LAS COSITAS DE JES MARTIN’S: Las romerías y Alaska

- en Firmas
Jes Martins en romeria

Pues resulta que un día como otro cualquiera me encuentro sumergido en una conversación normal entre vecinos tratando el tema de la salud y lo bueno que es para el cuerpo el andar largas distancias. A uno de ellos le faltó tiempo para proponer el realizar una caminata hasta el pueblo de Las Veguillas donde acostumbran a peregrinar muchos devotos del Cristo de Cabrera llegada su festividad y claro me faltó tiempo para apuntarme a dicha aventura. Hasta ahí todo correcto.

El mismo día de la caminata decidimos por consenso popular llevar un coche hasta el pueblo anteriormente citado por eso de que a la vuelta vendríamos más relajados. La vida dio.

Comenzamos la caminata a eso de las diez de la noche con la intención de llegar a destino a eso de las cinco de la mañana. Si se daba bien la cosa podríamos hasta descansar en la camita una vez desarrollado dicho paseíto. Todo pintaba maravilloso.

Nada más comenzar observamos a lo lejos unos señores de avanzada edad que iban en la misma dirección y decidimos ir a su ritmo algo más pausado por eso de no desgastarse uno mucho. Dos de estos señores no paraban de hablar de sus cositas lo cual me pareció hasta gracioso.

A las dos horas arranco a sudar y comienzo a quitarme prendas sin comentar absolutamente nada a nadie, no sea que los vecinos se rían de uno y para que quieres más.

A las dos horas y media propongo realizar una mini parada para reposar. Que así todo de golpe pues lo mismo nos entra mal la cosa. Los señores gustosamente acceden a sentarse y esperarnos. Que majos.

Bien, una vez recargadas las pilas comenzamos de nuevo la caminata.

A eso de la hora me doy cuenta de que ya no puedo volver atrás ya que hay la misma distancia en ambas direcciones. Mira me entran los siete males. Continuo caminando, con la cara ya desencajada y de pocos amigos sin dejar de observar a los señores que van delante conversando tranquilamente y sin apenas despeinarse. Ritmo pausado. Me cago en todas sus muelas. Ya no había ni ritmo pausado ni hostias. Eso era un ritmo de locos. Lentito, eso sí, pero matón. En que maldita hora se me ocurrió unirme a tan despiadada aventura carente de sentido común.

A la hora ya estaba tumbado con las piernas en alto con uno de mis vecinos  aguantándome las mismas para evitar calambres. A todo esto, los señores seguían conversando tan ricamente.

Nada más incorporarme me comentan que ya queda poco y me vengo arriba como si de la final de la Champions League se tratase. Comienzo a caminar fuerte y a ritmo; dándolo todo.

A la media hora decidimos por mis narices acortar por un camino de tierra hacia la ermita del Cristo y por fin, tras siete horas de auténtico calvario, toco la puerta de la iglesia con un desgarrador grito de ¡Por mí y por todos mis compañeros!

Al llegar descubrimos que estos magníficos señores eran senderistas profesionales. La cara de tonto me la debieron ver perfectamente.

Cogimos el coche, totalmente fundidos y nos volvimos para casa.

Al llegar al barrio caminábamos como el novio de Alaska. Ese que era un zombie. Que penita dábamos.

Moraleja: Si a unos señores ves caminar no les sigas que lo mismo te llevan hacia la luz y está muy cara.

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