Estrella y Gael

- en Firmas

Estrella corre por la calle de una ciudad tremendamente iluminada.

Llega tarde. Otro día más. Llega tarde. Muy tarde.

Sortea a aquellas personas que caminan, a su entender, demasiado despacio, más lentamente que una tortuga sin prisa.

Atraviesa la puerta del colegio y allí la está esperando, sentando en un escalón, con la cara triste y con un tupper vacío entre las manos.

  • Se me cayó la manzana que dejé del recreo – le anuncia a punto de llorar.
  • No pasa nada, cariño – le abraza – Ahora compramos algo para merendar – le coge la pequeña mochila – O, mejor aún, nos vamos a tomar un chocolate.
  • Prefiero ir a casa, mamá – le contesta con cara triste.
  • Vale – se levantan los dos – Pero antes tengo que recoger un encargo.

Estrella saluda a la monitora que le entrega una nota y salen a la calle cogidos de la mano.

Conduce a su hijo sin prisa, hablándole constantemente, preguntándole cómo le ha ido el día. Pero el niño está demasiado triste como para entablar una larga conversación.

Llegan a la puerta de un establecimiento que está adornado con palos de caramelo, estrellas y cualquier objeto navideño combinando el rojo, el verde y el blanco.

Estrella invita a Gael a sentarse en una silla mientras esperan a ser atendidas.

El niño cierra los ojos e inspira profundamente el olor a galletas recién horneadas.

Estrella le mira embelesada. La tiene profundamente enamorada desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron hace más de tres años.

  • Ahora mismo salgo – dice una voz detrás de una cortina.

Estrella aprovecha para atarse el cordón de la bota que le advierte, desde hace un rato, que puede acabar hincando la rodilla en el suelo.

  • ¿En qué puedo ayudarte? – pregunta la misma voz de antes.
  • Mi mamá se está atando el cordón, ahí abajo – señala Gael – Está agachada.
  • ¡Uy! Yo a ti te conozco – dice la voz.
  • Hola, perdona – le dice Estrella levantándose rápidamente.
  • Yo os he visto en algún lugar hoy – insiste la voz de la pastelera.
  • ¡Sí! – responde Gael sonriendo – ¡Somos vecinos!

Estrella va mirando a cada uno de los interlocutores, siendo testigo del cambio de expresión de su hijo. Hay algo que se ha perdido y no sabe qué es.

  • Soy Alma – se presenta.
  • Yo soy Gael – responde el niño levantándose de la silla- Y la que se estaba atando los cordones es mi mamá, Estrella.
  • Encantada – responde sonriendo a la vez que empieza otra nueva canción navideña – ¿En qué puedo ayudaros?
  • Eh, sí, perdona, me he despistado – Estrella está totalmente desorientada – ¿Cuándo nos hemos visto?
  • Esta mañana hemos salido las tres a la vez, casi, de casa. Nos hemos cruzado en el pasillo.
  • Menudo despiste que me tengo – Estrella niega con la cabeza – No soy consciente, perdona.
  • No pasa nada, mujer – Alma le guiña un ojo a Gael, quien dibuja una enorme sonrisa – Dime. ¿Venías a buscar algo?
  • Ehm, sí, espera que recuerde – rebusca en el bolso – Había encargado…
  • No te apures – Alma se acerca a un enorme cuaderno – ¿A nombre de quién está el encargo?
  • Sí, claro, por supuesto. Estrella Benítez Osorio.

Alma busca en una página concreta, deslizando el dedo por una larga lista de nombres.

  • Aquí está. Un hojaldre de crema con frutas de 16 raciones – cierra el cuaderno – Esperad aquí que voy a buscarlo.

Atraviesa la cortina y Estrella y Gael se quedan a solas a ese lado del mostrador. Gael le da la mano a su madre, quien le mira con ternura. Logra tranquilizarla sin saberlo ni quererlo.

Alma se incorpora a la escena con una caja que abre para enseñarles el contenido. Tras recibir la aprobación de la clienta, coloca la caja dentro de una bolsa de papel. Le guiña, de nuevo, un ojo a Gael y le entrega una pequeña bolsa con galletitas de mantequilla.

  • Regalo especial por Navidad para los niños simpáticos – le informa.
  • ¿Y para las niñas? – pregunta Gael todo serio.
  • También. Otra bolsa igual. Pero, es que aquí, ahora mismo, sólo veo a un niño – le contesta mirando a todos lados.

Estrella paga el pastel y sale de la pastelería con un niño pegado a su pierna contento con esa bolsa de galletas. La tristeza por la manzana que había guardado se esfumó.

Alma les mira alejarse y siente una punzada en su corazón. A pesar de todo, sonríe.

Hoy, su pequeña, hubiera cumplido 5 años.

Con una sacudida de cabeza se quita esos pensamientos tristes de la cabeza. Aún tiene trabajo que hacer en el obrador antes de regresar a casa.

 

Alma

Alma llega tarde a casa esa noche, pues quería dejar todos los encargos preparados para la mañana siguiente.

Come un sándwich sin ganas. Comparte la foto de la última tarta entregada aquella tarde y se pone el pijama.

Al cabo de un rato, no mucho, se despierta en el sofá porque ha dejado caer el libro al suelo. Decide que es el momento de irse a la cama a descansar.

Al día siguiente tendrá una mañana bastante atareada. Después, tendrá un día y medio de descanso. O al menos eso espera.

Su madre ha insistido, en varias ocasiones, en que viaje a Roma a pasar estos con ellos. Su padre hasta le ha chantajeado con cocinar su plato preferido, ese que añora tanto. Pero ella ha declinado el ofrecimiento, pues tiene mucho trabajo y no se puede permitir cerrar la pastelería tanto tiempo. Aunque, la realidad, es que no le apetece regresar a “casa”.

Tiene una extraña sensación. La añoranza y la nostalgia se están apoderando de ella por momentos. Siente que, si vuelve a casa de sus padres, todo lo que ha ido vaciando de su mochila durante estos meses, volverá a introducirse en ella y se quedará paralizada.

Volver a casa significa encontrarse por Piero, volver a mirarse a los ojos y recordar todo el dolor que se ha ido desvaneciendo desde que llegó a esta nueva ciudad. Tal vez no se ha ido del todo, puede que no se vaya nunca, pero ha aprendido a manejarlo, a sobrellevarlo.

Volver a casa significa recorrer las calles que recorría antes con su hija, volver a oler esa ciudad que tanto le recuerda a ella, volver a pisar los parques, las librerías y todos los lugares que visitaron los tres.

Tan sólo de pensarlo, empieza a notar las grietas que se abren en su corazón y que la atan a la cama. No quiere volver a eso. Ahora no. Quiere seguir adelante, cumplir sus sueños por ella misma y por su niña.

De pronto, siente un llanto y unos pasos apresurados que recorren un pasillo. Gracias al conticinio, escucha unos susurros amortiguados de quien supone que es la madre que corre en auxilio de su pequeño.

Un calor reconfortante la inunda mientras se levanta del sofá y se dirige a su habitación para tratar de descansar.

 

Recomendación musical: “Nunca estarás sola” de Maldita Nerea