En esta semana, algunas personas nos hemos podido preguntar qué ha sucedido.
Reflexionando, nos podemos dar cuenta que, quizás, lo que haya pasado es que la mayoría de las personas no tienen claro quiénes tienen la responsabilidad de las cosas cuando se trata de gobernar un lugar, da igual el tamaño que tenga.
Yo digo que la gente tiene Alzheimer, y esto es algo muy perjudicial. Ante los incendios, los problemas con la sanidad, la educación… se nos olvida que existen las competencias delegadas a las comunidades autónomas y que son ellas, y sólo ellas, quienes tienen que hacer una gestión correcta y adecuada que sea beneficiosa para toda la población sin distinción alguna.
¿Se ha hecho? No.
El mensaje que más ruido hace es aquel que se encarga de lanzar la pelota y la responsabilidad al ser superior, quien, si intercede, recibirá las críticas porque quiere controlar todo como si en una dictadura nos encontrásemos.
Y más lejos de la realidad sería eso.
Queremos hacer cumplir la legislación, la Constitución, pero sólo cuando interesa a determinadas personas.
Ahora nos tocará permanecer en un limbo hasta que haya un acuerdo y, en el peor de los casos, empezaremos de nuevo.
Beneficio para la población. Ninguno, ya os lo aseguro.
El trabajo por la igualdad peligra, mucho. Teniendo claro que la igualdad es beneficiosa para todas las partes, para toda la sociedad. Teniendo claro que mucho de lo que se ha conseguido a través de la lucha feminista y, en consecuencia, por las políticas públicas de igualdad, beneficia a toda la población; y quienes reniegan de ellas, de estas políticas públicas, son las primeras personas que sacan beneficio de las mimas.
Derecho al voto, derecho a la educación, medidas de conciliación, bajas por paternidad/maternidad, derecho a la huelga, derecho de asociación, matrimonio igualitario, derecho al divorcio, … ¿seguimos?
Se alude a los chiringuitos feministas, pero el feminismo no es un chiringuito y ninguna de las feministas vivimos de ello, al contrario, nos dejamos la piel para que los logros sean para todas las personas por igual, sin discriminación. Pero hay otras personas que sí viven de los chiringuitos montados por ellos mismos y ocultados o camuflados delante de nuestras narices y no pasa absolutamente nada.
¿Qué tenemos que hacer ahora?
¿Seguimos avisando de que viene el lobo o directamente pasamos a la acción?
Y, ¿cómo podemos pasar a la acción?
Por ejemplo, no juzgando cuando una mujer no ratifica la denuncia por agresión sexual contra Iñigo Errejón y tratar de entender las causas que motivan esa decisión.
Por ejemplo, señalando aptitudes como la de Carlos Vives ante el caso de Julio Iglesias. Que sea una persona famosa, no la convierte en una buena persona. Que sea un “ejemplo” como cantante, no hace que se le puedan justificar todos sus comportamientos. Que eso pasara, supuestamente, en otro país, no significa que tengamos que mirar hacia otro lado. Que hace años se comportara de aquella manera, no significa que no nos dé pistas, ahora, con otra mirada y otra conciencia, de que el tipo es un machista de tomo y lomo y que no va a reconocer que él trata a las mujeres como objetos.
Dios los cría y ellos se juntan.
Dios nos cría y nosotras nos juntamos para sostenernos, apoyarnos, acompañarnos y escucharnos.
Y ése es el problema que tienen algunas personas, sobre todo hombres, que nosotras nos hemos juntado, no nos callamos y queremos ocupar los espacios que nos merecemos en esta sociedad.
Las sociedades evolucionan, o tal vez no, pero el concepto de “mujer de alto valor” sí ha cambiado. Ya nos lo dice Ángela Molina en el spot publicitario del Instituto de las Mujeres por el 8M.
Las mujeres de alto valor no son aquellas sumisas, encerradas en casa dedicadas a la crianza. Las mujeres de alto valor del siglo XXI son aquellas que tienen poder de decisión, que son ambiciosas, saben lo que quieren y lo que no, no se callan, luchan y pelean por alcanzar sus sueños que pueden pasar por una independencia en todos los sentidos o en dedicarse a la crianza durante un tiempo y volver al trabajo fuera de casa después. Ese concepto del siglo pasado ya no está presente en nuestra sociedad, aunque haya personas que aún quieran volver hacia atrás en el tiempo, pero que bien se valen de las mujeres cuando les interesa.
Aludiendo a Nieves Concostrina, “cualquier tiempo pasado, fue anterior”. Así que hay que dejarlo estar ahí, aprender de esos errores y, de verdad, evolucionar.
Y como ya no nos callamos, por eso hay muchas mujeres (y algún hombre) que recibe ataques por redes sociales, ya que es un lugar que está abierto las 24 horas de todos los días del año. Además, se valen del anonimato, en muchas ocasiones, para hacerlo. Cobardes e inseguros, eso es lo que son.
Luego hay otros que traspasan la pantalla y se enfrentan cara a cara amenazando con matar si se sigue hablando.
Pero, cuidado, que quienes lanzan esos ataques son aquellos que enarbolan la frase de la libertad, la libertad de expresión, aunque son ellos mismos quienes coartan la libertad de las personas que no piensan como ellos o que se enfrentan a ellos.
Y nos llaman “Charo” de forma despectiva. Hacen uso en internet de este término que se encarga de caricaturizar a las mujeres que son de mediana edad (entre 30-50 años) y que se asocian a la ideología de izquierdas, progresismo o feminismo, a menudo solteras o divorciadas. Este término se emplea para ridiculizar, desacreditar o silenciar las opiniones, representando a la mujer como amargada, molesta o exagerada.
Es un término que se empezó a usar en foros, como el famoso, Forocoches, alrededor de 2011.
El Instituto de las Mujeres considera su uso como parte de una “misoginia digital” o violencia simbólica para silenciar a las mujeres. Esto es lo que aparece en el informe titulado: Análisis del discurso de misógino en redes: una aproximación al uso del término “Charo” en la cultura del odio.
Bajo este término hay muchas mujeres diversas que comparten un rasgo común: alejarse de las expectativas y roles de género asignados y ocupar un espacio público desde posiciones feministas. Con este término se cuestiona su competencia, se intenta deslegitimar su profesionalidad y opera como un mecanismo de castigo simbólico frente a su autoridad y autonomía.
Recomendación literaria: “Los hombres me explican cosas” de Rebeca Solnit.