Los temores de la vida habitan en lo más hondo de nuestros corazones. Nunca son iguales, aunque tampoco del todo distintos. Cada persona teme a cosas que, quizá, ni siquiera comparte con su mejor amigo. A veces no somos conscientes de que nuestra infancia está estrechamente ligada a estos sentimientos, porque, aunque no lo percibamos, es capaz de acelerar nuestros latidos y encaminar nuestra manera de sentir.
Habitualmente hemos escuchado que a los miedos hay que enfrentarlos de cara. Pero también deberíamos recordar que existe la posibilidad de pedir ayuda, porque no siempre contamos con la misma fortaleza. Nuestra sensibilidad no depende únicamente de nosotros: el corazón, es caprichoso e imprevisible, y pocas veces se equivoca, pero también nos conduce a temores insospechados.
No es cobardía sentirnos vulnerables ante determinadas situaciones. Todos, a lo largo de la vida, anhelamos sueños y metas que a veces no nos vemos capaces de cumplir. Y cuando descubrimos que una pieza de nuestro puzle no encaja, el miedo aparece, nos paraliza y nos hace dudar del camino a seguir.
A menudo me dicen: «Consigues todo lo que te propones porque no tienes miedo a nada». Pero debo contradecir esas palabras. Como cualquier persona, tengo mis propios temores. No siempre son los mismos; cambian según el momento y la circunstancia. Sin embargo, los enfrento cara a cara, especialmente cuando siento que no puedo hacerlo, es como un reto para mí.
Creo que los temores son una parte bonita de nuestros pensamientos, aunque no lo parezca. Sin ellos, no seríamos quienes somos. Rozaríamos una perfección que, paradójicamente, resultaría inquietante. Y eso sí que me daría miedo. Porque lo perfecto, en el fondo, también es imperfecto: no emociona, no conmueve, no ensalza las virtudes de los demás.
Yo os preguntaría: ¿teméis vivir o morir? Probablemente, muchos responderían que temen más a la muerte, por ese vértigo a lo desconocido, a un lugar del que nadie ha regresado, aunque todos dejemos huella en la tierra. No obstante, yo tengo más recelo a la vida. Es en ella donde avanzo paso a paso, sorteando obstáculos, donde siento las pérdidas de seres queridos —no necesariamente por haber fallecido, sino porque el destino, en ocasiones, pone en nuestro camino a personas temporales—. Amistades o familia que, aunque no lo sepamos en su momento, cumplen una función imprescindible en nuestra historia.
Lo que tengo claro, es que quiero vivir con y sin temores. Porque gracias a ellos me impregno también de la sabiduría que me permite superarlos, y reírme de ellos cuando lo haya conseguido… sin olvidar que el miedo, inevitablemente, siempre volverá a acompañarnos en la oscuridad del alma que escondemos.
«Sentimientos confusos pasean por nuestro interior, sin susurros ni pistas que nos ayuden a encontrar el sendero que tanto ansiamos, pero si difuminamos nuestros temores seremos capaces de combatirlos con una sonrisa y una autoestima maravillosa»