Una niña salta contenta alrededor de su madre, quien, diligentemente, mete ropa en una bolsa rosa de los Osos Amorosos.
La niña acude al baño, nerviosa, para coger su cepillo de dientes.
La aventura comenzará en unos minutos. Se va de “vacaciones” lejos de papá y mamá, con la abuela y el abuelo.
Ha cenado deprisa y, casi con el bocado aún, remoloneando dentro de su boca, se calza las sandalias y espera, impaciente, al lado de la puerta.
Su padre y su madre parecen ralentizados y a ella le puede la impaciencia.
Su padre canda la puerta y salen a la calle, donde la luz de la Luna acompaña a las farolas en el paseo que inician.
Por el camino, serpenteando callejuelas conocidas, la niña salta y tararea canciones, mientras su madre y su padre la siguen tranquilamente. Se sabe el camino a la perfección.
En cuanto atraviesan el puente sobre el arroyo de El Zurguén, lleno de maleza y altas plantas que nunca limpian, una línea recta queda por recorrer hasta llegar a su destino.
Unos quince minutos de caminata a buen ritmo en una noche calurosa de verano es lo que la separa de otra forma de felicidad.
La abuela abre la puerta con su eterna sonrisa. El abuelo descansa en el comedor, sentado en su mecedora con la venta abierta para que entre “algo de fresco”.
Ella corre a saludar al abuelo y casi echa a su padre y a su madre que charlan animadamente.
Ocupa la habitación que en otro tiempo era de su madre y cientos de aventuras se le pasan por la mente.
Siempre una comida riquísima en el plato; bajar a jugar a la cochera; secuestrar los libros que fueron de sus tíos y de su madre para montar su propia librería en la terraza, mientras todo el mundo se echa la siesta; saltar el murete para visitar a la vecina que le da un enorme abrazo; regar las plantas; salir a pasear por la noche; desplazar al abuelo de su cama porque no es tan valiente como se pensaba; bajar al super a comprar y llevarse un “huesito” de regalo.
Y vuelta a empezar.
Devorar esos libros de páginas amarillas con una firma reconocible en la primera página.
Sacar los cuadernos a hurtadillas para saber qué había estudiado su madre o alguno de sus tíos, para volver a colocarlo en la estantería a su manera.
Asomarse a la terraza y ver una pequeña corrida de toros o una capea, como algo natural, pero que con el paso de los años dejaría de verlo como tal.
Y, así, pasaba el verano: disfrutando de la mejor compañía, siendo feliz en las pequeñas cosas.