El Faro de Alejandría: El otoño con sus ocres y dorados invita a la introspección y a la espera de un nuevo renacer

- en Firmas

Estamos retomando por fin “El Faro de Alejandría” después de unos meses en los que me he concentrado en el tramo final de un libro que me ha absorbido todo el tiempo. Y no podía ser mejor ocasión, que referirnos a las estaciones del año, muy en particular al otoño, que tiene una gran significancia en nuestras vidas.

Entonces…me pregunté: ¿cómo podemos hacer para que mis seguidores de “El Faro” se adentren conmigo en una reflexión de estos pocos minutos que les demandará la lectura? Y encontré la respuesta desde la poesía…porque sin duda, de todas las formas de expresión literaria, es la poesía la que desprende más pasión…más vida, aunque de ella con frecuencia partan versos desgarradores. Pero siempre tiene la ventaja de hablar desde el corazón, lo que significa esgrimir la verdad.

De ahí que he elegido para hoy dos poetas destacados, cada uno un excelente representante del tiempo que le toco vivir.

Arrancaré con Mario Benedetti (Uruguay, 1920 – 2009) que es una de las voces más populares y respetadas de la literatura latinoamericana. Destaca por su narrativa y su poesía, ilustrándonos con lo que significa la llegada de la estación de la caída de las hojas, solo en doce líneas.

Para analizarla y disfrutar las imágenes que nos provoca junto a mis seguidores/as, he tomado las primeras cuatro líneas, que en principio nos invitan a reflexionar sobre el paso del tiempo y la importancia de vivir plenamente el presente. ¿Le damos realmente importancia al presente…al hoy…, o estamos más pendientes del pasado y haciendo planes de futuro?

“Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran”

El otoño es a menudo una metáfora de una etapa de la vida en la que aún hay vitalidad, madurez, belleza y oportunidades, pero ya se percibe la cercanía del final o de tiempos más difíciles. No por ello deja de ser una época de colores intensos y de cosechas, pero también de la caída de las hojas. Simultáneamente a estados diferentes como la soledad, o que sea una etapa que nos anticipa cierta escasez y frialdad de la estación que se nos viene encima (el invierno), Benedetti nos está advirtiendo que hay que reaccionar antes que llegue la estación de las nieves.

Cuando dice “antes de que el invierno nos escombre” significa limpiar los escombros, en referencia los desechos después de una demolición o destrucción. Aquí, sugiere que el invierno (el final de la vida o una etapa difícil) nos dejará vacíos y también despojos, como si hubiéramos sido «barridos» o eliminados, sin nada que quede de lo que fuimos o pudimos ser.

Benedetti nos urge a aprovechar el tiempo que aún tenemos, la etapa productiva y vital (el otoño), antes de que llegue una época de decadencia o final que nos despoje de todo y no nos permita hacer nada más. Es un llamado a la acción y a la consciencia del tiempo limitado.

Cuando dice que «entremos a codazos en la franja del sol», está simbolizando la felicidad, la alegría, el bienestar, la vitalidad, los momentos buenos. Es un espacio deseado y cálido en contraste con la frialdad del invierno inminente. Y su énfasis de “entremos a codazos” es para recordarnos que debemos ser activos, seguir luchando, y tener la firme determinación para alcanzar ese espacio de luz y calor.

No es algo que venga fácilmente o por sí solo; hay que buscarlo, incluso si eso implica competir o esforzarse con energía. Sugiere que los momentos buenos hay que «ganárselos» en medio de las dificultades.

Finalmente, cuando nos dice que “y admiremos a los pájaros que emigran», su figura poética es clarísima, ya que las aves son un símbolo de resiliencia, de cambio, de búsqueda de mejores condiciones, de adaptación, de libertad. Dejan atrás lo que conocen para buscar un lugar más propicio para vivir.

La migración anual de las aves según el hemisferio en el que viven, es una analogía perfecta con nuestro ADN nómade que poseemos que nos hace también migrar…buscar cambios en la vida…tratar de mejorar…y el otoño puede ser una fuente valiosísima para ello. E insiste en que admiremos a las aves, no solo observarlas, porque en su acción, la forma en la que actúan (especialmente migrando), es digno de respeto y contemplación.

Ellas nos invitan a reflexionar sobre su instinto de supervivencia y su capacidad de movimiento. Lo más parecido a nuestra resiliencia humana. Nuestra permanente adaptación al cambio. Y en esa búsqueda de lo mejor, buscar ese espacio soleado, dónde calienta el sol…dónde han mejorado las condiciones para vivir.

Es que va más allá la fuerza de su poesía, porque nos invita a mirar a quienes tienen la capacidad de irse, de buscar nuevos horizontes, tal vez como un anhelo de nuestra propia libertad. Porque cuando las aves parten nos recuerdan que también hay cosas que se van de nuestra vida o que nosotros mismos tendremos que dejar atrás.

Para las otras ocho líneas ya mis lectores han entrado en ritmo y las comprenderán perfectamente:

“ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda”

 “aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha”.

 De tanto hablar de las olas de calor que nos martirizaron este verano, muy especialmente trágica ha sido su contribución a los incendios descontrolados que tanto daño han provocado, pero gracias a Dios nos estamos adentrando poco a poco en el otoño. No solo la primavera es el típico renacer, sino que también lo es la estación previa al invierno.

Porque la estación otoñal también es tiempo de reflexión por un verano que acabó, del inicio de un nuevo curso lectivo (que es el que hace arrancar al resto de actividades de un país en el hemisferio norte), y ponemos ilusión en un nuevo comienzo a pesar de las dificultades por las que estamos atravesando, como personas, o como familias, o como países…porque son tiempos difíciles que no eximen a nadie de la complejidad de la vida actual.

Pero desde “El Faro de Alejandría” siempre nos hemos preocupado por el bienestar personal…y he insistido a mis queridos lectores/as en que lo que nos mantiene en pie (a todo el mundo) es nuestra esperanza en un mañana mejor. Pero para que así sea, hay que ayudar a ese mañana, ya que no viene solo porque cambiemos de estación, sino que requiere de nuestra aportación y esfuerzo. Superarnos cada día e ir a mejor. Querer ser mejores personas, mejores vecinos, mejores…en todo.

El inmortal Juan Ramón Jiménez que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1956 por el conjunto de su obra poética, justamente fue la Academia Sueca la que destacó «su elevada voz lírica» y «su obra puramente lírica y de gran cultura». La obra más famosa de Jiménez, “Platero y yo”, fue destacada como una de sus creaciones más célebres.

Respecto del otoño, Juan Ramón Jiménez hace una descripción increíble:

“Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento”.

El poeta personifica a octubre como si fuera un ser que esparce o distribuye las hojas y que el «blando movimiento del sur» es en clara referencia al viento que suavemente sopla desde el sur en esta estación del año.

Pero que cuando dice que con “la caída de las hojas se lleva al infinito el pensamiento”, como suele decirse, es la profundidad del genio de Jiménez, su parte más poética y profunda que describe el acto de las hojas desprendiéndose de los árboles de manera nítida y visible. Aunque la clave está en «se lleva al infinito el pensamiento”, porque asocia la observación de la caída de las hojas con un estado de introspección y reflexión profunda.

Es un momento entre el pasado verano y el venidero invierno que nos llama a pensar en lo que estamos haciendo y especialmente…en lo que vamos a hacer en los próximos meses.

La belleza y la transitoriedad de este fenómeno natural invitan a la mente a divagar, a trascender lo inmediato y a conectarse con ideas más vastas, quizás sobre la vida, la muerte, el paso del tiempo o la inmensidad del universo (el «infinito»). Es como si la vista de las hojas cayendo abriera una puerta a la meditación.

Continúa Jiménez diciendo:

“Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!”

El poeta expresa una paz que no es pasiva, sino «noble», es decir, digna, elevada y serena. Él la interpreta como que esta paz surge de un «alejamiento de todo», lo que sugiere una renuncia consciente a las preocupaciones mundanas, a las distracciones y al bullicio de la vida.

Es una búsqueda de introspección y soledad que resulta en una tranquilidad superior.

Al introducir la imagen de «oh prado bello que deshojas tus flores;» apela a la naturaleza que está en un proceso de cambio y, en cierta medida, de decadencia o fin. ¿Quizás al deshojar sus flores nos indica el final del ciclo de floración, que significa la belleza efímera y el paso del tiempo?

Cuando afirma que «oh agua fría ya, que mojas con tu cristal estremecido el viento» es el agua fría la que refuerza la sensación de frescura, claridad y purificación. Y cuando el agua se convierte en «cristal estremecido», recurre a una metáfora que puede referirse a la superficie del agua que se agita ligeramente por el viento, reflejando y distorsionando la luz como un cristal.

El gran Nobel de Literatura español sugiere en sus versos una meditación sobre la paz interior, que sin duda él la ve…y la transmite a todos…que ella se encuentra –entre otras cosas- en la contemplación de la naturaleza y en la aceptación de sus ciclos. Los ciclos de la naturaleza son inevitables, como lo son los ciclos vitales de nuestra existencia, que también se extinguen.

En cuanto a su referencia al “alejamiento” no es que la considera una huida, sino una inmersión en la serenidad que emana de la observación de la vida y la muerte (las flores que se deshojan), y de la interacción sutil de los elementos (el agua y el viento).

Queridos lectores/as de “El Faro”:

Tanto Benedetti como Jiménez han sido imágenes poéticas potentísimas, pero especialmente lo que destaca de ellos es su capacidad de transformar dichas imágenes estéticas únicas, en poderosísimas fuerzas de reflexión y pensamiento.

No he visto a lo largo del tiempo, mejores descripciones sobre las estaciones del año, que los grandes poetas que se han referido a ellas, de las más variadas formas.

Hoy he elegido solo a dos, pero es obvio que hay muchísimos más…que seguramente en algún momento volveremos a reflexionar, no solo para estaciones del año, sino para cuántas otras cosas nos preocupan de nuestro bienestar y de mejora de nuestra calidad de vida.

Sin duda, una buena lectura que te haga desconectar de todo por unos minutos, que te eche luz dónde quizás no se te hubiera ocurrido indagar, es también parte de nuestro esfuerzo en hacer que hagamos uso de ese pensamiento (que no eslogan) que he impuesto desde “El Faro de Alejandría” de que “hoy me siento bien”.