El pasado lunes por la mañana, me `escapé´ un momento del trabajo, era mi primer día después de las `vacaciones´, y quedé con Ana para acercarme a dar el pésame a mi compañero del club ciclista y amigo Agus por el fallecimiento de su padre y en el abrazo que le di recuerdo que le dije que por desgracia nos volveríamos a ver pronto de nuevo allí. Y tanto que pronto.
Ese día, al acabar de trabajar me fui para Los Montalvos, repasé y envié para publicar al día siguiente, el artículo que aprovecho a escribir al levantarme entre el domingo y el lunes y no pude centrarme en nada más que estar al lado de mi madre porque veía como se iba apagando poco a poco. De hecho, tenía que preparar una clase de gimnasia, la primera del año, pero no pude.
El martes, en cuanto abrieron las puertas del hospital, sobre las siete menos cuarto, me despedí de mi madre y me fui para Alba a cambiarme, desayunar y trabajar. Había sido una noche casi sin dormir y al salir de la habitación me dije que un día más y que por la tarde en cuanto acabara de trabajar volvería para estar con ella de nuevo.
Mi hermano Angel, que llegó esa misma noche desde Almería para estar con ella, me mando un mensaje diciéndome que ya salía para relevarme y nada más llegar a casa le llamé para ver como la había visto. No me lo cogió, así que empecé a prepararme el café y no había empezado a desayunar cuando me llamó y me dio la noticia.
En los 40 minutos que hacía que me había ido del hospital se quedó como si estuviera dormidita y tranquila, porque os puedo asegurar que así parecía que estaba cuando la vi después, y con esa imagen me quedo.
Tanto, que le dije a Ana que subiera a verla conmigo. Ella tenía reparos porque se acordaba de su padre dos años y medio atrás, y me agradeció que la convenciera porque se lleva la imagen de verla `dormida´, que era lo que parecía. Es como si hubiera esperado a que su hijo Angel (su pequeño) estuviera de nuevo aquí para que la pudiera ver por última vez y tal y como me pasó a mí se llevara esa imagen.
Han sido tres meses duros. El mes en casa en el que no daban con el tratamiento para los fuertísimos dolores que tenía por lo que se suponía una fractura vertebral debida a la osteoporosis. Las semanas en el Clínico pasando de traumatología a oncología porque al final el diagnostico fue un cáncer de pulmón con metástasis. Y en los Montalvos sabiendo cual sería el desenlace. Pero que si tuviera que repetir todo lo que he hecho lo haría porque os puedo asegurar que no sé cómo, pero día a día he tirado para delante. Hemos en realidad porque ahí ha estado también a su lado mi hermano Jose Andrés y Ana de apoyo en lo que podía, y daba igual el cansancio que se sacaban fuerzas de donde no las había y un día más y otro y los que hubiera hecho falta.
Una espina me queda clavada. Lo que hubiera dado ella porque esa imagen de sus hijos y nietos, todos juntos desde hacía años, se hubiera producido antes y no cuando ella ya no estaba. Aprovechad las ocasiones o forzarlas y juntaros para disfrutar y reíros juntos, que es lo que nos vamos a llevar de esta vida. Pero sí, las vidas que llevamos, los trabajos y las distancias físicas o de otro tipo, es lo que tienen, que cada vez es más difícil encontrar el momento para estar juntos.
Me quedo con lo bien que se llevaba y la confianza que tenía con Ana y con todos los ratos que hemos pasado juntos, aunque por culpa de la situación estos dos últimos años no han sido todos los que hubiéramos querido. Con los paseos acompañados de su perro Tobi, tomando algo (ella su tónica sin hielo o su clara) en las terrazas del parque Picasso para no estar en sitios cerrados y con los besos que me daba cada vez que nos despedíamos. Besos que paraba a recibir en cada San Silvestre y cada Media de Salamanca al pasar por la puerta de su casa. Besos que no hubo durante la pandemia, pero que en estos tres meses me daba igual y no me iba sin ellos aunque fueran con la mascarilla puesta, hasta que estos últimos días ya no me los pudo dar y era una de las señales que anunciaban el final. Os puedo asegurar que los sigo sintiendo.
Siempre mirando por nosotros, siempre pendiente, a veces de más y se lo decía, pero a ella le daba igual, éramos sus niños y lo seríamos por mucho que hubiéramos crecido y hubiera nietos. Por cierto, qué alegría le dio su nieto mayor, Dani, viniendo el verano pasado a verla con Yana, su pareja, en el primer viaje que pudieron hacer desde que comenzó la pandemia.
No está desde hace ya una semana, pero en realidad no se irá nunca porque siempre estará conmigo, en mis recuerdos y en mi día a día, al igual que otras personas que han sido importantes y fundamentales en mi vida. Hace un par de meses os recomendé ver la película animada `Coco´ y lo vuelvo a hacer por como trata y deberíamos entender la muerte.
Para acabar. Gracias al personal de paliativos del hospital de los Montalvos por el trato dado a mi madre estas últimas semanas de su vida y por el apoyo a los familiares. A los celadores, auxiliares, enfermeras, médicos, psicólogo y trabajadoras sociales, GRACIAS.
Nota: El cartel del nombre es el que estaba en la puerta de su habitación porque allí son personas y no un número.