Desde aquí es más fácil comprender el ansia de la burguesía bejarana por abrir sus ventanas al sur: la frondosa masa forestal que forra las laderas de El Castañar se muestra como una apretada alfombra tejida con el mejor de los hilos. Y una gama de colores, cambiantes a lo largo del año, que ningún tinte al alcance de los humanos podría jamás igualar. Matices ambos que una élite empresarial volcada en la industria textil sabía valorar en su justa medida: pagando precios desorbitados por situar sus viviendas en la ladera meridional del promontorio sobre el que se alza la ciudad.
También se puede observar el desarrollo que los arquitectos decimonónicos dieron a los edificios que les encargaba aquella burguesía pudiente. A las estrechas fachadas principales que se asoman a la calle Mayor corresponden viviendas de gran profundidad abiertas, por su otra cara, a la luz y los paisajes de la sierra. El fuerte desnivel de la pendiente se aprovecha para el diseño de luminosas galerías y jardines de aires aristocráticos que enlazan escalinatas y terrazas.
El paseo continúa regresando a la calle Mayor de Reinoso.