Allí estaba María

- en Firmas

La Virgen se llamaba María. Así la pusieron sus padres. Era un nombre muy corriente, pero que tenía un gran significado: “La llena de gracia”.

María creyó y por eso fue alabada. “Ella concibió la Palabra de Dios antes en la mente que en el seno” (San Agustín): Isabel pone la fe de María como fundamento de todo lo que ha realizado y va a poder realizar.

María estuvo con todos. Estuvo con Dios. En la soledad descubrió su presencia y su omnipotencia; nada era imposible para el Dios que vivía en ella (Lc 1.36). Y como ella había dejado entrada total al Hacedor de maravillas, Dios se hace transparencia en sus entrañas y ella se hace portadora de la inmensidad de Dios, del misterio, de la salvación.

María estuvo con los otros. Quien vive en comunión con Dios, logra descubrir a los otros. Quien se rinde a Dios y se abandona en sus manos, ofrece éstas para atender las necesidades de los otros. El ver y sentir por los otros exige ponerse en camino y salir del mundo familiar para ir a la casa del necesitado. La visita de María a Isabel es un llevar el misterio de la sencillez y grandeza que llevaba en sus entrañas; ella es testigo de la transformación que el todopoderoso ha hecho en su vida, por eso alaba, engrandece y se alegra en el Dios que la ha salvado (Lc 1.46-47).

María estuvo con su hijo, en Caná y en la cruz. El Dios que llevaba en sus entrañas se hacía ahora más visible, lo podía tener en sus manos, tocarlo, acariciarlo, mostrárselo a los pobres pastores y a los magos ricos. Fue su misión de mostrar la luz a todos, de estar cerca de Él: recibirle, acompañarle, protegerle y alimentarle.

No sé qué tiene María, que al pronunciar su nombre se nos llena el corazón de alegría, de fe y de esperanza. Y creo que es, sencillamente, porque María, entre otras cosas, es Madre, la Madre de Dios y Madre nuestra.

María fue la Madre de Jesús, pero también lo fue de Juan, de los discípulos y de todos nosotros. Como madre, nunca quedó inactiva. Siempre estaba en camino. Como mujer peregrina, caminó incesantemente tras el Rostro del Señor y de los otros. Para ayudar a su prima Isabel cruzó montañas y valles. Para buscar a su Hijo, removió cielo y tierra durante tres días hasta poder encontrarlo. Ella siempre estaba atenta a las necesidades de los otros para consolar, para dar un consejo, para echar una mano.

Y ahí está María, caminando con nosotros, en los días buenos, pero, sobre todo, en los días malos. No estamos solos. La Madre goza y sufre con nosotros, vela y alienta nuestros proyectos y con su presencia nos empuja a mirar siempre adelante, a no dejarnos arrastrar por la corriente, a mantenernos siempre en forma. En los momentos difíciles ella es fuerza, consuelo, paz, gozo, alegría y esperanza.

María como madre, nos enseña a caminar, a contar en primer lugar con Dios, para quien “todo es posible”, a levantar los ojos y mirar a la fuente de la vida y la esperanza. Con Jesús y María caminamos hacia la casa del Padre, unidos a los demás hermanos, construyendo un Reino de justicia, de amor y de paz.

Y María sigue estando con nosotros, bajo las distintas advocaciones. En estos días hemos celebrado la Virgen del Carmen, una de las devociones más populares.

 

Autor

Nacido en Blascomillán (Ávila). Carmelita Descalzo y Sacerdote. Licenciado en Espiritualidad. Estudió la carrera de música (piano y canto) en el Conservatorio de Madrid. Conocido internacionalmente por sus escritos, autor de muchos CDs y libros; colabora, además, en revistas y diversos medios de comunicación.