Caminaba muy despacio,
por las grietas de su alma.
Un amanecer los vio enmudecer:
esos besos le dieron calma,
sus caricias la hicieron mujer.
—¿Qué haces? —preguntó, avergonzada,
el rubor ardiendo en su piel.
Él posó sus labios en sus senos,
tumbando su cuerpo sobre el riel.
Desnudó su cuerpo poco a poco,
cerró los ojos lentamente al sentir.
Que estaba enamorada de ese hombre,
sin poder el latido de su corazón reprimir.
Almas que no se conocían,
su cuerpo al de ella arrimó.
—Hazme el amor con deseo—
El anochecer a ambos los envolvió.
Dulce, ella susurró a su oído,
temblando en la luz de un adiós:
—Te he entregado mi esencia más pura…
Mi alma inocente, a ti te amo yo.