Carmen

- en Firmas

Carmen se levantó esa mañana, como cada mañana, bien temprano. La máquina que limpiaba las calles sonaba con su ruido repetitivo que se te metía en la cabeza y que no te dejaba volver a conciliar el sueño. Ella se había acostumbrado, con el paso de los años, a ese sonido que indicaba que la ciudad comenzaba a despertarse lentamente. Mucho más lentamente que ella.

Estaba en la cocina, agarrada a la encimera para mantener el equilibrio. Le costaba arrancar por las mañanas.

Esperaba a que el pitido del hervidor de agua le indicara que ya podía poner el agua caliente en la tetera para tomarse el té inglés de cada mañana. Ése que le enviaban desde una tetería de un pequeño pueblo gallego. Una pieza de fruta la esperaba en la mesa y las tostadas saltaron en la tostadora en el preciso instante en que ella ponía la tapa a la tetera de hierro.

Había encendido el móvil para ponerse algo de música mientras desayunaba acompañada por el libro que comentarían la semana siguiente en el club de lectura de la biblioteca del barrio. Le quedaban pocas páginas y quería terminarlo esa misma mañana, antes de salir a su paseo diario previo a su clase de natación.

Ese día podría seguir su ritmo normal, sin la presión de preparar la comida para dos, pues su hijo pequeño había tenido la deferencia de avisarla la noche anterior que finalmente no iría a comer, pues le había surgido una reunión a primera hora de la tarde.

Cualquier excusa era buena para no pasar a visitar a su madre.

Siguió con su rutina, sin pararse a pensar mucho en cuánto tiempo hacía que no veía a sus hijos. Uno porque vivía fuera de la ciudad y el otro porque estaba demasiado ocupado con sus congresos, su consulta privada y las clases en la universidad.

Ayer, tomando un café con sus amigas, todas ellas algo más jóvenes, había salido la conversación sobre la campaña “apadrina un mayor”. Al llegar a casa, se sentó delante de su ordenador portátil y se puso a investigar acompañada de una taza de rooibos para no tentar al insomnio.

No le pareció una idea tan descabellada compartir casa con una joven. Ella prefería a una chica. Tenía habitaciones vacías.

La casa, a veces, se le caía encima. Más que sacarle una rentabilidad económica al espacio, era más bien que en la casa volviera a haber ruido, conversaciones y que no se escucharan sólo sus propios pensamientos.

Pilar venía una vez a la semana a hacer la limpieza de la casa y no era muy habladora. Al contrario, las palabras salían de su boca a cuentagotas. Ese día, Carmen no tenía ninguna actividad por la mañana fuera de casa. Prefería quedarse allí, en el salón, leyendo o haciendo ganchillo mientras la música salía del tocadiscos que le regalaron sus hijos hace ya bastantes años, después de llevar tiempo quejándose de que no podía escuchar sus vinilos.

Mientras abría el libro por donde le marcaba el marcapáginas, decidió que llamaría a esa asociación para informarse de primera mano sobre la campaña que le habían dicho sus amigas.

Recomendación musical: “Soledad” de Valeria Castro