Procuro vivir mi vida como si fuera eterna. Cuido mi salud física y mental, amo a mi familia y amigos, trabajo con ilusión en la profesión más hermosa que uno se pueda imaginar y me mantengo enamorada.
Algunas veces cierro los ojos e imagino cómo será el trance de mi muerte y como mujer romántica que soy, me veo a mí misma viviendo sola los últimos años de mi existencia terrenal en una pequeña aldea de la costa Cantábrica, en una linda casita de una sola planta con un pequeño jardín delantero.
El día que la muerte me arrebate me encontrará dispuesta: perfectamente arreglada, peinada con esmero y vestida con una ligera camisola blanca que a duras penas cubrirá mis rodillas huesudas. Mi longevo cuerpo consumido por los años vividos, descansará recostado en un sofá muy confortable, situado en un salón de amplios ventanales que se asoman al mar.
La luz de la mañana tamizada por unas cortinas de blanca gasa que ondean rítmicamente al compás de la brisa marina con olor a salitre, entibia el ambiente relajado y hasta cierto punto festivo que reinará a mi alrededor.
Mi hijo bien amado me da la mano con suave firmeza mientras susurra cerca de mi oído una letanía de amables palabras de consuelo y despedida gozosa. El resto de familiares y amigos me besan por turnos y me sonríen con benevolencia, como si me absolvieran de las faltas cometidas por error, acción u omisión durante toda mi vida.
La anciana que seré yo en aquel momento parece satisfecha y muy cansada, físicamente agotada y entonces, solo deseará cerrar los ojos y desconectar, para adentrarse en calma en un profundo sueño reparador que la alivie del peso inmenso de la existencia.
Al llegar a ese punto, descubriré con asombro que todos los libros que quise leer ya los habré leído; la música que quise escuchar habrá sido la banda sonora de mi existencia; los rincones que quise descubrir y visitar a lo largo y ancho del mundo ya habrán sido pateados y explorados por mí; los sueños cumplidos, los deseos satisfechos, los amores colmados, las ambiciones realizadas…
Seguramente miraré la mar por última vez dejando que su color se confunda con el de mi mirada, suspirando con nostalgia al recordar los buenos momentos que viví y a las personas más influyentes que formaron parte de mi existencia, acompañándome y ayudándome con su presencia a forjar mi carácter.
Entonces aspiraré por última vez el aire fresco de la mañana luminosa y aceptaré como un regalo precioso la caricia tibia del sol recién nacido.
Escucharé tiernas palabras en salmodia de los labios de mis seres queridos, dichas con sincera emoción y evocaré en apenas un minuto los hitos más importantes que marcaron el discurrir de mi vida.
Estoy segura de que en esos últimos instantes antes de morir sentiré agradecimiento por la vida que me tocó en suerte, cerraré mis párpados por última vez y mansamente me dejaré caer por el abismo de lo desconocido.
Unos labios se posarán sobre los míos, lo sé, pero de eso ya no me daré cuenta.