La señora Rosa

- en Firmas
Señora de campo en Castilla

La he puesto el nombre de Rosa, pero se podía llamar Isabel o Petra o Gertrudis. La señora Rosa es de todos los pueblos, porque, en todos los pueblos, hay muchas señoras Rosas. Y voy a hablar de la señora Rosa, porque ya está bien de dar tanto bombo a los personajes de la tele y a sus quimeras: es el momento de clamar que también existen almas sencillas y honestas, y sin voz, que tienen mucho que decir y santificar.

La señora Rosa nació el 17 de enero de 1922. A pesar de sus largos años, se conservaba estupendamente, llena de salud y de lucidez mental; el único problema, que la aquejaba, era su sordera senil, que la dificultaba, enormemente, a la hora de entablar una conversación con su familia y convecinos; por lo demás, se la veía ágil, inquieta y poseedora de una gran vitalidad. Debido a esta deficiencia, nos costó Dios y ayuda sacarle algún retazo de su dura y sacrificada vida, pero, a pesar del inconveniente, el rato que pasamos con la señora Rosa y su hijo mereció la pena. A esta gente sencilla, le sorprende mucho que alguien se interese por sus vidas y por sus cosas. Tiene tal sentido de la naturalidad, que, para ella, su actividad no merece la atención de nadie, y tiene perfectamente asumida su intrascendencia, y la soporta con la mayor resignación y soledad. Es lo que vivió en
casa de sus padres. No conoce el ruido de fuera ni de las trapisondas y manejos que se traen unos y otros. Ella solo sabe de honradez.

Cuando leyó en mis labios la palabra campo, inmediatamente, inició un relato sin tregua. Me contó: “Soy hija de Juan el Cumaca. Mi padre hacía pozos, charcas, bodegas y rozas por las dehesas; aviaba las viñas; escardaba y segaba en el verano. Yo iba a llevarle la comida y me tocó segar algarrobas, lentejas y atar los haces. Era muy chica. No sé leer ni escribir, porque no fui casi a la escuela: Había que ayudar».

Mientras me contaba estas cosas, acariciaba un gato, que hacía unos momentos, le había traído Martín, y que el mozuelo había encontrado abandonado en la calle. “De chico, se hace bien en casa, de grande, es más difícil. ¡Qué haga lo que quiera!». El gato comenzó a sentirse a gusto, nos miraba con cara de hambre y de amparo. La señora Rosa, con su bondad y ternura, le apatuscaba un poco y lo convirtió en un huésped de la casa.

Ella no comprendía muy bien qué hacía yo en su casa. Debí caerla bien, porque siguió con su relato: «A mí me gusta mucho el campo. He pasado mucho frío y mucho calor”, pero no se lamentaba de ello. Nos traza su calendario anual por estaciones: “En el otoño, acudo al río y a las laderas a recoger leña y cortar retamas; con ellas, al hombro, me vengo para mi casa, desafiando fríos y hielos; en primavera, vuelvo al campo con el brote de los primeros collarbos y cardillos con una cesta grande de mimbre y un pequeño hachuelo; después, los pelo y, en platos, los vendo por el pueblo para ensalada y para acompañamiento de los garbanzos del cocido. En el verano, me veo con mi fardela, recogiendo espigas o rebuscando en aquel garbanzal perdido. Es una pequeña ayuda que aporto a mi precaria economía”.

Y todos admirábamos esta leve figura que pasaba a nuestro lado, y nos saludaba con sencillez y humildad, las dos características que han hecho grande a esta mujer pueblerina. Toda una vida consagrada al campo, toda una vida viviendo al lado de la madre naturaleza. Ella sabe de las grandes virtudes del medio, de su influencia trascendental en la salud mental y física de los hombres, y más, en estos tiempos, en que se ha contaminado hasta su río, donde ella pasó tantas tardes y tantos momentos de sosiego y felicidad.

Pero la señora Rosa no es sólo la amiga del campo y del medio ambiente, es también una reflexión en estos tiempos, en que todo se está contaminando y pudriendo; en unos tiempos, en que los valores éticos han pasado a peor vida, expulsados por las voces de los falsos profetas del becerro de oro, que predican, junto con el sanedrín, que existen dos tipo de valores y dos tipos de justicias: los de los que tienen y los de los otros; la de los que tienen y la de los otros. La señora Rosa, ante tanto hedor, prefirió marchar con su amigo leal: el campo.

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