Asistía con cierto estupor ayer a la decisión de Simone Biles de retirarse de la competición por la presión mental a la que estaba sometida. Enseguida ha habido miles de comentarios. En mi caso prefiero respetar su decisión y mantenerme al margen. Al fin y al cabo todos estamos sometidos de una u otra forma a presiones, pero ninguno estamos dentro de ella para poder opinar con tanta ligereza por mucho que hayamos conocido la depresión y otras enfermedades mentales.
Lo que sí me vino a la cabeza fue la experiencia de Agustín Tamames y la importancia de estar en el momento adecuado y en el lugar adecuado en el deporte de alta competición. Te pasas cuatro años trabajando como un loco pero sólo cuando dan el pistoletazo de salida reaccionas de una y otra forma. Ahí es donde está el límite del éxito y del no éxito, porque utilizar la palabra fracaso para gente que dedica muchas horas a la meta, me parecería una libertad que no tenemos derecho a tomarnos los que estamos en un sofá.
Todo esto viene al hilo porque hace unos días el propio Agustín Tamames me enviaba una entrevista a Miguel Mari Lasa, uno de sus grandes rivales y amigos en las que hablaba de las enormes cualidades del de Monterrubio de la Armuña. Lo calificaba como un verdadero titán capaz de todo. Al que era imposible frenar, ni siquiera acercarte cuando entraba en ebullición.
Precisamente ambos coincidieron en los Juegos Olímpicos de México 1968. Allí, Tamames llegaba como uno de los grandes favoritos, pero de nuevo el día ‘D’ y la hora ‘H’ no coincidieron y problemas físicos le hicieron tener que retirarse tras haber pasado una mala noche.
Y es que al final el deporte de alto nivel es así. Va pasando y, o te agarras bien o no llegas a puerto, aunque en muchas ocasiones te sea imposible agarrarte.
Y es que hablamos de un Tamames del que todos recordamos la Vuelta del 75 y su título de campeón de España, pero hablamos de un ciclista con un palmarés que asusta por su elevado número de triunfos. Sin embargo, su palmarés es sólo el reflejo de una forma de ser, de un dominio en las carreteras alcanzable para muy pocos. De un joven que, tras ganar una bicicleta en una rifa de 200 pesetas fue cambiando su forma de sacar unas ‘perras’ para transformarlo en un modo de vida. Y vaya si lo hizo. Por eso, cuando contemplo la foto en la que aparece con Ocaña y Tarangu me quedo absorto. Veo tres corredores de pura raza dándolo todo. Corredores de otros tiempos, ciclismo de otros tiempos, carreteras de otros tiempos. Auténticas ‘fieras’ que se lanzaban a devorar cualquier carrera que se ponía a su alcance sin necesidad de mirar la modalidad. Daba igual si era una crono, un esprint o una montaña. Se lanzaban al abismo del éxito con todo lo que tenían. De Tarangu todavía se recuerdan sus gestas en las montañas. A Ocaña tuve la suerte de disfrutarlo de joven como comentarista de José María García y jamás olvidaré aquel acento francés y su valentía a la hora de analizar. Un tío de los que se mojaban con conocimiento, echado para adelante siempre. Comentarista de los que ya no quedan, siempre recordando también aquellos viñedos a los que le dedicaba parte de su tiempo. Su muerte me impactó muchísimo y todavía hoy sigo escuchando sus comentarios en mi cabeza años después. De su clase sobre la bicicleta, de que estuvo el día ‘D’ y a la hora ‘H’ en muchas ocasiones, pero que en otras no lo estuvo y eso le impidió tener un palmarés al nivel de los más grande, no hay ninguna duda.
A punto de cumplir 77 años, no es difícil encontrarte todos los días a Agustín Tamames, que acostumbra a salir a rodar y mantiene todavía un nivel interesante fruto de los ‘calentones’ que todavía se pega. Pero lo más importante, quizá es ver su sencillez y como te cuenta todo sin ambages, sin adornos, con la sinceridad y el conocimiento del que ha vivido y ha vivido en lo más alto.
