Gaviotas

- en Firmas

El graznido de las gaviotas hace que salga de mi fase REM y que, sin abrir los ojos aún, tome consciencia de que estoy despierta.
Me doy la vuelta en la cama como si fuera una croqueta, de las que hacía mi abuela, pasando por el pan rallado. Me tapo bien con la manta y me hago la dormida no sé muy bien para quién, si estoy sola.
De nuevo, escucho, gracias al silencio que me rodea, el graznido de las gaviotas.
No me gustan las gaviotas. Pienso.
Pero su graznido me hace estar en paz.
Su sonido lo identifico con la playa y el mar. Y eso me reporta tranquilidad.
Me vuelvo a dar la vuelta en la cama, sabiendo que no me voy a dormir de nuevo.
No tengo tan nublada la mente para ello.
Remoloneo.
Vuelvo a escuchar esos graznidos que me recuerdan que cerca tengo el mar.
Silencio en toda la casa.
Lentamente abro los ojos y me estiro.
Miro el techo que me devuelve su paisaje anodino.
Salgo de la cama y abro las ventanas.
La calle está vacía y el edificio de enfrente me devuelve su mirada lánguida desde sus ventanas a medio de abrir.
Graznan las gaviotas indicándome el camino hacia la playa.
El libro que estuve leyendo por la noche se encuentra en el suelo.
No soy consciente de haber apagado la luz.
Me recuerda a mi adolescencia cuando mi padre entraba en mi habitación, a hurtadillas, para apagar la luz cuando yo me había quedado dormida leyendo.
Me sobresalto porque una gaviota se ha posado en el alféizar de la ventana, despistada, y me mira interrogativa.
Decido que es el momento de ponerse en marcha.

Recomendación audivisual: “Matria” de Álvaro Gago