Angels & Demons. EE UU, 2009 (138 m.). Director: Ron Howard. Intérpretes: Tom Hanks, Ayelet Zurer, Ewan McGregor, Stellan Skarsgard, David Pasquesi, Cosimo Fusco.
Ron Howard dirige, con su habitual tono plomizo, la adaptación de la primera novela de Dan Brown, aunque al cine llegó antes la segunda aventura protagonizada por el investigador Robert Langdon (El código Da Vinci). Críticas dispares. Violento thriller ocultista que alcanza sus pro-pósitos con sangre y truenos. Más entretenida que El código Da Vinci, pero aún así es un sinsen-tido. Ahora, Tom Hanks se enfrenta a enemigos más poderosos que los Templarios, los Illumina-ti, que amenazan con terminar con la Iglesia. Apenas ofrece un par de cosas, pero ambas están bien empaquetadas e incluyen un lazo final vistoso y bien anudado. Sin pretensiones de profun-didad, la película puede disfrutarse por todo lo endiabladamente tonta que es.
A medida que el experto profesor en temas religiosos de la Universidad de Harvard, Robert Langdom (Tom Hanks) comienza a descubrir evidencias del resurgimiento de una secreta y an-tigua hermandad conocida como los Illuminati –la organización clandestina más poderosa de la Historia–, comienza a comprender también que deberá enfrentarse a la mortífera amenaza que suponen para su enemigo más ferviente: la Iglesia Católica. Al darse cuenta de que el reloj de una imparable bomba que los Illuminati han colocado en el Vaticano está en marcha, Langdom decide viajar a Roma, donde se aliará con Vittoria Vetra (Ayelet Zurer), una bella y enigmática científica italiana. Con unas pocas horas para evitar el desastre, unos misteriosos ambigramas y con un asesino que siempre les lleva la delantera, Langdon y Vetra se embarcan en una intermi-nable y arriesgada búsqueda del arma más mortífera de la humanidad (antimateria), repleta de acción a través de criptas selladas, peligrosas catacumbas, catedrales desiertas y hasta el corazón de la más secreta bóveda en la tierra. Langdon y Vetra seguirán el rastro de símbolos con más de 400 años de antigüedad que marcan al Vaticano como la única esperanza de supervivencia.