Poli en el corazón

- en Firmas
poli diaz

Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. (Mt 10, 27)

 

Por vuestra culpa se injuria el nombre de Dios entre las naciones (Rom 2,24).

La verdad no puede ocultarse eternamente, porque lo que se susurra al oído para que penetre bien en el corazón, es necesario hacerlo público. Os digo que, si se callan, gritarán las piedras (Lc 19,40). El daño causado por el abuso sexual es devastador y duradero, no solo envenena el cuerpo, también el alma y si lo hace un sacerdote envenena el nombre de Dios. Tomando las palabras de Pedro Casaldáliga, sólo hay dos cosas absolutas: Dios y las víctimas (pobres).

Desde esta introducción quisiera hablar de mi párroco y amigo, Policarpo Díaz, un sacerdote excepcional que ha vivido y está viviendo el devastador dolor del infierno de los abusos. Con temor y temblor quisiera ofrecer unas palabras de aliento y acogida, hacerme cargo de su dolor, pedirte perdón por no haber sabido descubrir el calvario que estabas pasando. A veces, te hemos agobiado de más con nuestras pequeñas miserias y tú, vertiendo lágrimas de dolor y sufriendo en el silencio. Querido Poli, no somos prisioneros de nuestras heridas, siempre podemos volver a nacer de nuevo como Nicodemo, a pesar de la noche oscura.

El Propio papa Francisco afirmó no hace mucho, que pedir perdón es necesario, pero no basta. El perdón es bueno para las víctimas, su dolor y su daño pueden empezar a sanar si también encuentran respuesta, acogida, acompañamiento, palabras de ánimo y amor. Respuestas de justicia y misericordia. También Francisco recordó en el 2015, cuando comenzó a entrevistarse con las víctimas, que no se debe dar prioridad a otro tipo de consideraciones, como evitar el escándalo, porque no puede haber lugar en el ministerio para los que abusan de los menores. El deber es dar respuestas de justicia y misericordia y manifestar la compasión de Jesús con los que han sufrido y sus familias.

Yo me pregunto si Poli está recibiendo el acompañamiento necesario en este año y medio desde que habló con el obispo, con algunos sacerdotes y laicos más cercanos. Si ha recibido alguna visita del obispo en León, si habla con él de forma habitual de su recuperación y estado de corazón, de su futuro en la parroquia que está destinado, de posibles retrasos del proceso. Mis noticias es que solo diez sacerdotes de nuestra Diócesis le han visitado, consolado y acompañado en León, ayudando a recuperarse de sus heridas. También me pregunto si el obispo ha hablado con sus hermanos, cómo se sienten, si necesitan ayuda, cómo están pasando este calvario.

Sabemos por otras víctimas que sólo pueden hablar cuando ya han perdido a sus padres para evitarles sufrimientos y vergüenzas, o cuando otros se han atrevido a dar un paso adelante, cuando han denunciado, porque necesitan contarlo, no por morbo o resentimiento, sino porque necesitan salir del infierno del silencio, buscar ayuda y procurar que esta realidad vergonzante no se vuelva a repetir. Hace cerca de 45 años una madre profundamente creyente entregó a su hijo con 11 años al servicio de Dios y de la Iglesia, sabiendo que lo dejaba en buenas manos, ahora no podemos devolverle a un hijo con el corazón roto. Suenan terribles las palabras de Jesús: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo tiraran al mar” (Mc 9, 42).

Poli es víctima de su depredador, ese es su verdadero culpable. Pero recordemos que actuaba de parte de la Iglesia, con lo que ésta también está embarrada, tiene sus responsabilidades, es decir el deber de responder, con su obispo a la cabeza. No estamos diciendo que sea culpable, sino que hay una omisión en el cumplimiento de cuidar, de cuidar a un niño que está formando, a un niño que se acerca a Dios. En la institución, está claro que no hubo intención, pero el daño está ahí y después de tantos años nadie ha podido desvelar el sufrimiento.

El rostro de la víctima siempre aterra, ahí está desfigurado por tanto maltrato y desafección. ¿Le han pedido perdón públicamente? En la carta de nuestro querido obispo no cita su nombre, solo que ha salido en los medios de comunicación. ¿No tenía que haber sido la Diócesis, con su obispo a la cabeza, quien informara a los creyentes en verdad y no La Gaceta de Salamanca? Parece que un medio de la ciudad ha conseguido lo que no puede hacer el espíritu y logar una respuesta de la Diócesis, cuando la han pillado en la travesura del pecado. Esperábamos mucho más, en lo humano y en lo sinodal.

Los hechos existen desde hace tiempo, hace unos meses en una entrevista del obispo para otro periódico local, La Crónica de Salamanca, cuando le preguntan por dos sacerdotes relevantes de la ciudad y de su salida de la Diócesis se sale por la tangente. Continúa el periodista preguntando: Tranquilice a la parroquia. Hay preocupación por si estas salidas están motivadas por asuntos más delicados, relacionados con menores o con malversación de fondos. Respuesta del obispo: No.

La Iglesia que es responsable de la victimización primaria causada por el abusador, no puede ser ahora responsable directa de una nueva victimización secundaria, consecuencia del ninguneo, la desafección, la invisibilización social para evitar el escándalo. Para que exista un perdón verdadero, querido don José Luis, es necesario incluir el conocimiento público de lo ocurrido, la memoria del abuso, la defensa y la reparación de los que padecen en silencio o han sido silenciados por el dolor. La verdad siempre es liberadora (cf. Jn 8, 32), pero la justicia ayuda a cerrar las heridas, no se puede poner a la misma altura al abusador y a la víctima.

En el evangelio que leímos este domingo, me gusta pensar que Jesús aprendió de la cananea, la gracia no era exclusiva del pueblo judío, sino de todos. Me gustaría pensar, señor obispo, que en humildad y verdad siguiera los pasos de Jesús y aprendiera de la víctima. Jesús, “el despertador de conciencias”, quiso superar las leyes desde el corazón, es decir humanizarlas para vivir honestamente el amor a Dios y al hermano. Toda persona, más las abusadas, necesitan un hogar, confianza frente al miedo, acogida, afecto y descanso. Todos sabemos que el hogar no se espera, se crea. Desde ese hogar es necesario para recuperarse del dolor, ofreciendo no solo ofrecer empatía y compasión, también comprensión. Nada más y nada menos.

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