Tecnología de la atención

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Uno debería, cada día, intentar escuchar una pequeña canción, leer un buen poema, ver un bonito cuadro, y, a ser posible, expresar algunas palabras razonables (GOETHE)

Nuestro entusiasmo por la tecnología puede volverse una forma de idolatría y nuestra creencia en sus beneficios puede ser un falso absoluto. Vivimos inmersos en la red, siempre conectados y comunicados. La conectividad es la base sobre la que se sustenta el proceso de transformación digital que estamos experimentando de una forma cada vez más rápida. Hasta no hace mucho tiempo, la tecnología y las redes sociales eran un signo de “progreso”, pero la globalización las ha transformado en formas de comunicación y de interacción entre grupos y personas. Además, hemos experimentado que la pandemia, ha sido un acelerador de esa transformación digital, donde no solo las empresas, sino grupos sociales rezagados en la transformación digital se han puesto al día.

Sometidos a los cantos de sirena de la tecnología digital y al exceso de información, atraídos por su envolvente música, estamos sucumbiendo en las oscuras aguas de la distracción. No dirigimos nuestra atención a las cosas que importan, porque la tecnología y las redes sociales no son neutras, se dedican a captar y a monopolizar nuestra atención y servirse de ella para sus fines. Una forma de persuasión inteligente y nociva que pueden mermar nuestras capacidades de reflexión y autocrítica. Nos recordaba Neil Postman, que los más temibles adversarios de la libertad no surgirán de nuestros miedos sino de nuestros placeres, una situación en la que las personas lleguen a amar la opresión a la que se somete y adorar las tecnologías que la incapacitan para pensar.

Las redes sociales parece que se nos presentan como la libertad y comunicación ilimitadas como proponía Microsoft, pero se están convirtiendo en una forma de control y vigilancia. Las grandes multinacionales de las redes sociales trabajan manejando nuestra información y nuestros datos, como si fueran servicios secretos para extraer beneficios de nuestros comportamientos en ellas. Hoy nos estamos dirigiendo hacia una psicopolítica digital que controla a los individuos desde dentro, desde su propio ser. Es una forma silenciosa de ajuste interior del individuo, sustituyendo la libertad por la libre elección, consiguiendo implantar una dependencia tecnológica por medio del placer (Byung-Chul Han).

Los nuevos retos que nos enfrentamos en este momento es la manera de gestionar la atención, como gestionar nuestra capacidad de autorregularnos, de forma personal o bien de forma colectiva. Los límites son un factor necesario para disfrutar de cualquier libertad. Antes venían dados por la cultura, el pensamiento o la religión, pero al haberlos desmontados, se han perdido todas las limitaciones. Al deshacerse de los límites del entorno, uno se libera de las restricciones que le imponían, pero se ve obligado a aportar sus propios límites y ejercer una actividad
autorrestrictiva que antes no precisaba. Limitarnos nunca fue fácil, más difícil es todavía en este momento, en lo que estamos llamando la era de la atención. Nos recuerda Williams James, si la primera “brecha digital” marginó a quienes no tenían acceso a la información, la brecha actual marginará a quienes sean incapaces de prestar atención.

Las campañas publicitarias de finales del siglo XX, habían llegado a su apogeo en el campo de la persuasión utilizando técnicas de la psicología. Para medir la eficacia de sus campañas, difícil en los medios de comunicación tradicionales, surge internet para poder mejorar y perfeccionar la medición. Con el fin de competir en esta carrera despiadada por captar nuestra atención, se forzó al diseño publicitario en las redes, a apelar a los impulsos más bajos del ser humano y explotar sus debilidades cognitivas. Emergió un nuevo consumidor emocional que necesita vivir
nuevas experiencias afectivas y sensoriales, todo es consumible. Pero también surgió el vacío existencial, que queda afectado como un virus en la enfermedad del cansancio, donde casi todo ha perdido valor y sentido.

En este contexto, ha surgido una “economía de la atención” que trata de conseguir el máximo número de personas y el mayor tiempo posible al producto puesto en venta e incitar a los visitantes a ciclar en el enlace determinado. En ella, el producto es realmente el usuario, donde todo diseño y titulares están al servicio de ser persuasivos y apretar los resortes adecuados de nuestro celebro con la máxima eficacia y fiabilidad. El objetivo fundamental es introducir hábitos entre sus usuarios, que como en las máquinas tragaperras, supone ir dejando las monedas atencionales el mayor tiempo posible. No somos conscientes que en la red no hay nada gratuito. Parece que la tecnología más que acercarnos unos a otros, lo que está haciendo es contraer el tiempo, o mejor diluye la conciencia y percepción provocando fuertes cambios en la vida del individuo. La comunicación digital y el ruido comunicativo, destruyen el silencio y la necesidad del alma para pensar, meditar, vivir y ser ella misma. La creatividad se está agotando entre los bits y las pantallas, no hay posibilidad de trascender, de ir más allá y de buscar nuevas ideas. La búsqueda del
sentido de la vida, la atención a lo esencial, siempre deberá estar acompañada del cuestionamiento continuo, de la pregunta pertinente, llenando nuestra despensa existencial con actitudes vitales que nos acerquen a una vida en plenitud, superando esa “felicidad paradójica” que produce interconectividad y el consumo.

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