Tengo 49 años.
He perdido a personas importantes en mi vida.
Pero tengo la creencia de que siempre serán mis ángeles de la guarda.
Nadie sabe a ciencia cierta qué hay después de la muerte.
A mí, me gusta pensar que existe el cielo. Y que desde allí, el alma de esos seres queridos tan especiales me cuidan y me protegen.
Nunca te llegas a hacer a la idea de que esa persona especial ya no está.
De que no vas a volver a abrazarla.
De que no vas a volver a escuchar su voz.
Que sólo te queda el recuerdo de todo lo que has vivido con ella.
Y a eso nos agarramos con toda la fuerza del mundo, para superar su marcha.
La primera vez que lo sentí así, fue cuando falleció mi amigo Javi en un accidente de avioneta con 30 años.
Mi hija Sara era un bebe precioso de tan solo un mes, y yo era una madre primeriza feliz de la vida.
No había nada que pudiera ensombrecer mi estado de felicidad absoluta.
Pero por desgracia sí lo había: la noticia de la muerte de Javi.
Sonó el teléfono en mi casa, y me quedé tan de piedra cuando un amigo en común me dijo que Javi se había matado, que si llego a tener a mi hija en brazos en ese momento, se me cae al suelo fijo.
Obviamente no encontré consuelo durante varios días.
Ni siquiera abrazando a mi niña.
Tarde mucho tiempo hasta que lo conseguí asimilar.
Me costaba creer que nunca más le volvería a ver.
Que no volvería a escucharle hablar, ni reirme con sus bromas.
Que no me volvería a montar en su moto. Una Ducati Roja a la que llamaba
“La Guindi”, ni nos volveríamos a escapar a una concentración motera a las cinco de la tarde y volver a casa a las cinco de la madrugada.
Se me hizo muy duro aceptar su pérdida y desde entonces tomé la decisión de convertirle en mi ángel de la guarda.
Al cabo de los años, la vida me volvió a dar el mismo revés igual de duro.
Esta vez fue la carretera, la que se llevó a otro amigo en un accidente de moto.
“DaBid”. Sí con B, pues en el grupo había otro chico llamado David y fui yo la que le bauticé como: “DaBid con B”. De esta manera acabamos toda la pandilla llamándole así.
Me enteré de su muerte de la manera más dura y más fría.
Aunque bueno, la noticia del fallecimiento de un ser querido nunca podrá ser de otra manera…
Alguien que le quería mucho, había publicado en Facebook una foto suya sonriendo, como siempre, con unas palabras de despedida muy bonitas.
Al ver su foto, enseguida leí el post, pues me encantaba leer las cosas que publicaba de sus viajes y sus vivencias.
Y el shock fue brutal.
Tuve que leer varias veces esas palabras a pie de foto, para comprender lo que ponía. Una llamada al móvil en ese instante, me sacó de mi estado casi catatónico.
Era un amigo nuestro dándome la noticia de su muerte.
De golpe entendí que mi querido amigo “DaBid” ya no me volvería a llamar diciéndome: hola Camen, en una hora más o menos llegaré a Salamanca y voy a estar un par de días por allí antes de subirme con la moto a París, ¿quedamos para cenar?
Y es que “DaBid” era así: imprevisible y aventurero.
Un loco maravilloso.
Así que de esta manera tan dura y sin habérmelo imaginado nunca, “DaBid” pasó a ocupar un lugar junto a mi otro ángel de la guarda.
Lo mejor de todo esto es que estoy segurisima que Javi y “DaBid”, estén donde estén, se llevarán de maravilla y se habrán hecho amigos.
A los dos les gustaba viajar en moto, la libertad, divertirse con su gente, disfrutar de la vida y hacer un montón de amigos allá por donde iban.
Les tengo en mi mente casi a diario. Y hay momentos en los que levanto la vista al cielo y pienso: Javi, “DaBid” cuidarme mucho.
Y solo con eso, siento que me invade una tranquilidad enorme.
El último ser querido que ha llegado a mi cielo particular de ángeles de la guarda, ha sido mi tía Rita.
Una mujer única y muy especial, que me cuidó en su casa de San Sebastián en mi infancia y juventud, durante los mejores veranos de mi vida.
Siempre pendiente de que estudiara.
Ya que en los veranos, siempre tenía que estudiar las odiosas matemáticas.
Siempre atenta de que mi tío Jose, no se enterara si llegaba más tarde a comer, diciéndole que me había enviado a comprar el pan.
Y queriéndome como si fuera una hija sin ser ni siquiera familia.
Desde luego para mí siempre fue mi tía Rita, ganándose con creces lo de tía, pues siempre la quise como tal.
Me encanta pensar que se habrá reencontrado con mi abuela Carmen, su queridísima amiga del alma.
Y por supuesto también con la abuela Luisa y el abuelo Cándido.
Puedo sentirme afortunada al pensar que tengo un ejército de ángeles de la guarda, que el destino ha puesto en mi camino, siendo o no familia, y que desde mi pedacito de cielo, me cuidan y me protegen.