un directivo de banca, atravesara el umbral, se encontraría con este panorama que quitaba al lugar ese halo de respetabilidad que con tanto esfuerzo le había costado a la empresa construirse frente a los clientes habituales y a la ciudadanía en general.
Pues el director accedió para evitar discusiones internas y por fin autorizó a esta secretaria para que actuara en consecuencia. Y pasaron dos días más y se reproducía la misma escena del mendigo y por supuesto, se repetían las quejas.
Llegó el tercer día y cuando la secretaria dejó su coche en el aparcamiento de la empresa, subió por el ascensor y en vez de ir a la 7º planta en la que trabajaba, se detuvo en planta baja para ir en busca del mendigo. Pero su asombro fue que no lo encontró esa mañana, Volvió a bajar a la entrada dos horas más tarde y tampoco estaba. Por la tarde, después de comer, hizo la misma rutina con el resultado igualmente negativo: el mendigo no había aparecido durante ese día. Lo mismo ocurrió el siguiente día y durante toda la semana.
Cuán grande fue la sorpresa, cuando al lunes siguiente, todo el personal de todos los departamentos estaba convocado para la reunión mensual interdepartamental que se celebraba el primer lunes de cada mes, para tratar de compartir y comprender al mismo tiempo, los avances que se estaban haciendo en los proyectos en los cuales trabajaban diversos equipos, pero justamente en este día, se había comentado en el mail de convocatoria, que como excepción iba a presidir la reunión el accionista mayoritario de Agro. Es evidente que esta noticia levantó un revuelo y nerviosismo, como cabía esperar, ya que lo que siempre quiere el personal, es que se le felicite y reconozca los logros que han tenido, por ejemplo, en el primer semestre del año, aunque la otra cara de la moneda es temer (naturaleza humana) a que se produzca una reprimenda colectiva de parte del accionista nº 1 a la gestión de Agro en los últimos meses.
Y llegó el lunes de reunión interdepartamental
Con un traje habitual que cualquier empleado pueda usar en el trabajo, el mendigo entró por el sitio en el que pisaban a diario miles de pasos y zapatos, y su aspecto era el mismo de siempre, con su barba y pelo largo, pero con la diferencia que ahora ambos estaban muy limpios y como recién salidos de una peluquería, sin ninguna mancha de suciedad en el resto del cuerpo incluyendo su cara (cosa que habitualmente llevaba sucia cuando estaba en el papel de mendigo), lo que hizo que el personal de seguridad de la entrada le reconociera y quedase estupefacto sin saber qué hacer, reacción ante la cual el mendigo se dirigió a las dos personas que tomaban nota de los DNI’s de las personas que entraban cada día, y les dio su documento y se identificó: soy Juan Antonio Núñez Plaza, el propietario de Agro.
La sorpresa era mayúscula, e incluso una de las personas cerca del mostrador de recepción que era personal de seguridad, le hizo como un ademán de que se cuadraba ante él: o sea, la venia. Situación que generó una gran sonrisa en el mendigo-empresario.
No había nadie en ese momento en la recepción del edificio de las personas que habitualmente querían echarlo de su sitio e incluso denunciarlo. Todas ellas estaban en la sala de juntas esperando al propietario de quién no conocían más que de nombre.
Se abrió la puerta del ascensor de la planta 14, dónde estaba la dirección general, las direcciones departamentales y obviamente dos importantes salas, una típica de juntas y reuniones de departamento; la otra para albergar algún tipo de presentación y/o conferencia.
Caminaba decidido y a paso ligero a través del pasillo que estaba rodeado de despachos separados por importantes cristaleras, y al final pudo ver una sala llena, que eran los destinatarios de la reunión o quizás…más bien…los que se convertirían en arrepentidos de tanta soberbia.
El silencio fue mayúsculo, porque ni el director general conocía a la parte propietaria, cosa que tampoco es novedoso en Latinoamérica, que, con frecuencia, empresarios poderosos nombran a una persona destacada y también de prestigio para que los representen. Prefieren el anonimato, más en países en los que la seguridad no se caracteriza por ser como la que tenemos en Europa.
Las caras eran un auténtico poema…unas expresiones entre de incredulidad y preocupación al mismo tiempo. Todos en la sala le reconocieron…aunque tardaron en dar crédito a lo que veían…más bien no salían del asombro, como deseando que no fuera cierto. El temor por las acciones del pasado, siguen pesando en nuestras acciones futuras.
El mendigo-empresario saludó, se dirigió a la cabecera de la larga mesa de juntas e inmediatamente se ubicó detrás del atril en el que había megafonía y un control de las diapositivas del Power Point que se iban a proyectar en pantalla.
Irónicamente, el mendigo-empresario dijo:
– Buenos días…creo que no necesito presentación…ya que todos me conocéis muy bien de cada día que vienen a trabajar.
– Solo el silencio de parte de todos y el rostro individual que delataba a cada una de los presentes que estaba realmente atónito.
– Vamos a hacer hoy una presentación de los objetivos que tenemos para el próximo semestre, que, si bien los datos del primero son muy buenos, sin duda también son mejorables.
– Seguía la atención y el silencio.
– También decirles que pueden interrumpirme…no se corten…pregunten lo que quieran.
– Todos asentían con la cabeza. pero nadie tomó la iniciativa de abrir el diálogo con el mendigo-empresario.
Se sucedió durante la siguiente media hora una presentación habitual de datos y previsiones. No hubo preguntas y todo el mundo demostraba estar al 100% concentrado.
– Bueno, una vez expuestos los objetivos para el resto del año y lo que le requiero a cada departamento, es momento de pasar a algo más mundano, menos empresarial. Por ello, le voy a decir a la Srta. Paz Guillén, que debo felicitarle porque su iniciativa en haberme denunciado para que trasladara mi puesto de mendigo en la entrada de otro edificio, ha surtido efecto, desde el momento en que me ha llegado la multa del Ayuntamiento. O sea, en cuanto a su responsabilidad por la imagen de nuestra marca y proteger la respetabilidad del edificio, nada que objetar. En este punto ha cumplido con su deber. También ha cumplido con el suyo, el director general que ante tanta insistencia de nuestra secretaría Guillén y de otros miembros de otros departamentos que se han sumado, les concedió la razón y al mismo tiempo la autoridad para que yo fuera denunciado.
– Gracias Sr., se escuchó de ambos en voz no muy alta, como que estuviesen esperando algo más a continuación.
– Ahora bien…una cosa es la realidad operativa de la empresa y su defensa del valor de marca y prestigio, y otra muy diferente la sensibilidad y la empatía que mi personal demuestre tener por los demás. No ha habido ni una persona en toda la empresa que se opusiera a la pretendida denuncia que me iban a hacer, y que finalmente se hizo, porque hasta el mismo director general no quiso contradecir a su personal de confianza. Quiso demostrarles que les da autonomía en sus decisiones y que les apoya. Pero en realidad, lo que han demostrado todos Uds. es que solo van detrás de los objetivos que hemos fijado (lo cual…repito…es bueno desde el punto de vista de la eficiencia operativa), pero me sorprende que de 450 personas que conforman la plantilla de este edificio, no ha habido ni una persona que haya planteado una alternativa a la denuncia. Y precisamente esto es demostrar no solo ninguna empatía, sino poca flexibilidad en la manera en que se conducen por la vida. Están muy acartonados, siguen un guion de lo que entienden es lo correcto que deben hacer, pero en cuanto hay que salirse de él para atender un problema humano, quedan totalmente descolocados.
Y esto es malo, porque perder la capacidad de análisis crítico de una situación, de no ser lo suficientemente flexible ante determinadas situaciones, por ejemplo, en la resolución de un conflicto en algún departamento, o de resolver una cuestión de la queja de un cliente que es fundamental para nuestro crecimiento, en fin…hay que tener siempre una mirada alternativa y saber salirse del guion, sin miedo, aunque con responsabilidad.
Por tanto, he tomado una decisión que va a beneficiar y enriquecer desde el punto de vista humano a todos los miembros de Agro de este edificio:
1º) Quiero creer que trato con personas que son empleados y no con empleados que han dejado atrás el valor de personas.
2º) Vamos a humanizar la empresa, y si ven a nuestro alrededor, que hay dos grandes parques a dos manzanas de aquí, nos ocuparemos en lo que podamos, no de exterminar la pobreza, pero sí aliviar el sufrimiento. Nadie de esta empresa pensó ni siquiera por un instante en esto: que una persona en determinada circunstancia, sin duda extrema, está sufriendo. Debemos humanizarnos y sensibilizarnos.
Quiero escuchar a partir de ahora proyectos vuestros en esta línea y pueden ponerlo por escrito sobre mi mesa, que no es ni más ni menos que esta grande que ocupa la sala de juntas, que servirá para que entre todos seamos mejores como personas y como empresa.
¿Han pensado en alguna ocasión qué es lo que aportamos como empresa a nuestra comunidad? ¿O es acaso, que están satisfechos solo con cumplir un horario y hacer vuestro trabajo? ¡Sí…sí…! A este vecindario de varias manzanas en la que debemos tener una sensibilidad por la mejora continua de esta comunidad de la que formamos parte.
¿Cuál es la moraleja de esta historia que es real?
Desde ya que los nombres que he dado de la empresa y del propietario, así como de la secretaria, son ficticios, aunque la historia es cierta.
La pregunta que se deben estar haciendo mis queridos lectores/as es qué sucedió después, si hubo quizás alguna reacción del propietario en relación a las personas que fueron más negativas y reacias a la presencia del mendigo en la puerta.
A nadie se le echó. Pero las personas que más se habían posicionado para el desplazamiento del sitio del mendigo y su denuncia, tuvieron que hacer mucho mérito en su trabajo, no en el técnico que lo desempeñaban bien, sino a nivel humano, habiéndose tenido que esforzarse de verdad en demostrar que sí habían incrementado su sentido de colaboracionismo profesional, de preocupación por los otros compañeros y lo que más le importaba a la parte propietaria, qué es lo que cada uno a nivel individual estaban dispuestos a hacer (a lo mejor, dar algo de su tiempo) para mejorar la comunidad.
El propietario empezó a valor esos intangibles de la vida que no son fáciles de describir, más que en acciones y demostraciones, de que las personas si quieren y se lo proponen pueden mejorar y ayudar de manera muy directa en poder hacer de la comunidad en la que trabajan un lugar mejor para todos.