Australia, 2008 (165 m.). Director: Baz Luhrmann. Intérpretes: Nicole Kidman, Hugh Jackman, David Wenham, Bryan Brown, Jack Thompson, Brandon Walters, James Hong.
Mastodóntica producción de aventuras y melodrama. El australiano Baz Luhrmann demostró con Moulin Rouge que era un hábil creador de secuencias impactantes y que manejaba con peri-cia el arte de la apropiación de códigos. Sin embargo, aún está lejos de poder abrazar las mane-ras de cineasta clásico. Baz Luhrmann presenta aquí una aventura épica y romántica que reivin-dica la cultura de los aborígenes del país y los difíciles momentos vividos por los mestizos tras la llegada de unos colonizadores que arrasaron a la población local y crearon verdaderos dramas sociales. Australia, melodrama épico de abundante metraje, funciona sólo gracias al carisma y la calidad de sus intérpretes (en especial una arrolladora Nicole Kidman), pero palidece en su acercamiento al país, en las puertas de la II Guerra Mundial, para indagar en la construcción de un pueblo que será una mezcla de sangre británica y aborigen. Arrolladora y excesiva; comple-tamente absurda y terriblemente entretenida. No tiene un plano feo. Pero bellos escenarios y be-llas intenciones no la salvan de disolverse en blandura. Demasiado larga: a los 90 minutos la his-toria se acaba y todo el entramado se viene abajo: los actores pierden la química anterior, lo que era emocionante pasa a ser tedioso y los paisajes dejan su lugar a un despliegue de fuegos de artificio.
Lady Sarah Ashley (Nicole Kidman), una aristócrata inglesa, se ha pasado la vida persiguiendo la perfección superficial, pero un matrimonio sin amor y sin hijos le ha privado de cualquier cosa importante que no sea su cuadra de caballos. Convencida de que su marido le es infiel, la empe-cinada Sarah viaja desde Londres hasta el remoto reducto tropical de Darwin (Australia) para enfrentarse a él. Su reacio guía a través del inmenso e inmisericorde terreno del territorio septen-trional es Drover (Hugh Jackman), un ganadero tan tosco y basto como refinada es Sarah. Su profunda antipatía mutua se ve aminorada por la tragedia cuando Sarah, de repente, se halla cuidando a un encantador y joven huérfano llamado Nullah (Brandon Walters), un muchacho mestizo a la deriva en una sociedad segregada que le trata como un paria.