Del centenario de un viaje real a Las Hurdes y otras realidades

- en Historia
Bordado charro

Cada año nos llega como un lienzo de recio lino para que sobre él labremos, a hilos contados, el dibujo de los días con lo vegetal de lo cotidiano y alguna excepcional figura de la memoria. Precisamente, el bordado que durante generaciones han realizado las mujeres de cada una de las poblaciones de la Sierra de Francia, acaba de ser declarado Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial por la Junta de Castilla y León, remarcando así lo singular de su hilatura dentro del bordado salmantino tradicional. Agradecido a todos lo que lo han hecho posible.

Y ahora, en el paño de esta hoja, quiero coser algunas letras acerca del centenario de la llegada a La Alberca del Rey Alfonso XIII al término de su viaje por la vecina comarca de Las Hurdes. Sobre aquel evento el Ayuntamiento albercano, en colaboración con la salmantina Diputación, ha tenido a bien editar un libro titulado “Penélope en el balcón”, en referencia a un relato del que soy autor y ambientado, libremente, en aquellos días de 1922 con una historia de bordadoras de ensoñaciones.

Acaso contar y bordar no sean tan diferentes; se trata de confeccionar en una tarea con hilos o estambres, en la otra con frases y párrafos, un tapiz con el que arropar al recuerdo y dormir al olvido.

La publicación es una obra coral; una caminata con algo de etnografía, literatura, pintura, historia y fotografía en la mochila, por la remembranza de aquellos días. En este viaje voy al paso de maestros veteranos conocedores del camino: prólogo de José Luis Puerto; ilustraciones de Florencio Maíllo; epílogo de Mariano Esteban de Vega
e imágenes de aquella expedición del fotógrafo “Campúa”, con licencia especial de coloración para esta edición de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón.

URDIMBRE Y TRAMA DE UN VIAJE

Empecé acudiendo a los linares de las bibliotecas, archivos, hemerotecas, fundaciones, instituciones y museos en pos de la materia prima con la que poder hacer la tela sobre la que tejer una historia con los relatos de cada cual. En columnas de opinión de la época encontré a menudo acidez, ironía, censura y descreimiento…, hierbas demasiado empozadas de la vieja cuestión hurdana. En algunos la voz del cronista mantiene que lo malo de aquella comarca era obra de sus propios habitantes por su indolencia, inmoralidad, picaresca y corrupción, llegando a pedir para su remedio vaciar aquella comarca y trasladar a su población a lugar más saneado y así redimirlos. Más drama al drama; un poco como aquello de encerrar a los indios americanos en reservas. A menudo se denomina en los añosos rotativos a aquellas tierras “Tíbet hispánico”, se le asemeja amargamente con algunos lugares de las excolonias americanas y hasta se asemejan algunas alquerías hurdanas (saliendo perdiendo en la comparación) con las aldeas del Rif africano tan guerreado por el ejército español en busca de desagravio colonial de 1898.Por otra parte, hay textos también en que se pega la letra como resina de conífera, como sudor de jara, al pasar por páginas de románticos, añorantes de génesis y leyendas de paraísos perdidos que vieron en todo aquello, y en las vecinas Batuecas, elixires de libertad, adanismo, esencia de lo rústico y alabanza de aldea.

Miel o hiel; he aquí en conclusión lo que la comarca hurdana vecina representaba en aquellos días para la mayoría distante. Pero la harina de los costales de la realidad la conocían bien los pocos que sufrían por unas opiniones, desmitificaban las otras, y que, sobre todo, con sus obras, gestiones, procuras y viajes a pie dolido por la comarca procuraban poner remedio a tan duras condiciones de vida. Eran hombres esclarecidos como, José María Gabriel y Galán, Maurice Legendre, Miguel de Unamuno, el obispo Francisco Jarrín, después el prelado Pedro Segura, los doctores Gregorio Marañón, Varela, Goyanes, Bardají… maestros, sacerdotes y médicos de las alquerías, y tantos otros hurdanófilos que habían creado la “Esperanza de Las Hurdes” desde finales del siglo XIX procurando paliar la situación. Y de la dureza pedernal de aquella realidad nos hacemos idea al leer lo que en 1904 el poeta Gabriel y Galán, le dirige al Rey:

“Señor: en tierras hermanas
de estas tierras castellanas,
no viven vida de humanos
nuestros míseros hermanos
de las montañas jurdanas.”

Poco a poco consiguieron las voces calar conciencias y voluntades. A raíz de un debate sobre la cuestión hurdana en las Cortes en 1922, el doctor Gregorio Marañón es encargado de realizar un viaje en abril de ese año para evaluar sobre el terreno a la comarca cacereña. Fueron los alarmantes informes que don Gregorio se trajo los que, al fin, hicieron que el rey Alfonso XIII se acercara por allá en junio a ver qué había de toda la bulla que llevaba tiempo llegándole a palacio.

PESPUNTES DE CUATRO JORNADAS

La comitiva Real salió de Madrid el 20 de junio pasando por Béjar para adentrarse en Las Hurdes. Los cronistas relatan que el monarca conducía él mismo su vehículo Hispano-Suiza. En Segura de Torres tomaron cabalgaduras y a la cabeza de su séquito comenzó aquella aventura de cuatro jornadas. Aquellos días han quedado como un capítulo más de la luenga leyenda hurdana, y fueron el principio de un lento pero constante cambio de la comarca. Concluido aquel viaje, a las pocas semanas, en julio, se constituye el Real Patronato de las Hurdes que hasta 1931 se encargó de implementar las mejoras que aquella tierra necesitaba: carreteras, puentes, hospitales, cuarteles de la Guardia Civil, escuelas, instituciones de microcréditos… Luego los sucesivos gobiernos continuaron en ese mismo sentido, cambiando los nombres del patronato y procurando el desarrollo hurdano.

En el último trecho de aquella ruta, el día de San Juan Bautista, Alfonso XIII recaló durante unas horas en La Alberca. Había pernoctado en el monasterio de Las Batuecas, desmejorado por las secuelas de la desamortización, pero que gracias a la logística palatina y a las atenciones de los frailes franciscanos, dieron al monarca muy buen acomodo. En las fotografías de José Demaría Vázquez, “Campúa”, reportero gráfico oficial del viaje, podemos apreciar que la bienvenida a la comitiva en el Portillo fue una fiesta. Luego de una ceremonia en la iglesia albercana, oficiada por el obispo de Coria monseñor Segura, que también había realizado la ruta hurdana, don Alfonso almorzó en el salón de la escuela albercana y al inicio de la tarde marchó a Béjar desde donde al caer la tarde retornó a Madrid.

Unos días; unas horas apenas que despertaron a la población de la intrahistoria unamuniana para figurar con unos párrafos en la Historia.

Y buscando en la cesta de la costura de aquellos días para componer alguna figura de Unamuno en el lienzo editado, nada encontraba. ¿Dónde estaba don Miguel en aquella fecha? Él era conocedor del tema de Las Hurdes, por la comarca había viajado en agosto de 1913 en compañía de Maurice Legendre y Jacques Chevalier. Así mismo amaba y disfrutaba de La Sierra de Francia y de La Alberca, pero las crónicas tan solo recogen su ausencia o algún asomo suyo.

Ocurría que don Alfonso y don Miguel tenían la costumbre de ir cada uno a sus trece. El primero se lo podía permitir; pero al segundo le salía la cosa a menudo cara. Los desencuentros del Rector salmantino con el monarca fueron mayores, así como los que mantuvo con los generales Martínez Anido y Primo de Rivera. En un artículo en
el “Nuevo Mundo” de Madrid, don Miguel nos cuenta en diciembre su paradero durante aquel junio: en las cuevas de sí mismo. Titula su crónica del año como “El Anacoreta en 1922”, y entendemos su ausencia en un viaje auspiciado por alguien que le nombró uno de sus padres espirituales: don Gregorio Marañón. Pero Unamuno fue uno de los manantiales donde se forjó aquel viaje. Otro lo fue el maestro y poeta Gabriel y Galán, que tanto luchó por mejorar la vida de los necesitados extremeños y de todo campo, fallecido en 1905. Y tampoco recorrió aquella vez las pizarrosas montañas alguien que tanto bregó por La Alberca: su hijo predilecto Maurice Legendre. Sí acompañó en el viaje de abril al doctor Marañón, y era conocedor de primera mano de la comarca hurdana y la Sierra de Francia. En agosto de 1913 por allá caminó con Unamuno y su compatriota Jacques Chevalier, y posteriormente, en 1927 volcó sus experiencias en un libro capital: “Las Hurdes, Estudio de Geografía Humana”. Pero en los días de junio que nos ocupan, don Mauricio se encontraba en Granada asistiendo a un festival flamenco. Allí se entrevistó con Manuel de Falla y se llevó a su Francia otro trozo del dolorido alma español.

PAÑOS EN EL ARCÓN

En mi relato “Penélope en el balcón”, la anciana bordadora de la historia, doña Rosario, musita en su duermevela las palabras: “Al cabo todos vuelven”. Los paños, pasados sus pulidos días, hay que guardarlos en los arcones. De vez en cuando hay que airearlos para que no se apolillen; las historias también. Acaso por eso fue que aquel rey flaco con dos tirantes por toda guarnición de su pechera que Rosario y sus dos amigas vieron en su ficción, volviera. En marzo de 1930, días de diluvio, Alfonso XIII se volvió a montar en su glamuroso vehículo para otra visita a Las Hurdes.

Quería auditar lo realizado en la comarca con sus disposiciones en los ocho años trascurridos. Pero la intensa lluvia y el teletipo le aguaron la expedición. El mismo día de su partida, el 16, llegó la noticia de la muerte del general Miguel Primo de Rivera en París. Apresuró la ruta, rodó por Béjar, transitó por la comarca extremeña ya dotada de carreteras y a las 15:30 del día 17 llegó a La Alberca bajo el chaparrón. Apenas unos momentos y regresó a Madrid para recibir el cuerpo de quien fuera su dictador.

En 1998 el viajero jurdano fue su nieto Juan Carlos I quien rememoró aquellos días de junio de 1922 acompañado de su esposa doña Sofía. De este Rey cinegético se recuerdan varias visitas a La Alberca.

El pasado 12 de mayo de 2022, la reina Letizia y el rey Felipe VI han visitado la localidad de Pinofranqueado y, como hiciera su bisabuelo Alfonso XIII conocido de la mano de los hurdanos su realidad. Qué distinta hoy a comarca llena de posibilidad, y sacada de lo negro de la leyenda y lo sepia de las fotos. Hoy son los tiempos del color, de la posibilidad lograda. De ahí que en nuestro libro coral, previa autorización de los herederos del doctor Marañón, el caminante lector se encuentre con una embuerza de fotos coloreadas del fotógrafo “Campúa” y de los fondos de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón.

Desde hace meses esperábamos, como entonces, la llegada de un rey a La Alberca concluida su nueva visita extremeña. No ha podido ser. Nos hemos quedado como una anciana soñadora enclaustrada en su alcoba. Pero, como esa viejecita de un relato bordado con hilos de verdad y ficción, de un objeto insigne de mero latón, hemos sabido hacer una capa de muchos años con todo lo bueno que hay por estas tierras para que lo vean los que hasta aquí se allegan. Y ni un gesto de decepción noté cuando se supo del aborto de la esperada visita. Enseguida vi a  todas las mujeres, a todos los hombres, ponerse con sus afanosos trabajos para seguir progresando. Es su viaje, su
expedición, su comitiva de cada día.

En los tiempos de hace cien años la lucha era contra los estigmas y las  consecuencias de la atrocidad en las regiones olvidadas y dejadas de la mano de Dios y de un rey de vez  en cuando. Hoy es parar la despoblación, llenar el vacío de las aulas, que no se cierren los consultorios médicos, dotar a los medios rurales de telecomunicaciones solventes, de vías de comunicación y medios de transporte, de fomentar la agricultura y la ganadería sostenible, seguir ofreciendo turismo único y encantador, preservar y fomentar sus elementos culturales distintivos y cuidar nuestros montes.

Esta revista (Programa de Fiestas de La Alberca 2022) vuelve a editarse después de dos años de pandemia. Llego a las últimas puntadas y quiero escribir de cuanto debemos a los sanitarios que han velado y velan por nuestra salud perdiendo a veces la vida. Y de otro nada querido también: el fuego. Durante días las llamas han avanzado por Las Hurdes: Ladrillar, El Cabezo, Las Mestas…, por Candelario, Las Batuecas; Monsagro, Serradilla del Arroyo, Morasverdes, Monfragüe, sierras de Zamora… La fatalidad ígnea es ahora la que asola los rincones de España. Todas las cenizas duelen. Y este es otro tema a auditar, atender, a visitar por las administraciones para implementar medidas que eviten en lo posible que las comarcas se calcinen o sufran el apagón sanitario.

Gracias a cada mujer y hombre que en primera línea de las llamas luchan estos días por frenar incendios con riesgo para sus vidas. Sus historias son también dignas de aplausos y de ser honradas en los paños de nuestra memoria.

Ángel de Arriba Sánchez, escritor nacido en La Alberca en 1966.

Autor

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