Propósitos

- en Firmas
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El último día del año siempre tratamos de hacer balance de lo acontecido en nuestra vida en el año que llega a su fin.

Buenos propósitos enumerados en una larga lista que pocas veces cumplimos por completo o en una pequeña porción.

Inicio de año con resaca por lo bebido o por lo vivido la madrugada. O quizás por las dos cosas a la vez.

Semana primera del año donde se hace más intensa la magia infantil y, en ocasiones, la no tan infantil, los deseos y los buenos propósitos que siempre llenan nuestra boca.

Carreras por obtener los últimos regalos materiales que incitan al consumismo y al quedar bien con alguien para la noche más mágica del año.

Preparación de platos con galletas, leche, copitas de vino o de cualquier otro licor alcohólico para recompensar el esfuerzo de esos personajes que nos vigilan durante todo el año.

Y al día siguiente… Explosión de felicidad en la mayoría de los casos y, en la minoría de las ocasiones, decepción porque no encontramos lo que nos hubiese gustado hallar al lado de nuestros zapatos.

Después, todo trata de volver a la normalidad con calma. Se nos van olvidando los buenos propósitos. Las carreras son para devolver aquello que no nos ha gustado o que hemos recibido por error, para seguir consumiendo escondiendo nuestra lujuria capitalista en que los seres mágicos no han acertado con los regalos.

Aquellas personas que se asemejan más al Grinch empiezan a sonreír porque se acabaron esos días en los que nos obligamos a demostrarnos más alegres, más cercanas, más buenas, a pesar de que, en el fondo, todo sea un paripé que nos obligan a recrear.

Realmente, ansiamos esa “normalidad” de la que siempre nos quejamos cuando vivimos en ella.

Recomendación literaria: Cuento de Navidad de Charles Dickens

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