Marianela, Alma y Carmen

- en Firmas

Ese viernes terminan las clases y Marianela está en su habitación, encerrada, revisando el último trabajo que tiene que presentar antes de la medianoche.

Carmen ha salido a merendar con sus amigas antes de las vacaciones de Navidad.

Ella ha declinado la invitación de Fátima y el resto de compañeras de tomar algo juntas antes de que cada una marche a su ciudad natal. La única que parece quedarse es ella. Inviable regresar a su casa a pasar estas fiestas con su familia.

Desde que empezó a vivir con Carmen, la amiga de su tía no la ha vuelto a llamar para quedarse con sus criaturas. Por un lado, lo agradece porque eran unos auténticos diablos, pero, por otro lado, ese dinero esporádico le venía muy bien. La pequeña beca que recibe le da para poco, así que, tiene apretarse el cinturón más aún.

El móvil suena indicándole que ha recibido un mensaje de Carmen. Ha decidido ponerle un sonido concreto a ella para diferenciarlo del resto. En poco tiempo le ha tomado mucho cariño a esa mujer que se preocupa mucho por ella y le hace las cosas muchos más llevaderas.

Deja de teclear en el ordenador y agarra el móvil para saber qué necesita Carmen.

Se levanta muy deprisa de la silla, se pone las zapatillas y, sin mirar que va en pijama, sale de la habitación casi volando. El chaquetón lo tiene colgado a la entrada, junto con su mochila que coge al vuelo mientras abre la puerta. Cierra la puerta con un portazo y se da de bruces con la puerta que hay antes de salir a las escaleras. Menos mal que una mano, en la que llevaba el móvil, iba por delante y el golpe en la nariz ha sido escaso. Se agacha para recoger el móvil que se ha caído y, a la vez, se abre la puerta.

  • ¡Uys, qué susto! – dice una voz con un deje de cansancio.
  • Perdón- dice Marianela levantándose rápidamente.
  • ¡Espera, espera! – le dice- Te dejas la mochila.

Marianela echa un vistazo a sus manos y se da cuenta que es cierto. Se acerca otra vez a la mujer, quien se ha agachado a recoger su mochila del suelo y se la tiende.

  • Muchas gracias – responde Marianela con la voz temblando.
  • Espero que no sea nada.
  • ¿Cómo? – pregunta Marianela desde el principio de las escaleras.
  • Si sales así de tu casa, es que pasa algo.
  • Yo también lo espero.

Marianela vuela escaleras abajo. Mientras, Alma abre la puerta de su casa y deja dos bolsas encima de la mesa de la cocina. Realmente espera que no sea nada lo que ha hecho salir tan deprisa a esa muchacha.

Cuelga su abrigo en el armario y se queda pensando. Va al salón, coge una libreta y un bolígrafo, vuelve a la cocina y, allí, apoyada en la mesa, escribe una breve nota. Después, saca lo que tiene guardado en las bolsas y se va a poner el pijama.

 

Marianela corre por la calle como si alguien le persiguiera. De pronto, se para en seco y se da cuenta que no sabe a dónde va. Saca el móvil del bolsillo del chaquetón y vuelve a leer el mensaje de Carmen.

Marianela, cariño, tranquila, estoy bien. Pero necesito que vengas al centro de salud.

¿Dónde está el centro de salud?

Abre el buscador y pone el nombre del centro de salud para que le indique la dirección. Pulsa la tecla “cómo llegar” y comienza a caminar con paso decidido.

Cinco minutos después está cruzando las puertas del centro de salud y buscando con la mirada a Carmen por todos lados.

Se aproxima al mostrador de información y pregunta por Carmen con la voz temblando.

  • ¿Eres familiar? – le pregunta una mujer de forma mecánica.
  • Sí, soy su nieta – miente Marianela.
  • Espera, que pregunto – le dice la mujer levantando el teléfono y tecleando unos números – Sigue ese pasillo de tu izquierda y verás una puerta que pone “urgencias”. Llama ahí.
  • Gracias – responde Marianela caminando rápidamente por el pasillo que le han indicado.

Cuando llega a la puerta llama con insistencia y escucha un “pase” al otro lado. Abre la puerta bruscamente y con una mirada angustiada busca a Carmen, a quien encuentra tendida en una camilla, con su abrigo y su bolso en una silla.

  • Marianela, cariño, estoy bien – le dice Carmen tendiéndole la mano – ¿A qué viene esa cara?
  • ¿Es usted su nieta? – le pregunta un hombre desde el otro lado de una mesa.
  • Claro que es mi nieta – responde Carmen incorporándose – ¿Ya me puedo marchar?
  • Antes tengo que hablar con ella – le responde el hombre.
  • Carmen, por favor, espera un momento – le dice Marianela acercándose y hablándola con mucha ternura – ¿Qué ha pasado?
  • Su abuela ha sufrido una pequeña contusión – le responde el médico.
  • A todo llaman contusión – corta Carmen – Hemos terminado de merendar y, al ir a salir, alguien ha abierto la puerta de la cafetería con tanta fuerza y sin contemplaciones, que me ha dado un golpe en la cabeza que me ha hecho caer de culo – comienza a relatar entre risas – Ha debido ser todo un espectáculo.

Marianela la mira con preocupación y, después, mira al médico haciéndole cientos de preguntas con su mirada.

  • De verdad, que no ha sido para tanto – sigue diciendo Carmen – Mis amigas son unas exageradas y enseguida llamaron a una ambulancia que me ha traído al centro de salud.
  • Realmente parece que no tiene nada grave. Mañana, posiblemente, le duela la rabadilla por la caída y, quizás, la cabeza. Hay que estar pendiente por si el dolor de cabeza es intenso y no se pasa con analgésicos. Ante cualquier signo extraño, que vuelva por aquí – le narra el médico a Marianela.
  • Pero, ¿me puedo marchar ya? – insiste Carmen – La niña está aquí perdiendo el tiempo y tiene que entregar un trabajo muy importante esta noche.
  • Sí, se pueden marchar – le dice el médico dejando escapar una media sonrisa – Vigile a su abuela. Parece que es una todoterreno, pero la edad no pasa en balde.
  • Sí, tranquilo, la vigilaré, descuide.

Ambas salen del centro de salud bien abrigadas. Marianela tiende su brazo a Carmen, quien se agarra a él con fuerza.

  • Bicho malo nunca muere – le dice Carmen.
  • Menudo susto que me has dado.
  • ¿Has terminado el trabajo ése que te trae por la calle de la amargura?
  • Estaba dándole el último repaso cuando he recibido tu mensaje.
  • Pues vamos a casa deprisita que lo tienes que entregar pronto para que puedas descansar de una vez – con la mano libre se pone mejor la bufanda – Uys, madre, creo que vamos a tener una Navidad blanca.
  • ¿Por qué lo dices? – Marianela se abrocha el chaquetón, dándose cuenta que lleva puesto el pijama.
  • Hace frío. Demasiado frío – la mira – Sí, vámonos a casa que tú te vas a quedar pajarito y no quiero pasar la noche en urgencias – le dice señalándole el pijama.

 

Caminan con paso decidido, aunque a Carmen ya le empieza a doler la rabadilla y se le nota en la cara.

En esta ocasión, en lugar de subir las escaleras, Marianela pulsa el botón del ascensor para subir hasta el primer piso. Carmen no rechista, al contrario, lo agradece. La verdad es que sí se ha dado un buen golpetazo, aunque ella se lo toma con humor.

Marianela se frota las manos con fuerza, se le han quedado heladas durante el trayecto. Los muslos también los tiene helados. Ese pijama no está pensado para salir a la calle, obviamente.

Al llegar a su puerta, descubren un pequeño paquete encima del felpudo con una nota escrita a mano. Marianela se agacha para recogerlo, mientras Carmen abre la puerta.

  • ¿Qué es? ¿Quién nos lo deja? – la voz de Carmen es como la de una niña traviesa.
  • Carmen, pasa a casa, por favor, estoy helada – le apremia Marianela.
  • Ays, perdona, hija.

Una vez dentro de casa y despojadas de sus abrigos, una abre la cajita y la otra lee la nota en voz alta.

Buenas noches, vecinas. Espero que no sea nada aquello que te ha hecho salir corriendo en pijama.

Para haceros más llevadero el susto, os dejo un pequeño dulce casero para que toméis como postre y os haga más llevadero el susto.

Vuestra vecina pastelera, Alma.

 

A Marianela se le encienden las mejillas. Al final, todo el mundo se ha dado cuenta que iba en pijama menos ella. En fin, ya nada se puede hacer.

Carmen mira la caja que sostiene Marianela en las manos y sonríe.

  • Qué maja nuestra vecina, ¿no te parece? – le dice – ¿Cómo se habrá enterado?

Marianela le relata lo que le sucedió al salir de casa tras recibir su mensaje. Carmen estalla en carcajadas al imaginarse la escena y comprobar que, más o menos, a las dos les había pasado lo mismo.

 

Después de cenar dan buena cuenta del postre que les ha regalado la vecina de al lado. Marianela coge el móvil y busca en Instagram el perfil de la pastelera, mostrándoselo a Carmen.

Ambas deciden corresponderla al día siguiente con algún detalle, aunque aún no saben con qué.

 

Una vez que Carmen se ha metido en la cama, Marianela decide mandar el trabajo sin darle un último vistazo. Necesita meterse en la cama y descansar después del susto que se ha llevado.

Su mente, sin quererlo, viaja hasta su ciudad, junto a su familia. Mientras les recuerda, el sueño se apodera de ella.

 

Recomendación musical: “Las hadas existen” de Rozalén