Nochebuena

- en Firmas
  • ¡Mamá, mamá! ¡Despierta! –grita Gael.

Estrella se ha quedado dormida en el sofá después de comer. La televisión muestra una película para nadie, pues nadie la mira.

Consulta el reloj de su muñeca y se levanta casi de un salto. Es muy tarde. Tenían que haber salido hacía una hora, como mínimo.

Gael la sigue llamando, emocionado. Ignora la llamada de su hijo. Sale corriendo por el pasillo para calzarse, pero tiene que detenerse cuando escucha gritar su nombre de nuevo.

¿Cuántas veces pueden las hijas y los hijos gritar “mamá” sin cansarse? Llegan a parecer un tocadiscos que reproduce un vinilo rayado. A veces resulta agotador.

Con una bota en un pie y la otra en una mano, vuelve al salón, cojeando, ante la insistencia de su hijo que está pegado a la ventana como la estrella de mar de la película Buscando a Nemo. Cuando llega a su altura, los ojos casi se le salen de las cuencas.

  • ¡Mamá, ha nevado! – le dice Gael sin apartar la cara del cristal – Voy a poder hacer un gran muñeco de nieve con el abuelo.

Estrella no sale de su asombro. Cuando se sentaron a comer no nevaba y, en tan sólo un par de horas, las calles están totalmente blancas. La nevada es bastante intensa.

Suena su teléfono. Contesta sin mirar la pantalla del móvil y tratando de contener la emoción de su hijo que no deja de dar golpes al cristal y gritar entusiasmado.

 

Alma guarda la bayeta en una bolsa. Recoge el abrigo y se lo abrocha hasta arriba. Se cuelga la mochila a la espalda y se dispone a salir de su pastelería. Está cansada. Ha tenido muchísimo trabajo estos días. Lo agradece, pero de su cuerpo sale.

Apaga la luz del obrador después de comprobar que todo está en su sitio. Conecta la alarma y se dispone a abrir la puerta. Nota el pomo bastante frío. Levanta la vista y se queda con la boca abierta.

¡Ha nevado! Pero, ¿cuándo ha sucedido? ¿Tan absorta ha estado en sus cosas que ni ha sido consciente de ello?

Se da cuenta que una gran capa de nieve entorpece la salida a la calle. Decide desconectar nuevamente la alarma, pues tiene que limpiar el acceso si quiere bajar bien la trapa.

Deja la mochila encima de una silla, cerca de la alarma, y con las manos enguantadas, pues no tiene otra cosa, se dispone a quitar la nieve que entorpece su salida.

No se ve casi a nadie por la calle.

Son las seis de la tarde de Nochebuena. Alguna pandereta se empieza a escuchar en alguna de las casas de los pisos superiores.

Un hombre que la ve, se acerca con dificultad y le ayuda a quitar la nieve. Entre los dos terminan antes de lo esperado, pero ambos se quedan helados.

Alma, antes de que el hombre reinicie su camino, le entrega dos bolsas de galletas de mantequilla a modo de agradecimiento. El hombre sonríe, mira hacia arriba, al letrero y le dice que volverá, pero que en la siguiente ocasión será para comprar algo y sin que haya nieve que entorpezca la entrada. Le desea una feliz noche y, con dificultad, camina por la calle blanca hacia su destino.

Alma mira al cielo y un copo de nieve se posa en su nariz. Respira hondo e inicia el camino de regreso a su casa. No esperaba terminar así el día. Se arma de paciencia, pues sabe que será un camino mucho más largo de lo habitual.

 

Marianela mira por la ventana en silencio. Tiene el móvil entre sus manos, pues está haciendo una vídeo-llamada con su familia para enseñarles el paisaje que se ve desde la ventana del salón.

Escucha a Carmen trastear en la cocina. Es una cabezota y no le permite a ella cocinar sola. Se despide de su familia, baja la persiana del salón y se va a la cocina.

Carmen la mira al entrar y le pide que coja una cazuela del estante superior. Marianela sonríe y hace lo que le ha solicitado.

Lo de anoche quedó en un susto que ha tenido como consecuencia un chichón y una pequeña cojera como consecuencia del golpe que se dio.

Han decidido hacer la cena y la comida del día siguiente, así lo hacen todo de una vez y al día siguiente pueden vaguear un rato más. Van a mezclar platos españoles y ecuatorianos.

Marianela inicia la elaboración del ceviche, mientras Carmen empieza a preparar el salmón que comerán al día siguiente.

Marianela ha mirado con atención cómo Carmen preparaba unas natillas totalmente caseras para esa noche y ella ha decidido preparar una torta de dulce de leche para el día siguiente. Su especialidad, le ha dicho. Así lo ha corroborado la madre de Marianela cuando Carmen ha hablado con ella.

Carmen ha puesto música en el tocadiscos y ambas cocinan bailando y tarareando, tratando de seguir el compás.

  • Cada vez nieva con más fuerza – comenta Carmen mirando por la ventana de la cocina – Realmente, este año, vamos a tener unas Navidades blancas.
  • No se nos puede olvidar el paquetito de comida para la vecina, Carmen.
  • Es cierto. Aún me estoy relamiendo – cierra los ojos para dar más énfasis a sus palabras – Nunca he comido unas magdalenas de arándanos y limón más ricas – deja de condimentar el salmón- Desconocía que tuviera una vecina pastelera tan buena.
  • ¿No la conocías? – le pregunta.
  • Sinceramente, ya conozco a poca gente del edificio – un halo de nostalgia empaña sus ojos – Se han ido marchando o muriendo.

Siguen cocinando cuando escuchan un sonido en el pasillo exterior. Carmen sale cojeando rápidamente de la cocina y se dirige a la puerta. Marianela no es capaz de comprender la vitalidad que tiene la mujer, incluso después de la caída que tuvo el día anterior.

  • Hola, buenas tardes – saluda a quien acaba de entrar en el pasillo común– Madre mía, ¡cómo vienes!
  • Sí, serían buenas tardes si no me hubiese pillado la nevada al salir del trabajo y sin estar preparada – sonríe Alma – No sé qué he hecho con los guantes, el gorro… Menudo desastre soy.
  • ¿Por qué no pasas y te preparamos algo caliente? – gira la cabeza y grita – ¡Marianela, trae una toalla y unas zapatillas que tengo en mi habitación!
  • No hace falta, mujer, si vivo aquí.
  • Claro que hace falta – insiste Carmen – Justo estaba hablando con Marianela de lo ricas que estaban las magdalenas que nos dejaste en la puerta ayer.
  • ¿Os gustaron? – pregunta Alma con una sonrisa de oreja a oreja que realza el color rojo de sus mejillas y su nariz– Me pareció que, quizás, os apeteciera tener algo dulce a la vuelta.
  • Estaban deliciosas – le dijo Marianela tendiéndole una toalla y unas zapatillas.

Mientras tanto, Carmen la empuja para que entre en casa, guiándola por el pasillo hasta la cocina donde se concentra el calor.

Marianela le recoge el abrigo que cuelga en una percha y deja en el cuarto de baño que ella usa, poniendo, después, sus zapatillas debajo del radiador de la cocina que aún está caliente.

  • No quiero robaros más tiempo que estabais preparando la cena, imagino- dice Alma mientras se levanta de la silla.
  • ¡Qué vas a molestar, mujer! – le corta Carmen – Tal vez me meta donde no me llamen, pero, ¿cenas sola? ¿Quieres unirte a nosotras?

Marianela asiente sonriendo, mientras sigue poniendo langostinos (a falta de camarones) en su ceviche. Alma no sabe qué responder. La verdad es que está muy cansada y no tiene nada preparado para cenar. De pronto, siente que no le apetece cenar sola, en su casa. Por unos segundos, añora a su niña, a su madre y a su padre.

  • La verdad es que sí iba a cenar sola. Pero pensaba que iba a llegar más pronto a casa y me iba a dar tiempo a darme una ducha y prepararme algo.
  • Pues no se hable más – sentenció Carmen – Creo que Nela y yo estamos haciendo comida como si fuéramos diez personas en esta casa, así que hay alimento de sobra para tres y más – mira la comida que se distribuye por la encimera y la mesa.
  • Si no os importa, voy a darme una ducha caliente, cambiarme de ropa… – Alma mira sus pantalones aún mojados – Y tengo un pan de ajo que hice ayer, tal vez os apetezca probarlo.
  • Perfecto – Carmen da una palmada – Mientras tú te duchas, a nosotras nos da tiempo a terminar de preparar la cena. Si queda algo que preparar para la comida de mañana, pues ya se hará.

 

Alma sale de la ducha y trata de encontrar algo de ropa que sea especial para esa noche. Pero no encuentra nada que le guste. Así que opta por unos vaqueros anchos y un gran jersey de lana que le ha tejido su madre. Coge el pan de ajo, una botella de limonada casera y se dirige a la puerta.

Cuando ya ha llamado al timbre de sus vecinas, escucha el sonido de las puertas del ascensor cerrarse. Mira hacia atrás y se encuentra con un niño que arrastra los pies y una pequeña mochila.

  • ¡Ey, campeón! ¿Qué te pasa? ¿Vienes solo? – pregunta Alma mirando hacia el ascensor.
  • Estoy muy triste- responde el niño sin levantar la mirada – Mi mamá está en el garaje con la maleta. Se ha cerrado la puerta del ascensor y yo, como me sé el piso, le he dado al botón porque no sabía abrir la puerta.
  • Pero, ¿qué te pasa? –Alma se agacha para estar a la altura del pequeño – ¿Quieres contármelo?

En ese momento, Marianela abre la puerta y contempla la escena desde la distancia. Del interior de la casa sale la música de los villancicos que ha puesto Carmen para ambientar y se la escucha tararear contenta.

  • Ya no podré hacer un muñeco de nieve con mi abuelo – dice el niño levantando la mirada y haciendo pucheros.
  • ¿Por qué? – pregunta Marianela entrando en la conversación.
  • No podemos ir al pueblo – Gael se sienta en el suelo del pasillo y deja su mochila a su lado – Mamá dice que la carretera está imposible, que no se ve nada y por eso se ha dado la vuelta para volver a casa.
  • Vaya, cuánto lo siento – le dice Alma – ¿Quieres que te dé un abrazo a ver si te sientes un poquito mejor?

Carmen asoma la cabeza, al ver la puerta de su casa abierta, a Marianela parada y una voz infantil hablar, le puede la curiosidad y, con el paño de cocina en la mano, se une al grupo.

Gael se encoge de hombros, pero tiende los brazos hacia Alma, quien le da la cesta con el pan y la botella a Marianela para acoger entre sus brazos al pequeño que está tan triste.

En ese momento, se abre nuevamente la puerta del ascensor y sale una Estrella despavorida llamando a su hijo. Se para al ver la escena y, sin darse apenas cuenta, respira aliviada.

  • Gael, cariño, ¿por qué te has subido y me has dejado sola? – le pregunta aproximándose a su hijo y arrastrando una enorme maleta, una bolsa y una mochila mal puesta sobre sus hombros.
  • Se cerraron las puertas y no sabía cómo abrirlas – le responde apartándose de Alma y poniéndose de pie.
  • Hola, buenas noches – saludan Alma y Marianela a la vez.
  • Buenas noches – les dice Estrella con voz cansada, igual que su cara – Gracias.

Carmen sale al pasillo, le coge a Estrella la bolsa que se le cae y le dice a Gael:

  • Yo no soy tu abuelo, pero también sé hacer muñecos de nieve. Si quieres, mañana podemos bajar a la calle a hacer uno – ve la cara de Marianela, pero sigue hablando – Me tendrás que ayudar un poco, porque ayer me caí y voy algo coja.

Gael la mira y sonríe.

  • Yo soy buen ayudante. Eso dice mi mamá – le dice mirando hacia su madre.
  • Pues ale, mañana tenemos una cita. Pero, esta noche, quizás, os apetezca pasar a casa y cenar con nosotras tres.

Estrella se queda con la boca abierta. Sabe que aquella mujer es su vecina porque en alguna ocasión habían coincidido en el rellano, pero no había hablado mucho con ella. A la chica joven no la ha visto nunca y a la otra mujer, a la que abrazaba a su hijo cuando salió del ascensor, la recuerda de la pastelería.

  • Uys, tengo que entrar en casa – dijo Alma – He recordado que he traído unas bolsas con galletas de mantequilla con pepitas de chocolate que no podía dejar en el obrador. También tengo unas magdalenas – le tiende la mano a Gael – ¿Quieres venir a ayudarme?

Gael asiente sonriente. En un momento parece que se le ha pasado la tristeza. No son su abuela y su abuelo, pero les parece buena gente esas señoras que se ha encontrado, por casualidad, en el pasillo del edificio.

Estrella no sale de su asombro. No sabe si está más cansada, enfadada, triste o sorprendida. El día se le ha torcido según ha ido avanzando y el colmo ha sido tener que llamar a su madre para decirle que tenía razón y que no podrán llegar al pueblo.

  • Te veo indecisa – le dice Carmen – Así que, sólo por esta vez, decido por ti. Venga, deja las cosas en casa y vente a cenar con nosotras. Quizás ni nos acerquemos a lo que imaginabas que iba a ser tu cena de Nochebuena, pero no estamos mal, ¿verdad? – le dio un codazo a Marianela, quien sonrió ante la ocurrencia.
  • Vale, sí. Voy a dejar las cosas en casa. Miro a ver si tengo algo para traer y compartir.
  • No hace falta, mujer. Estábamos terminando de cocinar – dice Carmen – Si tienes algún juego para que podamos jugar todas, estaría genial. Yo aquí tengo unos pocos, pero no están pensados para niños.

 

Cosas del destino, de la casualidad o, simplemente, coincidencias, esa noche de Nochebuena que iba a ser algo anodina, quizás, se ha convertido en una fiesta sorpresa para cuatro vecinas que apenas se conocían.

Gael añoró menos hacer un muñeco de nieve con su abuelo, al que llamó para contarle la aventura del viaje fallido y al que prometió mandarle una foto del que haría al día siguiente con su nueva amiga.

Alma olvidó el cansancio de aquellos días y sintió menos nostalgia de la que pensaba al compartir mesa con esas mujeres tan diferentes, pero tan interesantes a la vez.

Marianela vivió unas fiestas totalmente diferentes a lo que estaba acostumbrada. Dejó atrás unos días calurosos en su ciudad natal, por el frío de esa ciudad que la había acogida y la nieve que había podido ver y sentir por primera vez. El corazón lo tenía calentito a pesar de los kilómetros que la distanciaban de lo que conocía de siempre y de su familia.

Estrella fue entrando en calor. No sólo su cuerpo, también su corazón. Se dio cuenta que, quizás, eso que había sentido estos días de atrás tenía que ver con lo que estaba viviendo en ese momento. Miró a sus compañeras de mesa y descubrió a mujeres distintas, pero con una luz especial. Se preguntó que por qué no se había fijado en ellas antes. Sonrió a su hijo y le revolvió el pelo cuando le hizo una mueca de las suyas.

Carmen se reía a carcajadas con las anécdotas que contaban cada una de las mujeres a las que había invitado a su casa y, ya lo tenía claro, a su vida. No echaba de menos a esos hijos que se habían vuelto unos egoístas y a los que apenas reconocía. Les despachó en menos de cinco minutos cuando le llamaron, por separado, con la excusa de que tenía invitadas a cenar.

 

Esa noche fue totalmente diferente para las cuatro mujeres adultas que habían compartido cena por casualidad. Se rieron a carcajadas, compartieron las historias de sus vidas, a parte de la comida. Miraron por la ventana los tejados blancos del barrio y, como niñas pequeñas, decidieron que al día siguiente bajarían a hacer muñecos de nieve. Seguía nevando cuando cada una de ellas se metió en su propia cama. El día de Navidad se volverían a ver y compartirían mesa de nuevo, aparte de juegos y, tal vez, más confidencias.

Todas tenían claro que se había creado un vínculo entre ellas.

 

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