Un incómodo compañero de viaje

- en Firmas

Nuestra vida está llena de alegrías y tristezas, de momentos de gozo y de sufrimiento. El sufrimiento se encuentra en todas partes, en todos los pueblos, en todas las edades y circunstancias de la vida; forma parte de nuestra existencia y son muchos los sufrimientos a los que el ser humano tiene que hacer frente: violencia, terror, hambre, guerras, inmigración, injusticias, enfermedad, apegos, muerte, ancianidad… El sufrimiento es un mal. Toda persona huye de él y con él llega la zozobra, la inquietud, la desgracia. El sufrimiento es uno de los grandes misterios que arranca de la creación misma. Muchos sufrimientos se pueden localizar, tienen una causa determinada. El que sufre de cirrosis por culpa del alcohol; el que se enferma de cáncer del pulmón por haber fumado en cantidad. A otros no se les encuentra explicación y forman parte de un mundo en devenir que Dios conduce hacia la plenitud.

El sufrimiento, para la mayoría de los mortales, no tiene sentido. Hay muchas actitudes ante el sufrimiento: están los que huyen de él, como si fuera una peste; los que lo aceptan a regañadientes y aquellos que lo abrazan de buena gana, porque han descubierto la sabiduría de la cruz. Pienso que, en la medida de lo posible, tenemos que evitarlo, mientras podamos, pero cuando esto no sea factible, “hay que soportar con paciencia, valor y buen ánimo lo que no podemos cambiar; lo que ya tiene que ser así” (Sócrates). Nuestra actitud ante él debe ser la del deportista: aguantarlo, soportarlo sin quejarse y llevarlo con amor, pues el amor da vida y nos permite llevar grandes cargas. En la palabra sufrimiento englobamos tanto el dolor físico como cualquier otra clase de dolores morales.

Sufrimos al envejecer, al enfermar, al fracasar, al perder un ser querido, al tener que dejar la tierra que nos vio nacer, y sufrimos, muchas veces, porque nos apegamos al pasado, a las cosas, a las personas. No nos basta saber que la vida es dura, que las cosas son como son, nos empeñamos en hurgar en las heridas que hemos recibido. No podemos vivir excluyendo la cruz; nuestra sociedad trata de eliminarla, de maquillarla, de prometer paraísos artificiales. Existe un miedo general a todo tipo de sufrimiento y no sabemos aceptar el sacrificio y la cruz. Y no se trata tanto de comprender como de ofrecer y aceptar lo que es irremediable. Y esto cuesta y la mayoría de los portales no quieren pagar este precio.

El sufrimiento cristiano sólo encuentra una respuesta en el amor que Dios nos tiene, en creer que él nos acompaña en cada momento de nuestro caminar. No cabe duda de que el sufrimiento bien enfocado, es un gran bien. Vivido desde la fe nos transforma en personas mejores, solidarios con los que sufren. Grandes, pues, son las virtudes que engendra el sufrimiento.