Momentos inolvidables (parte 2)

- en Firmas

Seguíamos en el salón de mi casa, en penumbras. Yo contaba una historia de mi niñez a mis sobrinas y ellas, hacían lo imposible por no dormirse.

  • Pero, tía, ¿qué es eso de las catalanorras? – me preguntó una de mis sobrinas.
  • Os lo estoy contando, chicas. Eran unos seres que estaban cubiertos por una capa negra y que nos miraban, sin ojos, desde lo alto de la montaña que se veía desde la terraza de casa de la abuela, de mi abuela.
  • Pero, ¿qué hacían? ¿Decían algo?
  • La verdad es que ni decían ni hacían nada. Simplemente estaban quietas, mirando hacia donde estábamos. Y es que daban un poco de miedo, la verdad. Pero nunca nos dijeron ni nos hicieron nada. Aparecían cuando no obedecíamos a la primera o hacíamos enfadar a la abuela.

Sus preguntas se espaciaron en el tiempo. Sus voces se convirtieron en susurros ininteligibles, hasta que, finalmente, agotadas por el trajín del día, cayeron en los brazos de Morfeo sin apenas defenderse.

El relato de esta historia que forma parte de mi infancia me dibujó una sonrisa al recordar la de veces que mi abuela hacía alusión a las catalanorras cuando no obedecíamos. También me hizo recordar las conversaciones, a cualquier hora del día, con uno de mis primos, teniendo a mi hermana y mi hermano al lado, de testigos, sobre estos seres que provocaban risas a nuestros padres y madres.

  • Prima, se asomaban por el túnel del tren, ¿no te acuerdas?
  • Pues no. Yo me acuerdo de verlas detrás de unas piedras grandes en lo alto del túnel del tren. Con su capa negra.
  • Ahí, totalmente quietas. Lo que imponían las jodías.
  • Pero vamos a ver, ¿aún seguís con eso? – preguntó una de nuestras madres riéndose- Han pasado los años y aún le estáis dando vueltas. Menuda imaginación tenía la abuela.
  • ¡Eran de verdad! – gritamos los dos a una sola voz.

Esa misma tarde, volvimos a casa de la abuela y del abuelo. Entramos sigilosamente, mirándolo todo con detenimiento. Se notaban sus ausencias, pero todo estaba impregnado de su aroma y de los recuerdos.

Sin decirnos nada, nos dirigimos a la cocina, cada uno desde un rincón de la casa. Nos detuvimos delante de la puerta que iba a dar a la terraza y, como dos pasmarotes, nos quedamos quietos mirando a esa montaña que ya no era tal. Se agolparon en nuestra memoria todos los recuerdos de hacía más de 25 años. De pronto, se desdibujaron las edificaciones que adornaban el horizonte, aunque el túnel del tren ahí seguía, y la orografía que teníamos frente a nosotros, se tornó como en nuestra infancia. Aunque la ladera de la montaña no era igual que cuando la escalábamos jugando, nosotros nos veíamos allí, con nuestros palos, escuchando nuestras risas jadeosas por el esfuerzo y coronando la cima con un grito.

Nos miramos y sonreímos. Volvimos a mirar al frente y allí estaban ellas: las catalanorras. Asomaban su cabeza por un lado del túnel. No sabíamos si, como nosotros, sonreían por el reencuentro o estaban impasibles. No habían pasado los años. Su capa negra seguía cubriendo su cuerpo, haciendo que no se distinguieran sus formas. Estaban totalmente quietas, mirando hacia nosotros.

En lugar de intranquilidad, nos produjeron nostalgia. De nuevo, todos los recuerdos de nuestra niñez volvieron a nuestra memoria.

Sin ponernos de acuerdo, sin hablarnos, con un leve movimiento de nuestra cabeza nos despedimos de ellas. Fue un movimiento de gratitud por todo lo que nos habían aportado durante nuestra niñez y los posos que nos habían dejado según habíamos ido creciendo. Sin palabras, les dimos las gracias por las horas de conversación que nos habían proporcionado, incluso en la edad adulta, argumentando ciegamente a favor de su existencia ante nuestros mayores que seguían riendo, como cuando éramos niños, por nuestra ingenuidad e inocencia a pesar del paso de los años.

Nos dimos la vuelta, salimos de la cocina y recogimos las últimas cajas que quedaban en el salón.

Echamos un último vistazo a nuestro alrededor, nos miramos y salimos de esa casa que tantos buenos recuerdos nos había aportado a nuestra vida adulta.

Cerramos la puerta con cuidado y bajamos las escaleras en silencio.

La historia de las catalanorras seguiría con nosotros, sin lugar a dudas.

Recomendación musical: Entre mis recuerdos de Luz Casal.

Autor

Doctora en Derecho y Ciencias Sociales por la UNED, Licenciada en Derecho por la USAL, Máster en Derechos Humanos y Máster en Malos Tratos y Violencia de Género por la UNED. Técnica de proyectos en prevención y sensibilización en materia de igualdad, violencia de género y sexual.
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