Cuando empecé a tener uso de razón, descubrí que había un montón de hipótesis que sólo por el hecho de no poder demostrar la verdad, tenían una enorme cabida en nuestra sociedad a través de libros, de los medios de comunicación o de la simple charla de barrio, dependiendo del calado que tuviera la teoría.
Es algo que empecé a desarrollar o a creer (no es algo exclusivo mío) a raíz del asesinato de John Fitzgerald Kennedy. A mediados de los ochenta corrió fuerte la voz de que si estaba vivo. Creo que fue a través de algún libro. Llegué a escuchar tertulias radiofónicas completas debatiendo sobre ello. Claro, como yo suelo decir, como nadie ha visto el ‘fiambre’ (discúlpenme por una expresión tan vulgar tratándose de una persona fallecida, pero es la que utilizaba) la teoría de que puede estar vivo en un rancho de Oregón es totalmente creíble para mucha gente.
Lo mismo lo he escuchado de Adolf Hitler, cuya hipótesis de ‘no muerte’ ha tenido todavía más calado en la sociedad. Numerosos documentales han tratado el tema. Que si está vivo en Argentina donde lleva una apacible vida, que si el cráneo que se suponía era de él resulta que era de otra persona, …
Pues así con todo.
Esta teoría de las hipótesis se ha ido trasladando a la realidad de lo cotidiano. En nuestra sociedad se han ido instalando unos ‘mantras’ que influyen seria y negativamente en ella a través de excusas en las que se mueven como pez en el agua numerosos energúmenos y jetas que lo único que hacen es dañar a la propia sociedad sin escrúpulos y como si no costara dinero, a costa de un estado débil que se dedica a restablecer al día siguiente los daños causados en noches de destrozos.
El pasado domingo, tras el Clásico entre Real Madrid y Barcelona, el técnico azulgrana, Koeman, a la salida en coche del Nou Camp, era increpado por varias decenas de jóvenes que se dedicaron a insultarlo gravemente, a dar patadas y golpes en su coche y a atemorizarle a él, a su esposa que le acompañaba y alguna persona más que ocupaba los asientos traseros del coche y desconozco si sería algún hijo o algún amigo personal.
Lo grave es que, por la noche asisto con estupor a una tertulia televisiva en la que la mitad de los oradores validan mi teoría de las excusas dejando entrever que el Nou Camp (el campo donde se disputó el encuentro) tiene más salidas y que debía de haber salido por otro sitio porque la cosa “estaba muy caliente”. Eso sí, “condenaban los hechos”, pero veladamente echaban la culpa a Koeman o al club o a quien fuera por salir por esa puerta. Que eso era “evitable”.
Ronald Koeman fue un futbolista que, con un gol en la final de la Champions de 1992 en Wembley, cambió la historia del club azulgrana. El año pasado dejaba el cargo de seleccionador de su país para tomar las riendas del club. Claro que a lo mejor no es el técnico adecuado, pero no se puede justificar, BAJO NINGÚN CONCEPTO, la violencia ni ese acto tan deleznable.
Tengo, la impresión de que la mayoría de la gente que había atentado contra el holandés no había nacido en 1992 y temo profundamente que este tipo de violencia callejera se esté convirtiendo en una forma de ‘matar’ el tiempo de nuestra juventud, arrastrada, en muchos casos, por grupos anarquistas perfectamente organizados y que sólo buscan debilitar al estado. Aunque lo de intentar debilitar al estado lo observo, incluso, en algunos de los partidos políticos que forman parte de la coalición que gobierna en España.
Pero no es algo nuevo. Sí es algo que parecía olvidado, pero no nuevo. Recuerdo hace unos años cuando, especialmente, en una determinada región de España, la violencia callejera era una forma de actuación de los jóvenes el fin de semana. Me contaba un amigo Guardia Civil que, donde él estaba, los fines de semana éstos jóvenes, en vez de salir a una discoteca a divertirse, se dedicaban a ir a los cuarteles a increpar y a causar destrozos.
Al fin y al cabo, parece que siempre hay alguien que paga la fiesta, así que estos señores da la impresión que pueden hacer todos los destrozos que quieran.
En los medios de comunicación apenas observo la repercusión de los actos vandálicos. No conozco programas que se dediquen a investigar las sanciones a las personas que los cometen (tal vez porque la mayoría apenas tengan repercusión a nivel penal, aunque debieran). Sí observo numerosas tertulias en las que un servidor al menos (y no puedo presumir de ser especialmente inteligente) ya sabe la postura que va a defender cada uno de los contertulios y, lo que es peor, sabe que va a asistir a una justificación de hechos injustificables. Lo que yo llamo la excusa. Que si son jóvenes a los que el estado no les da alternativa (¿subvenciones?), que si es que si la Policía no puede intervenir porque sería una actuación desmedida….
Creo que el artículo lo pueden continuar ustedes ahora que parece que las batallas campales tras los botellones del fin de semana se han normalizado. Ahora que parece que no pasa nada porque se hiera o lesione a varios efectivos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (claro, esos que no deben tener familia, ni hijos, que lo llevan en el sueldo –modo ironía por favor-). Si esta es la diversión del futuro, pues que avisen que nos podamos divertir todos.
De momento sigo siendo fiel a lo que decía Aristóteles:
“El ser humano es un ser social por naturaleza, y el insocial por naturaleza y no por azar o es mal humano o más que humano (…). La sociedad es por naturaleza anterior al individuo (…) el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada para su propia suficiencia, no es miembro de la sociedad, sino una bestia o un Dios”. Opinen ustedes.
Yo sólo les lanzo dos preguntas: ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo?
