LAS COSITAS DE JES MARTIN´S: Simba y los torreznos

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Jes Martins - Humor gestual

Resulta que el otro día llevo a mi hijo mayor a jugar su partido semanal como acostumbro todos los sábados que mi trabajo me lo permite, sin presagiar el terrible suceso que iba a producirse.

Pongo en antecedentes antes de continuar con el relato de los hechos que una de las cosas que más me saca de mis casillas, si no es la que más, es la ingesta cruel y desmesurada de alimentos crujientes en las inmediaciones de mis oídos. Quiero recalcar y dejar bien claro esto desde el principio para que se entienda a pies juntillas mi situación.

Normalmente los jugadores suelen estar citados una hora antes de que comience el encuentro. Es en ese espacio de tiempo donde aprovecho para consumir mi cortadito mañanero en la terraza del bar más próximo al terreno de juego, que ya no está uno para grandes caminatas. Ese día me acompañaban dos grandes amigos y mejores personas. Empezaba bien el día, todo era felicidad, alegría y buena compañía aderezado con un sol radiante de estos que quitaba el sentido.

Nos disponemos a sentarnos en una mesita muy mona con un tercio de sombra y resto de sol por si aplicamos eso de que para gustos los colores y así colocarnos cada uno donde nos de la real gana.

El día marchaba a las mil maravillas. Mi rostro reflejaba la felicidad plena. Esa felicidad que acompaña siempre a alguien que se conforma con los pequeños placeres que nos ofrece esta puta vida.

¿Qué van a tomar? Nos preguntó el camarero.

“Mire yo quiero un cortadito” Dije amablemente. “Pues a mí me pone un agua” Dijo mi amigo Ángel. “Pues a mí me va a poner una cerveza y unos torreznos” Dijo Pablito.

¡Mira! Me vinieron los siete males. Mi cara fue exactamente clavada a la de Simba en ese preciso instante en el que la cámara hace un zoom y da lugar a la estampida por el acantilado.

Un sudor frio empapaba mi cara, no por el calor, desde que realizamos el pedido hasta que el camarero trajo las consumiciones citadas anteriormente.

Mi amigo Pablito comienza, así sin más, a comer torreznos a cual cocodrilo comiendo una cría de gacela que ha quedado atrapada al cruzar el rio.

Yo mantengo el tipo desviando la mirada hacia mi otro amigo que nos acompañaba mientras oía de fondo el crujir cruel y dañino de los torreznos en la boca de Pablito. Pero nada. No había forma de desviar mi atención de ese sonido horrible que hacía que mi cerebro explotara a lo Bob Esponja viviendo en una piña debajo del mar.

Lo que prometía ser una mañana de lo más placentera se convirtió en la mítica escena de los cristianos atravesando las aguas del Nilo en su huida del reino de Egipto.

Rápidamente me tomé el cortado y fingí una llamada laboral para abandonar la zona de conflicto y poder gritar a la vuelta de la esquina para calmar la irritación que dicha acción había provocado en todo mi ser.

Descanse los minutos exactos para volver al campo de batalla y así haber dado el tiempo necesario a mi entrañable amigo Pablito a finalizar su consumición.

Recurriendo al anteriormente mencionado Simba y su gloriosa película, todo volvió a crecer y a florecer después del voraz fuego haciendo de la vida un auténtico Ciclo sin fin.

Reflexión: Cositas al oído son de niños sin sentido. Hakuna Matata.

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