El verano

- en Firmas

Como decía el Dúo Dinámico: “el final, del verano, llegó, y tú partirás (…)”.

Esa frase de la canción hace referencia a esos veranos de juventud en los que pasabas más tiempo en la calle que en casa. Ya fuese en el barrio, con el grupo de amistades de siempre, o en el pueblo, con la cuadrilla de cada verano.

Vacaciones diferentes a las actuales. Ni mejores ni peores. Simplemente diferentes.

Al recordar la canción, también echas la vista atrás y añoras esas noches de juegos (escondite, pilla-pilla) o las excursiones al río con la familia. El pueblo y sus bicicletas. Verano azul. Esos caminos de cabras por donde desaparecías hasta la hora de cenar. Esos viajes en familia, si había dinero, para descubrir el mar y sus beneficios; aunque a ti sólo te interesara no ser engullida por una ola tras otra y hacer castillos de arena toda la mañana. Y la tarde también.

Al ir cumpliendo años, te sigue interesando lo mismo: disfrutar al máximo de la época estival. Aprovechar la luz del día más horas, quedar con las amistades a la fresca, cuando empieza a caer el sol y el calor nos da una tregua.

Sigues queriendo viajar al pueblo para encontrarte con la cuadrilla de cada verano y disfrutar de las fiestas patronales cada año de forma diferente.

Pero también te apetece descubrir otros lugares con tu nuevo amor, con el grupo de amistades nuevo y/o con el grupo de siempre.

Llegas a la edad adulta y, aunque el verano se divida entre el trabajo y el descanso, sigue siendo una época especial. Es como si el tiempo se detuviera o se alargara. Te da igual acostarte tarde, aunque tengas que madrugar. Es verano y el cuerpo y en el trabajo lo saben.

Conversaciones hasta la madrugada a la orilla del río, caminatas nocturnas en soledad o en compañía, montaña de libros por leer que has ido dejando para este momento, operación bikini que se camufla entre las patatas que te comes al lado de la piscina, dejando en el fondo de la bolsa el tupper con la fruta que te prometiste comer. Programación de viajes inolvidables por la península con la pareja; excursiones a sitios escondidos los fines de semana con la cuadrilla. Sin olvidar la cita ineludible anual con las fiestas del pueblo.

Miles de actividades por hacer, miles de planes en la cabeza y sólo dos meses para ejecutar.

Hay que aprovechar la luz del Sol y el buen tiempo, que luego entra el invierno con el frío y quedan pocas ganas de hacer cosas.

El final del verano llegó cuando ya todo el mundo ansía volver a la rutina. Propósitos de inicio de curso que se parecen a los propósitos que hacemos tras la llegada de los Reyes Magos.

Despedida de la cuadrilla agendando una quedada en el otoño, sin poner excusas, en un sitio intermedio. Promesas de seguir en contacto que ahora es más fácil gracias a la mensajería instantánea.

Ya lo de escribir cartas quedó atrás y los dedos se dedican a teclear en lugar de acoger un bolígrafo, rotulador o lapicero para escribir unas líneas que enviar por correo postal.

Un verano con menos restricciones que los dos años pasados llega a su fin. Seguro que se han quedado cosas en el tintero por hacer y por decir. Besos y caricias por dar, miradas que descubrir, frases que escuchar, abrazos que dar y conversaciones que quedaron en la mente o atascadas en la garganta por vergüenza, timidez o por no parecer demasiado lanzada, ansiosa o desesperada. El próximo verano quizás, o no, nunca se sabe.

El verano está a punto de poner el punto y final y añoramos todo lo que no hemos hecho, aunque nos quejamos del calor, de la humedad, de lo poco que ha llovido, de lo caliente que estaba el Mediterráneo o de la poca agua que bajaba por el río del pueblo.

Atrás quedaron las quejas por el frío, el viento y la nieve, por las capas de ropa que teníamos que llevar o por el picor de la lana buena que nos protegía del frío que llegó sin enterarnos.

El final del verano llegó y ya estamos pensando en el verano del próximo año.

Recomendación literaria: Un verano en vaqueros de Ann Brashares

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