PELÍCULA: Alemania, año cero

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Germania anno zero. Italia, 1947 (71 m.). Director: Roberto Rossellini. Intérpretes: Edmund Moeschke, Franz Kruger, Ingetraud Inze, Barbara Hintz.

Un año después de filmar dos obras maestras de la talla de Roma, ciudad abierta y Paisá, el maestro regala esta película terrible, virulenta, amarga y al tiempo bellísima, en la que otorgaba carta de naturaleza al movimiento neorrealista y reflexionaba sobre los horrores bélicos en un relato ambientado en el marco de la Europa de la posguerra. Con un final desesperado y una visión de la vida trágica y sin esperanzas, el director, una vez más, pone la mira en el sufrimiento humano y en los perdedores, derrotados por una vida que los obliga a pagar culpas ajenas. Ros-sellini combinaba una asombrosa audacia formal con una rigurosa perfección estética. Todo ello nacía de la turbadora mirada de un director innovador, comprometido moralmente con su traba-jo y con la labor de fotógrafo de su tiempo. Uno de los mayores exponentes del neorrealismo.
Inmediatamente después de la caída del Tercer Reich, la desolada ciudad de Berlín será el es-cenario en el que Edmund Koeler, un chico de sólo trece años que vive en la mayor penuria, re-corra una desoladora trayectoria que nos presenta los terribles efectos físicos y psicológicos de la II Guerra Mundial. Como muchos otros habitantes de ese silencioso cúmulo de escombros en que se ha convertido la ciudad, Edmund recorre los edificios destruidos en busca de alimentos para su familia, que vive apiñada en una única habitación de alquiler. El padre de Edmund está postrado con una grave invalidez, el hermano ha desertado durante la guerra y ahora lo buscan como ex nazi, no tiene cartilla de racionamiento y depende totalmente de Edmund. La hermana, mientras tanto, se prostituye con los soldados de las tropas aliadas a cambio de favores y rega-los. A Edmund la vida le parece cada vez más inútil y más triste, hasta que se encuentra con un antiguo maestro suyo: un hombre enigmático y cínico, que le inculca la insana teoría nazi según la cual los débiles deben sucumbir para dejar lugar a los fuertes. Inspirado en las palabras del hombre, Edmund envenena a su padre. Tras este gesto desesperado, el maestro se niega a aliviar su pena con palabras de consuelo. Destruido por el sentimiento de culpa, Edmund vaga por Berlín, entra en una iglesia, sube al campanario y, tras ver pasar la carroza fúnebre con el cuerpo de su padre, se arroja al vacío.