LAS COSITAS DE JES MARTIN´S: Los garbanzos gordos y Sabina

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Las Cositas de Jes Martins

Resulta que el otro día, haciendo coincidir el tercer viernes de cuaresma, me llama mi suegra para invitarnos a su casa para degustar un estupendo potaje de vigilia. Hasta ahí todo genial pasando por alto que mi estómago es un mal recibidor de garbanzos gordos que son precisamente con estos con los que adereza mi suegra su maravilloso potaje. Una vez allí comienzo la feliz ingesta de los mismos con un buen saber hacer y un desparpajo propios de un soltero independiente que come gracias a que va, día sí y día también, a casa de su mamá para que le surta de grandes bolsas repletas de tapers llenos de sabrosa comida.

La digestión fue de escándalo con su siestita incluida propia de un espléndido y tranquilo viernes. Poco a poco se vino encima la tarde y mi estómago comenzó a centrifugar de manera bien poderosa y sonora. Lo sabía. Sabía que no tenía que haber aceptado tal proposición indecente de un viernes propio de cuaresma. Pasaban las horas y los gases se me caían como quien no quiere herir los sentimientos de un buen amigo de la mili, e iban dejando su particular rastro olfativo.

De repente el ambiente se enrareció y dio paso a un silencio desmesurado propio de una película de suspense con la banda sonora muy minimalista casi imperceptible al oído humano. Solo faltaba que se cruzaran por el salón de mi suegra los matojos de los westerns de Robert Mitchum y Clint Eastwood que todos tenemos en nuestra memoria. Si,  era el momento de regresar a mis aposentos y descargar sin temor alguno todos los efectos y los daños producidos por tan espectacular y maravillosa ingesta.

Nos despedimos seriamente, como si no pasara nada pero sabiendo que algo raro se mascaba en el ambiente. Subjetiva y objetivamente hablando.

Al regresar a casa dejé caer un gas previo a la apertura del ascensor, más otros tantos que cayeron en el coche, sin darme cuenta que la prenda de abrigo que llevaba era una tres cuartas que propiciaba el manteniendo en el interior del susodicho gas. Me di cuenta al salir del mismo ascensor y ver la cara de espanto de una vecina que bajaba la basura. Su gesto fue delatador tras coincidir al abrirse la puerta y cruzarnos sin miramientos.

La noche fue movidita pero de esto saqué una bonita reflexión: Si te dan las diez y las once. Las doce y la una. Las dos y las tres. Es debido a unos maravillosos garbanzos gordos de tu suegra y no a lo que dejaba intuir el gran maestro Sabina en una de sus canciones.

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