PELÍCULA: A todo gas 2

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2 Fast 2 Furious (AKA The Fast and the Furious 2). EE UU, 2003 (100 m.). Director: John Sin-gleton. Intérpretes: Paul Walker, Tyrese Gibson, Eva Mendes, Cole Hauser.

Segunda entrega de una serie que nunca debió conocer una primera, A todo gas (The Fast and the Furious). Continúan las andanzas automovilísticas del agente O’Connor que vuelve a pisar el acelerador y a infiltrarse entre criminales para destapar una trama internacional de blanqueo de dinero. Ya no está Vin Diesel, sino otro guaperas, igual de pétreo, Paul Walker. Innumera-bles escenas de acción y un desfile de más de 150 modelos de espectaculares coches para una entrega de acción que solo hará las delicias de los amantes de la velocidad. La pantalla atruena y todas las secuencias pretenden ser el colmo de la aceleración. Ante tanto zarandeo, quien no acaba turulato acaba indignado.
Brian O’Connor, un policía caído en desgracia, fue un adicto a la velocidad y ahora está pagan-do un precio por ello. Tal y como lo ven sus antiguos jefes y los altos mandos del FBI, este agente de incógnito les echó a perder una de las investigaciones más importantes que habían emprendido. Al ver sus distintas lealtades puestas a prueba tras haberse infiltrado en el mundo de las carreras clandestinas nocturnas de Los Angeles, O’Connor destapó su identidad y dejó huir –montado en su moto de carreras preparada– al jefe de una banda criminal. La decisión de O’Connor le permitió conservar su honor pero le hizo perder su insignia y toda posibilidad de rehabilitarse. Ahora ha pasado el tiempo, O’Connor está en otra ciudad y tiene una última opor-tunidad. A los federales de Miami les está costando mucho enchironar a Carter Verone, un em-presario que utiliza su negocio de importación y exportación como tapadera para un cartel inter-nacional de blanqueo de dinero. Aduanas lleva un año sometiendo a Verone a una estricta vigi-lancia y lo único que han podido establecer es su relación con las carreras callejeras ilegales. El tiempo se acaba y los agentes deciden llamar a O’Connor para que haga lo que sabe hacer mejor que nadie: volver a infiltrarse entre los conductores. Pero este hombre individualista poco amigo de los reglamentos pone algunas condiciones para aceptar la misión que puede permitirle recupe-rar su insignia. No le gusta nada la lista de posibles compañeros que le ofrecen para la misión e insiste en trabajar con su amigo de infancia y antiguo delincuente Roman Pearce, otro enfermo de la velocidad. El jefe de los federales que se ocupan del caso, el agente Markham, le plantea un trato a Pearce: si trabaja con O’Connor, su extenso historial delictivo quedará limpio. Para el ex-policía y el ex-delincuente su última ocasión de redimirse pasa por atrapar a Verone. Pero las lealtades de O’Connor vuelven a entrar en conflicto con la aparición de la agente de incógnito Mónica Fuentes: ella es la clave para acceder a Verone pero puede que sea también su amante.