MACOTERA: Lavando lana en el río

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Lavar lana Río de Macotera

Al atisbarse el otoño, cada lanero llevaba una banasta vacía al río y la colocaba en el sitio más propicio para montar el hato. Ese lugar era respetado, “como tierra sagrada”, por los demás. Cuando aumentaba el caudal del río, los laneros cogían sus carros, banastas y lana, bajaban al río y levantaban su tienda en la que guardaban sus enseres.

Se allanaba la arena y se apisonaba bien, pues había que vaciar sobre ella la lana sucia. Anteriormente, se había preparado el lavadero: se abría un pozanclo con una azada, se colocaba un palo de dos metros a lo largo de la orilla, separado unos centímetros, y se cubría el hueco con unas tortas de césped bien prietas, a este espacio se le daba el nombre de patera, sobre la que se apoyaba un pie mientras se lavaba; a medio metro de la orilla, se plantaba un tajo de patas altas, para estribar el otro. Cuando lavaban dos, se colocaba otro tajo a la misma distancia.

Se sumergía la banasta cargada con dos vellones de lana y se iba meciendo lentamente durante un tiempo, después se elevaba para que escurriese bien el agua sucia, se volvía a hundir y se removía bien de nuevo, y se daba por buena la lavadura. Se aplicaban dos aguas a las lanas churras; y tres, si era lana del tipo 5.

Para remover la lana en la banasta, se empleaba un hachuelo pequeño; esta labor había que hacerla con mucha cuidado y destreza para no romper el vellón. La misma operación de lavado se hacía con los acuellos, añinos y las cascarrias. Se llamaban acuellos, a la lana del cuello de la oveja, que se le cortaba en verano, para que se encontrase más fresca. Esta lana daba más rendimiento de limpia que de sucia; añinos, a la lana de los corderos, y cascarrias, a la lana de la parte de atrás de las ovejas, que se manchaba con los orines y excrementos del animal.

Antes de meter los menudos y las cascarrias en el río, se limpiaban de pajas y porquería en el zarzo.

Cuando se lavaban los añinos se esparcían sobre un lugar duro y limpio, se movía un par de veces al día para que secaran bien, se recogía con una rastra con púas y se metía en la saca. Otro tanto se hacía con las cascarrias.

Una vez lavada la lana, se sacaba la banasta fuera por medio de un zacho y se dejaba escurrir a la orilla. Después, se hacían unos surcos con la arena y, sobre ellos, se vaciaban las banastas unas a continuación de las otras. En el invierno, la lana se extendía en los vallados el día siguiente, para que se oreara bien; en el verano, se hacían dos tendidos: en el de la mañana, se esparramaba la lana que se había lavado el día antes por la tarde; y, en el del mediodía, la que se había lavado por la mañana. Se recogía, se envasaba en sacas y se trasladaba a las paneras.

En verano, como hacía mucho calor, el que lavaba se desnudaba de la cintura para abajo y se cubría con una saca que ataba a la cintura. No se empleaba el tajo ni la patera, se metía en el río descalzo y amarraba la banasta entre las piernas y mullía la lana con las manos. También, en este tiempo, se solía buscar un sitio fresco, junto a una junquera, se hacía una poza honda, se mojaba bien una saca y se envolvía en ella la damajuana y el botijo, y se colocaban dentro para que estuvieran frescos. A esta “nevera natural” se le daba el nombre de “tera”.

Era costumbre, en el buen tiempo, dormir en el río al ciudado de la lana. Esta, normalmente, se hacía dentro de la tienda. Se cogían unos vellones de lana sucia y se extendían sobre el suelo. Se colocaba encima una saca, que hacía de sábana bajera. Este entramado hacía de colchón. Se colocaba otra saca encima, la sábana cimera y, sobre ella, otros vellones abiertos que hacían de manta. En verano, “te comían los mosquitos dentro de la choza”, y, entonces, se armaba fuera.

En el hato y en la panera, destacaba la figura de las mujeres apartando cascarrias. Era un trabajo sucio, paciente y molesto. Su dureza hizo que le entrase a alguna la vocación religiosa. Ya hemos dicho lo que son las cascarrias. Antes de lavar la lana, el lanero rasgaba del vellón las cascarrias. Las iba echando en un montón y, después, se lavaban aparte. Las mujeres, para llevar a cabo su trabajo, utilizaban las tijeras de los esquiladores ya en desuso. Le cortaban la porquería adherida a la lana e iban haciendo dos apartados: en uno arrojaban la buena, que se mezclaba después con los añinos para atar el vellón; y, en el otro, las feas o grises, que se vendían en Palencia para tejer las mantas de baja calidad.

Autor

Eutimio Cuesta Hernández
Maestro. Escritor e investigador. Realizó estudios de Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Salamanca. Ha publicado varios libros sobre Macotera y comarca.

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