La tradición del Lunes de Aguas

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Lunes de agua en Salamanca

Yo comentaba, hace tiempo, que había indagado sobre el origen del Lunes de Aguas, y no había dado con la pista; me apoyaba, en mis prédicas, en el documento oficial, que habla de la casa de la Mancebía y de sus pornaes, y me quedaba ahí; pero estoy casi seguro de que la festividad del Lunes de Aguas no tiene su origen en esos decretos, sino en la amenaza de la sequía y sus consecuencias: las grandes hambrunas. Y, a este fenómeno sancionador, había que buscarle un culpable, y los predicadores se encargaron de adjudicárselo al pecado: el pecado es el causante de todos los males y, para más “inri”, de la indignación divina, que se muestra en el castigo severo del cielo; y se lo machacaban tanto desde el púlpito, que esa consideración prendió, tan profundamente, en el alma de los campesinos, que llegaron a asumirlo como una realidad; por lo que,  lo primero que hacían, al levantarse, era santiguarse, rezar el padrenuestro y mirar al cielo y a su entorno y, a la vez, dentro de su confusión, rebuscaba en el bolso del chaleco de su conciencia, qué había hecho él de malo para merecer eso. Y la misma pregunta se formularon los campos, y los productos de la tierra, y los pájaros, y todos los seres vivos, e, incluso, las cosas todas, que pueblan la tierra. El miedo, el caso era sembrar el miedo en aquellas personas honestas, para que ellos pudieran salirse con la suya, y obrar a su antojo. Esta práctica es común en todos los que quieren someter la voluntad y la libertad de las personas. Lo utiliza el empresario, el político, el predicador y todo aquel que se erige en señor y amo.

Y aquella indignación divina por el desacato humano, había que tamarla, y, para el menester, los clérigos se inventaron plegarias, cantos, triduos, misas, bendiciones, rogativas y letanías generales, que los fieles seguían con gran devoción y esperanza; y, aquí, en Salamanca, nuestros ancestros eligieron el segundo lunes de Pascua, el de la octava, para implorar, a su Patrona, Nuestra Señora de la Vega, que tenía su morada aledaña al río, el agua necesaria para regar sus sedientos campos y sus manantiales, en rogativa romera; y se acompañaban de viandas, que degustaban a la sombra de la arboleda, que se alzaba en la ribera del Tormes; y a esta celebración medieval, se le hizo coincidir con la fecha en que las mujeres públicas, recluidas en la casa de la Mancebía durante la Cuaresma, debían retornar a la ciudad a cumplir con el precepto pascual de la confesión y la comunión.

Y así era en todos los pueblos de la España seca, y cada uno sacaba en procesión a su patrona o santo o santa de su devoción, invocando su intercesión ante el Hacedor, para que escuchara la plegaria del pueblo; y, a veces, no eran los pecados de los hombres los culpables del castigo divino, sino la acción de los malos espíritus, que se ensañaban con el hombre, y, para ahuyentarlos se hisopaban los campos y sus productos.

Y los clérigos se inventaron cantos “pro lluvia”, como la “Salve del Agua”, y otros, que se cantaban en los pueblos de Castilla, como en Alaejos: “ ¡Oh Virgen de la Casita! Tú que tienes el poder, quita el candado a las nubes, para que empiece a llover“, o en Valverde del Majano  “Los brazos tenéis abiertos, los ojos mirando al cielo, suplicando a vuestro Hijo que nos .riegue nuestro suelo“. Y los muchachos, en mi pueblo, convertíamos nuestros juegos en plegarias por la lluvia, cuando cantábamos en corro el “que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva; los pajaritos cantas; las nubes se levantan; que sí, que no, que caiga un chaparrón

Y aquella otra que dirigíamos a san Marcos, otro abogado de los campos de mi pueblo: “Agua, san Marcos, rey de los charcos, para mi triguito, que ya está bonito; para mi cebada, que ya está granada; para mi melón, que ya tiene flor; para mi sandía, que ya está florida; para mi aceitura, que ya tiene una”.

Pero, sin duda, al Santo, que más marean los agricultores y ganaderos, es san Isidro, porque fue monaguillo antes que Santo, y se le considera el más indicado de elevar las súplicas ante el Hacedor.

Las rogativas fijaron su fecha de celebración en el pontificado de San Gregorio Magno en el año 590. Tenían lugar dos veces al año: en la festividad de San Marcos (25 de abril) y los tres días anteriores a la Ascensión, conocidas como rogativas y letanías mayores; además el Papa y los obispos podían prescribirlas en cualquier época del año en calamidades y necesidades públicas perentorias.

Es posible que las rogativas de san Marcos suplantaran  a las Robigalia romanas, tradicionales festejos de carácter agrícola, que se celebraban en la misma fecha (25 de abril), en honor del dios Robigo, con procesiones a través de los campos y sacrificios de animales, que tenían. Como objetivo, interesar a aquella divinidad pegana en el ciudado y protección de los sembrados.

Autor

Eutimio Cuesta Hernández
Maestro. Escritor e investigador. Realizó estudios de Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Salamanca. Ha publicado varios libros sobre Macotera y comarca.

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