Nuestros mayores no son muñequitos de papel. Cada mañana salen a la calle con una esperanza común, un hecho tan simple como que entre la multitud alguien se pasee por sus arrugas, aquellas que son protagonistas de la historia de su vida.
Tienen voz y voto, pero nadie les escucha, nadie lee en su mirada que fijamente, observa entristecida como son como pequeñas marionetas desechadas en un desván. En la actualidad, es tan fácil llevarlos a una residencia que olvidamos que tienen necesidades especiales, entre las cuales se encuentra el cariño que esperan recibir y no reciben. Naveguemos por sus arrugas acordes, a sus dentaduras desgastadas y es entonces cuando nos daremos cuenta de que todo ello es el conjunto del sacrificio que ellos han hecho por sus hijos, por cambiar su historia, su vida, pero sobre todo por amor. Un amor del que ahora ellos carecen.
Todos conocemos el dicho popular, “son como niños”, quizás es verdad lo son, pero únicamente buscan el cariño que ellos dieron toda su vida. Sus capacidades van mermando como merma su alma y solo la mano de una enfermera sujeta su mano. No son residuos que desechar, a pesar, de que la fragilidad del desgaste de sus envejecidos huesos, doblen sus piernas. Miro a mis padres y aunque sea surrealista, sigo viendo juventud en sus miradas, contándoles a sus nietos las vivencias de su niñez y es entonces cuando volteó mi cabeza y veo gente de su edad con bastón, reclamando ayuda, pero no compasión.
¿Y por qué nadie les escucha? ¿Pensamos qué no llegaremos a su edad?
Claro que llegaremos, pero entonces será tarde para remediar cosas que no hicimos por ellos, nos invadirá una pena irremediable. Dejemos que luchen, luchemos con y por nuestros mayores. Recordemos cuando eran ellos quienes cuidaban de nosotros, desestimemos tratarles como niños, no lo son. Mejor, convirtámonos en niños como ellos, y así poder disfrutar de ellos con bondad, temporalmente, permanentemente o solo cuando gozamos de su compañía.
La verdad que eso es un pequeño detalle sin importancia, demos importancia a su felicidad, nuestros mayores son nuestros padres, abuelos, etc. Sus pensamientos han sido la apertura de la historia de toda una vida, su sabiduría, su lucha. Nuestros mayores siguen siendo personas con derechos y aunque su cuerpo se va desgastando poco a poco, su mente no. La mayor barrera arquitectónica que hay en su vida, no es ese peldaño que ahora ya no pueden subir, no es apoyar en suelo firme ese bastón. Es esa parte de la sociedad que olvida que tienen una gran capacidad, la fuerza de la experiencia, pero sobre todo sentimientos.
No provoquemos sus lágrimas, sequemos el recorrido de ellas. Quiero provocar su sonrisa y sentir que son felices. Mejoremos su calidad de vida y cuidemos su corazón como ellos cuidaron del nuestro.
Recordad, “no son muñequitos de papel”.