Historias invisibles

- en Firmas

Karilena llegó a España con una ilusión y un nuevo proyecto de vida, pero con mucho miedo.

Susana y Dolores la descubrieron desorientada a la puerta de una cafetería. Ella les preguntó dónde estaba una calle y, ante el inicio de la lluvia, acabaron dentro de la cafetería compartiendo algo caliente y relatos de sus propias vidas.

En la otra punta del país, Catalina y Doreen esperan a Rocío sentadas en un banco del parque y hablando sin parar sobre los últimos cotilleos sucedidos en el trabajo. Como siempre, llega tarde, pero no se lo tienen en cuenta porque eso les permite ponerse al día.

Pilar azuza a Zunilda que está ayudando a Josefina a preparar el último pedido que ha recibido y que se le atasca porque no es capaz de meter todo en la caja y que quede bien precintado. Rosalía acude en su ayuda y trata de tranquilizar a Mercedes que mira el reloj impaciente sin decir nada.

Jaqueline y Eva acaban de aparcar el coche y las llaman desde la calle para apremiarlas, pues quieren coger buenos sitios y no perderse detalle. Zahra llega apurada con una bandeja de dulces que casi abulta más que ella y se mete en uno de los coches, saludando con la mano a quien conduce el coche que sigue haciendo sonar su claxon.

El barco en el que viaja Joana llega a puerto en la hora estipulada. Busca con la mirada a Cristina que alza por encima de las cabezas del resto de la gente un cartel con su nombre. Alejandra se ríe ante la ocurrencia de su compañera y se muerde las uñas en un gesto nervioso.

Desde las islas que están próximas al continente africano, María del Carmen y Diana aterrizan en suelo firme después de un vuelo con bastantes turbulencias, recogen el coche alquilado y van en busca de Ramy a la estación de tren, donde no las toca esperar, pues ella ya está allí con su enorme sonrisa. Después, sin dejar de conversar, se dirigen a casa de Marisa y Marta que las esperan con un buen cocido.

Mientras tanto, en otro lugar del mapa, María llama con insistencia a Ilham para contarle que ha quedado al día siguiente con Verónica en la plaza del barrio para ultimar los preparativos del viaje que las llevará a un lugar lejano.

Yolanda y Mercedes se llaman por teléfono, nerviosas, para comprobar, de nuevo, el plan trazado para el viaje que las llevará a conocer a las mujeres con las que llevan hablando varios días.

Eugenia las llama para decirles que también se unen al plan Eva y Marta, quienes llegarán al día siguiente a su casa. Después, las tres, pasarán a recoger a Miriam, aunque harán noche en su casa antes de continuar con el viaje.

Andrea, bastante excitada, habla por videollamada con Josefa y Maritza, quienes tratan de tranquilizarla entre risas y bromas, prometiéndole que le llevarán un buen queso que regarán con un vino de la ribera del Duero.

Mientras tanto, Ainhoa y Ginesa preparan la acogida de las dos mujeres que se han apuntado en el último minuto. Una es María Pilar. De la otra desconocen su nombre, pero la esperan con ansia para darle un fuerte abrazo.

Al inicio de la semana están todas juntas después de sus respectivos viajes. Se saludan con abrazos afectuosos y besos sonoros. Dejan sus pertenencias y se reúnen en la azotea. Desde allí, con la distancia que las separa de sus seres queridos, miran hacia abajo y, juntas, dándose la mano, con el corazón en un puño, empiezan a recitar, entre susurros, el deseo que nace de sus corazones: que mi ausencia no caiga en el olvido y que sirva para concienciar y seguir luchando hasta acabar con esta violencia que deja huérfanas a tantas personas y les hace menos humanos.

Sin decirse nada, todas se miran, aprietan más fuerte las manos de sus compañeras, miran hacia atrás y descubren, a sus espaldas, a otras mujeres que permanecen unidas, abrazándose y deseando lo mismo que ellas.

De pronto, de sus gargantas sale un grito desgarrador que inunda las calles de este 25N y hace tambalear los cimientos de los estamentos y edificios patriarcales y que hace temblar a aquellos que siguen pensando en el sexo débil como algo negativo y que tienen que dominar.

Su grito, desde la distancia, se mezcla con las voces incansables de miles de mujeres que no las olvidan y que trabajan por erradicar esa violencia que se ceba con las mujeres sin piedad.

Por ellas. Por nosotras. Por las que vendrán.