Me dejaste ir

- en Firmas
Despedida

Me dejaste ir. Seguramente, a lo largo de la vida, muchos de nosotros hemos sentido o pronunciado esta frase. Ocasionalmente, sin entender por qué. Otras, como una bocanada de aire que nos abre los ojos y deja caer la venda que los cubría. Y aunque suele ser una expresión que duele —y duele mucho—, lo cierto es que, cuando decidimos marcharnos de la vida de alguien, es porque sus hechos nos demostraron que no quería que siguiéramos formando parte de ella.

No os culpéis por alejaros de una amistad o un amor que no os valora. Esa persona probablemente será feliz sin vosotros; simplemente se había acostumbrado a teneros ahí, siempre disponibles. Sé que en ese momento se siente tristeza, confusión, incluso culpa. Pero es entonces cuando debéis enaltecer vuestro amor propio y comprender que quien os deja ir tan fácilmente es porque, en el fondo, ya no deseaba compartir nada con vuestro ser, no os querían aunque sea difícil aceptar ese hecho.

Todos hemos vivido situaciones similares —yo me incluyo—, pero con el paso del tiempo uno aprende que quién te quiere de verdad no te deja ir. Porque incluso imaginar su vida sin ti le hace sentir mucho miedo, un vacío indescriptible, incertidumbre.

A veces, el cariño que sentimos por alguien anula lo que llamamos orgullo. Aunque, pensándolo bien, no sé si «orgullo» es la palabra exacta. Porque cuando hay afecto de verdad—ya sea amistad, amor o un vínculo familiar—, lo que sentimos por la otra persona debería estar por encima de un sentimiento tan superficial como es nuestra vanidad, sin enorgullecernos de demostrar que su ausencia no nos importa. Y esas emociones, por supuesto, deben ser recíprocas.

Cuando dejamos la puerta entreabierta es porque, en el fondo, no queremos irnos de sus entrañas. Mantenemos viva la esperanza de que un día volvamos a ser importantes en la vida de esa persona. Sin embargo, eso rara vez ocurre. Porque si nos invitan a salir con tanta facilidad, si abren de par en par la puerta de su corazón para que nos marchemos, es porque nunca fuimos lo que creíamos ser en su existencia. No cabe duda que donde no hay reciprocidad, no hay raíz que crezca.

Los latidos del corazón son sabios, impulsivos, sinceros. Aunque en ocasiones nos confunden, y permitimos actitudes que no deberíamos aceptar, simplemente porque queremos a esa persona. Lo más triste es que en ese querer tan real por nuestra parte, nos olvidamos —erróneamente— de nosotros mismos.

«Seguid caminando hacia adelante, sin depender de si alguien a quien queréis os quiere o no. Si eligió otro camino u otras personas, dejad que vuele con ellas. El verdadero amor, el que permanece, nunca deja ir con facilidad»